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Dos películas, dos épocas y el mismo drama del refugiado

Hoy, “refugiado” se aplica sólo a quien obtiene asilo político. Del resto, la mayoría son “inmigrantes ilegales”, aunque tengan la sola intención de trabajar o sobrevivir. Rosa Bertino.

13 de octubre de 2012 a las 12:01 a. m.
Rosa Bertino (Periodista)
Dos películas, dos épocas y el mismo drama del refugiado

Hay libros que se tocan, películas que se hablan, autores que dialogan sin conocerse. Guiados por una oscura intuición, coinciden en bibliotecas, charlas y carteleras. Esta semana se ha producido una de esas felices coincidencias. Dos salas diferentes exhiben Casablanca (1942), de Michael Curtiz, y Le Havre o El puerto (2011), de Aki Kaurismaki. Lo ideal es verlas en ese orden, dado que la del finlandés es una sutil relectura del clásico norteamericano. El final es prácticamente el mismo: el bohemio incorregible entabla amistad con un uniformado que opta por la humanidad antes que por la obediencia debida. Entre una película y otra hay 60 años de diferencia. Los que parecen haber perdido ese rumbo son los propios civiles. Cuesta creer cuánto ha cambiado la actitud frente al refugiado, de lo cual Francia es un elocuente retrato. No en vano un destacado crítico italiano tituló así su comentario de Le Havre : "Una oda a la solidaridad de antaño". Ahora son "ilegales" A recomponer esa moral apunta también un producto tan disímil como la exitosísima Amigos intocables , acerca de la amistad entre un senegalés y un francés. Para que esto ocurra, primero tienen que permitirse ser amigos. Tanto Casablanca como El puerto giran alrededor del fugitivo a punto de ser deportado. En la primera, era totalmente comprensible que Rick (Humphrey Bogart) se arriesgara por salvar a un miembro de la Resistencia oculto en Marruecos. En la segunda, sólo un marginal como Max (André Wilms) y sus vecinos se atreven a cobijar a un gabonés arribado en un contenedor repleto de africanos. El chico logra escapar de la policía, que lo persigue con la ayuda de anónimos delatores (franceses). Obviamente, entre una época y otra también cambió la denominación.Hoy, "refugiado" se aplica sólo a quien obtiene asilo político. Del resto, la mayoría son "inmigrantes ilegales", aunque tengan la sola intención de trabajar o sobrevivir. Una necesidad que no difiere demasiado de aquella por la cual españoles, italianos, árabes o judíos debieron abandonar sus hogares en el siglo pasado. Amar al distinto. Varios sostienen que Cristóbal Colón fue el primer globalizador. Como sea, una vez conocido el Atlántico y domado el Mediterráneo, millones de seres tuvieron la posibilidad de huir del hambre o la muerte, o de buscar un destino mejor. Aun así, el exilio es viejo como el hombre. La frase "amarás al extraño, porque tú lo fuiste en Egipto", figura en el Antiguo Testamento ("extraño" es el precedente de "extranjero"). La exhortación está más vigente que nunca en Europa. En Francia, "los descendientes de africanos sufren tres veces más desempleo que el resto de la población", dice el Instituto Nacional de Estadísticas y Estudios Económicos. El organismo calcula que el país galo tiene 12 millones de inmigrantes y descendientes de ese origen. Los que obtuvieron la ciudadanía ya son 10 por ciento de la población francesa. Con suerte, el pequeño Idrissa de El puerto terminará siendo el enfermero Driss de Amigos intocables . Pero mientras haya días por la Diversidad Cultural, por la Tolerancia y contra la Discriminación, nos seguiremos sintiendo buenos.