El discreto encanto de trabajar 62 años en el Mercado Norte
Renato Dimeglio atiende un local desde septiembre de 1950, por lo que es uno de los tres puesteros con mayor antigüedad en el lugar. Recuerda cómo lograron afrontar la competencia de las grandes cadenas.
Cuando la fábrica de golosinas lo confirmó como distribuidor exclusivo para la ciudad de Córdoba de sus caramelos alfeñique y chupetines bolita, Florencio Gómez no dudó ni un instante a quién legaría su puesto de quesos y fiambres en la feria franca N° 1. Renato, pese a su juventud, era la persona apropiada. Le había demostrado en los casi cinco años como empleado que era un tipo honrado, responsable y aplicado en el trabajo. Además, entendía muy bien la clave de cualquier negocio: atender a los clientes con respeto y amabilidad, porque son los que pagan por lo que llevan.
Le hizo el comentario un domingo, día en el que la verbena ambulante funcionaba en la plaza Mariano Moreno, la más tradicional de la “República” de San Vicente. La propuesta tomó por sorpresa al jornalero, quien demoró en responderle el tiempo que tardó en apaciguarse el hormigueo que sintió en la médula espinal y que le hizo contener la respiración por un instante.
Renato soñaba desde niño con tener alguna vez su propio comercio. Confirmó el deseo no bien terminó la primaria en la Escuela José María Torres y empezó a trabajar, de manera intermitente, en el almacén de Don Moreno. Esa tradicional proveeduría sanvicentina, en Pellegrini y Obispo Maldonado, a pocos pasos de su casa.
“A Florencio Gómez lo recuerdo siempre con mucho afecto porque fue quien me dio una mano grande para que me iniciara como comerciante independiente”, reconoce Renato Dimeglio (87), detrás del mostrador del puesto 126 del Mercado Norte, que atiende desde septiembre de 1950.
“Me dio facilidades para que le pagara el puesto en la feria –la única que había entonces– e incluyó en el precio una camioneta Buick, en muy buen estado”, trae a la memoria.
Florencio Gómez fue, también, quien lo recomendó para que entrara a trabajar en Abolio y Rubio. Esa distribuidora de productos lácteos La Paulina, funcionaba, entonces, frente al Mercado Norte. “Le atendí la caja desde 1940 hasta 1945, cuando compré el puesto de la feria; nunca falté a laburar ni me quedé con un centavo”, dice en un tono que no disimula orgullo.
A su juego lo llamaron. En 1950, se enteró de que se vendía un local en la lonja mercante de Oncativo al 50, y no dejó pasar la oportunidad.
“En el espacio funcionaba una churrería y compramos la llave con mi hermano Romualdo; después seguí solo”, apunta.
Bautizó la parada como “Don Felipe”, en memoria de su padre.
En septiembre de ese año, Dimeglio cambió su condición de vendedor trashumante por la de locatario del legendario establecimiento del centro de la ciudad, fundado el 14 de abril de 1928 y declarado monumento histórico provincial en 1972.
Allí se hizo fuerte en la venta de productos de frigorífico, regionales, lácteos, quesillo y salames de la colonia.
Comparte con José Fazzio y Ramón García el podio de “patriarcas” de esa constelación de negocios, atendidos por sus propios dueños.
“Acabo de cumplir 62 años en este lugar y voy a seguir hasta que me de el cuero. Esta es mi segunda casa y la siento como parte de mi familia”, dice con convicción y se emociona.
“Si el Mercado Norte te atrapa, no te escapás nunca más. Tiene un encanto especial, inexplicable”, asegura sin dejar dudas. Sus familiares directos refuerzan la certeza.
Guillermina Sánchez, su compañera desde hace 55 años, estuvo con él detrás del mostrador desde que se casaron y hasta hace muy poco tiempo.
“La gallega se jubiló como ama de casa hace unos años y ahora se ocupa de las tareas del hogar”, en barrio Parque Latino, camino a Alta Gracia.
Humberto, su hijo, lo ayudó hasta que abrió su propio local en el Mercado Norte. Y Karina, la nieta, le da una mano con la atención del almacén.
Renovarse es vivir. Renato ubica en los '60 el período de mayor esplendor como almacenero y no duda en señalar a la década del '90 como la más funesta que le tocó vivir.
"En esa época aparecieron en Córdoba los shoppings y los hipermercados. La concentración económica en grupos muy poderosos les permitió copar el mercado con promociones contra las que los pequeños y medianos comerciantes no podíamos competir, lo que nos hizo perder clientes y poner en riesgo la permanencia de los comercios chicos", recuerda.
Con pulso débil y riesgo cierto de desaparición, los locatarios de Mercado Norte coincidieron en la necesidad de aggiornarse y pelear por la supervivencia.
“Entre todos constituimos un fondo y costeamos la remodelación del edificio”, comenta.
La puesta en valor y el rescate de los rasgos arquitectónicos originales del inmueble se hicieron en 2001.
La Municipalidad inauguró en el primer piso un Centro de Participación Comunal (CPC) y se dotó al establecimiento de cajeros automáticos y locales para el pago de impuestos, entre otros servicios.
“Los clientes empezaron a volver cuando comprobaron que en los grandes centros comerciales son sólo un número, en cambio acá encuentran iguales o mejores precios y calidad de productos, pero con atención personalizada”, destaca.
–¿Qué desea para el Mercado Norte?
–Cien años más de vigencia. Y que los locatarios sigan poniendo todo de sí para ofrecerles a los clientes la mejor atención y sostener la mística de este lugar maravilloso.

