Temas del día:

Desfile patrio de lugares comunes

Los clisés lingüísticos del Bicentenario reflejan ciertas imposturas ampulosas pero, también, una necesidad. Lo que no está claro es la necesidad de quién. Edgardo Litvinoff.

30 de mayo de 2010 a las 12:01 a. m.
Desfile patrio  de lugares comunes

La celebración fastuosa. Los fastos del 25. Desfile monumental. Formación cívico-militar. Concurrencia masiva. Público fervoroso. La gesta popular. Los héroes de Mayo. La gesta de Mayo. Los sucesos de Mayo. Tedéum Oficial, tedéum opositor. Ceremonia solemne. Llamado al diálogo. La fiesta del pueblo; el pueblo quiere saber. Momento histórico. Cena de gala. Quedará en los anales. Viva la patria. El proceso revolucionario. Viva la Revolución. Cabildo abierto. Sentimiento patriótico. Sentir nacional. Los próceres de nuestra historia. Profunda evocación. Acontecimiento extraordinario. Se grabará en la memoria. La alegría de los festejos. Corearon el Himno Nacional. Que supimos conseguir. Multitud congregada. Tradicional festividad.

Parece un listado largo. Pero no lo es, si se tiene en cuenta que escuchamos y leímos los mismos clisés durante al menos cuatro días.

Las palabras relacionadas con el Bicentenario configuraron un vocabulario del que nadie pudo abstraerse: ni funcionarios, ni medios, ni escuelas.

No es un hecho menor: estos términos reflejan ciertas imposturas ampulosas pero, también, una necesidad. Lo que no está claro es la necesidad de quién.

En la construcción de su historia (y Argentina es un país joven), los pueblos apelan a figuras y metáforas que conformarán su espíritu, su identidad, el material con el que deciden integrarse.

Los funcionarios, los medios y las escuelas se expresan como se expresan por diferentes motivos, pero todos repiten la misma iconografía escolar que termina por puerilizar estas fechas.

¿Es ese lenguaje el que necesita la sociedad argentina para amalgamarse?

Una respuesta posible la dieron los millones de argentinos que asistieron a los festejos públicos (a los de la calle, no al evento elitista del Teatro Colón), quienes mostraron su lejanía con esos conceptos trillados. Casi no hubo pancartas políticas, cánticos patrioteros ni apelaciones reivindicatorias de un proyecto particular, tal como los comentaristas televisivos se esforzaban en crear, de acuerdo al canal desde el que emitieran.

Vaya a saber qué cosas impulsaron a la gente a ir, a disfrutar, a no pelear, a observar, a atestiguar, a compartir un espacio, mucho más que a hablar o a proclamar.

Es difícil saberlo. Acaso fue la búsqueda -voluntaria o involuntaria- de un nuevo lenguaje común, de un nuevo modo de relacionarse, de una forma distinta de hacer la historia.

Lástima que, poco a poco, todo vuelva a la normalidad.

Son pocas las veces en que un pueblo puede mostrar más madurez, anticipación y arrojo que quienes lo dirigen o pretenden hacerlo, que quienes lo reflejan o pretenden hacerlo.

Puede que el Bicentenario quede en la historia -aún es muy pronto para saberlo- como una de esas raras pero bellas ocasiones.