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De los hermanitos Lazarte a los hermanitos Ludueña

Varios chicos de Quilino miembros de una familia humilde, los hermanitos Lazarte, fueron el símbolo que el entonces gobernador Eduardo Angeloz promocionó como emblema del Paicor, en 1984. 

30 de abril de 2016 a las 12:05 a. m.
De los hermanitos Lazarte a los hermanitos Ludueña
1984. El Paicor irrumpió en las escuelas públicas.

Varios chicos de Quilino miembros de una familia humilde, los hermanitos Lazarte, fueron el símbolo que el entonces gobernador Eduardo Angeloz promocionó como emblema del Paicor, en 1984. Los resultados de ese programa de nutrición infantil se midieron de inmediato en mejor estado alimentario de los niños de las zonas más pobres y en un alza general de la matrícula educativa. 32 años después, los gemelos Lucas y Lautaro Ludueña, desde la escuela Pringles de Sinsacate, constituyen el símbolo del recorte de ese programa: uno de estos hermanitos fue incluido y el otro quedó fuera del Paicor.El proceso que excluyó a este nene es general en toda la provincia, donde en dos años quedó fuera del Paicor un cuarto de sus beneficiarios. Casi 62 mil chicos. El padrón pasó de 246 mil alumnos a 187 mil. El gobierno de Juan Schiaretti asegura que la "depuración" apunta a volver sobre la idea general de este programa alimentario, que era ofrecer un complemento nutricional a los chicos pobres. Explica, además, que el parámetro utilizado es técnico: que los padres de esos niños que comen en el Paicor no ganen más de siete mil pesos mensuales. Además, excluyó a los mayores de 18 años. Hace dos años, la Provincia celebró las tres décadas del Paicor. Ese fue el momento de mayor expansión del programa: cubría al 40 por ciento de la matrícula. Hoy alimenta al 29 por ciento de los alumnos de las escuelas públicas. La reducción se dio en paralelo a una modificación sustancial impulsada por Schiaretti: la transferencia de recursos a los municipios –excepto a las ciudades más grandes–, para que sean los intendentes, en una relación más próxima con las escuelas y familias, los que definan cuántos chicos necesitan ser alimentados y cuál es el mejor modo de darles de comer. La idea es razonable, pero desde muchos municipios se lee que el recorte previo de beneficiarios es un modo de retacear de antemano esos fondos que serán transferidos. Ese es uno de los cuestionamientos a los cambios. El segundo es de oportunidad del recorte: el impacto de la merma del Paicor se produce en un momento en que completar la canasta básica volvió a ser un desafío enorme para miles de familias cordobesas. El tercero es más profundo aún. Tiene que ver con el impacto familiar de decisiones que toma el Estado, como la implementación de la jornada extendida en gran parte de las escuelas públicas (pronto será en todas). Desde el punto de vista educativo, esa medida parece inobjetable. Pero lo concreto es que esos chicos –provengan de familias humildes o de clase media– ahora deben comer en el colegio y que las escuelas públicas carecen en su inmensa mayoría del equipamiento para facilitar ese operativo cotidiano. En 1984, los hermanitos Lazarte iban a la escuela de 8.30 a 12.30 o de 13.30 a 17.30. Así era en toda la provincia: para almorzar en el Paicor, los chicos más pobres se quedaban después de hora o entraban antes; el resto comía en su casa. Hoy, la mayoría de los chicos va a clase de 8 a 16. El crecimiento que en los últimos años había tenido el Paicor respondía en parte a pedidos de las escuelas, que solicitaban incorporaciones al programa alimentario para resolver el problema que –tras la extensión de jornada– representaba la comida, ya no de los chicos pobres sino de todos.En la escuela de Sinsacate a la que concurren los hermanitos Ludueña, optaron por garantizar la alimentación de todos los chicos, con aportes de los padres, que compensan lo que recortó el Paicor. Tal vez sea una salida posible en muchas localidades.De otro modo, los chicos del Paicor tendrán una alimentación completa y el resto estará sujeto al sándwich cinco días por semana. La noción de que todos los chicos estarían mejor comiendo en su casa con sus padres tampoco parece posible: no dan los horarios y posiblemente en su casa tampoco haya nadie que les cocine. En tres décadas, la vida familiar cambió mucho más que el Paicor.