De chiquilín miraba de afuera
Entre todas las esperas de colectivo, debo haber perdido un año; por eso jamás podré olvidarlas.
El horario de entrada de mi escuela secundaria fue siempre a las 7.45. No era tan temprano para quienes, como mi amigo y colega Gustavo Farías, vivían a dos cuadras del colegio. El problema era para alumnos como el Miki Sandretto o como yo, que vivíamos en la otra punta de Córdoba y teníamos que tomar dos ómnibus para ir y dos para volver. En mi caso, tenía que levantarme a las 6, salir de casa a las 6.20 para no perder el 100, bajarme en el centro pasadas las 7 para, luego, caminar tres cuadras y tomar el 36, que me dejaba en la escuela.Había otras opciones, pero en esos tiempos tenías que optar por sacar los abonos de las empresas más convenientes. El 100 era de la General Roca y el 36 de la Lavalle. Este último era el más lerdo. Si se te pasaba uno, tenías que esperar al siguiente unos 25 minutos, con suerte.Entre todas las esperas de colectivo, debo haber perdido un año; por eso jamás podré olvidarlas.La parada del 36 estaba en la avenida Colón, frente al hotel Astoria. Desde allí, mi única diversión era mirar y admirar la vidriera de la confitería Tampico, toda una tentación.Cuando el colectivo se me escapaba, me cruzaba a la vereda del frente y, con la ñata contra el vidrio, saboreaba los placeres que ofrecía generosos ese negocio: bombones, masas, tortas, colaciones, sándwiches, conservas, escabeches, frutas almibaradas...Por entonces pesaba apenas 69 kilos, pero aquel entretenimiento anticipaba que mi volumen crecería con los años. Llegue a enamorarme de esa vidriera, pero, como si fuera una mujer imposible, jamás pude probar ninguna de sus delicias. El negocio abría a las 8 y a esa hora ya estaba en la escuela. Volver Una versión de aquella confitería Tampico se mantiene hoy en la manzana del Correo, una cuadra antes sobre la misma avenida Colón. Allí me animé a entrar, después de tantos años, como quien busca a esa novia que no pudo ser. Al fondo, preparando cajitas de bombones, los mismos bombones de mi adolescencia, encontré a Juana Garabedían, la dueña de este comercio histórico.Sin dejar de armar sus cajitas, me contó que todo comenzó en la galería Comercial, con el pequeño Bar TV, al que le pusieron así porque estaba justo debajo de Canal 12.Se acercó su hijo Alberto y juntos me contaron que, como les iba bien, se trasladaron a la salida de la galería por calle San Martín, donde instalaron la primera confitería Tampico."Me lo preguntaron millones de veces, pero no le pusimos así por la ciudad mejicana. Simplemente llegó un día el arquitecto y dijo 'Tampico, suena perfecto, así se tiene que llamar' y así le pusimos", cuenta Juana.Aquella Tampico se haría famosa por sus bailes en la planta alta, donde llegaron a entrar más de mil personas. Allí actuaron Gina María Hidalgo, Amelita Vargas y Los Fronterizos, entre otros famosos de las décadas de 1960 y 1970.Lo que durante los cinco años de mi secundario admiré fue la sucursal en avenida Colón de ese gran centro de esparcimiento para el alma y el estómago. Con ese recuerdo me vuelvo a mi casa. Un bombón que me convidó Juana me ayuda a calmar los males de la nostalgia.

