Cumples de antes II
Era un conito ridículo, con flecos y otros decorados, como un pompón en la punta, que los padres del cumpleañero te ponían apenas llegabas a la fiesta. Se sujetaba con una odiosa gomita...
Hace un par de años conté lo del chocolate caliente en los cumpleaños de mi época, pero nunca me referí en esta columna al viejo cotillón de esas celebraciones y a otras rarezas que han entrado hace años al mundo de los recuerdos. En primer lugar, quiero dedicarles una mención especial a los gorritos de cumpleaños, ridículo adminículo, por no decirle otra cosa (como pendorcho, por ejemplo), que nos hacía quedar como estúpidos, lo más parecido al cono de burro que ponían en algunas escuelas a los alumnos que se sacaban la peor nota. Era un conito ridículo, con flecos y otros decorados, como un pompón en la punta, que los padres del cumpleañero te ponían apenas llegabas a la fiesta. Se sujetaba con una odiosa gomita que te ajustaba la pera y te molestaba en las orejas. Por suerte, esa gomita era tan delgada que se cortaba a los cinco minutos y teníamos la excusa ideal para despojarnos del incómodo adorno.El cotillón que ha desaparecido de los cumpleaños se completaba con una serie de artículos descartables con dibujos alusivos, que podían ser personajes de Walt Disney, García Ferré o Titanes en el Ring, además de los clásicos superhéroes u otras rarezas, como los de la Familia Telerín . Estamos hablando de vasitos, servilletas y platitos de cartón, que por lo general se volaban de los tablones con manteles cuando la fiesta se hacía en el patio.Injusto sería olvidar en esta enumeración a las bolsitas, también con dibujos "en composé", a las que llamábamos "sorpresitas" y equivalían a la piñata. Dentro de ellas venían caramelos, chupetines y supuestos juguetitos que, en su inmensa mayoría, brillaban por su inutilidad, con excepción de los silbatos, las matracas y las siringas en miniatura ¿Qué es eso? Son esa especie de armónicas que tocan los afiladores de cuchillos. A mí siempre me tocaba una que otra siringa, y me quedaba largos minutos probando los sonidos que podía sacarle, para desgracia de los dueños de casa, que lamentaban haber puesto eso entre los souvenirs . Había cumpleaños que tenían todo eso pero poco más que eso, porque algunos padres que los organizaban suponían que era suficiente con un par de galletitas dulces y un vaso de jugo o gaseosa, en el mejor de los casos. Pero, también, y me gustaría hacer honor a ellas, había madres como mi tía Mónica, quien hacía de todo para los cumpleaños de sus hijos. Por eso adoraba ir a las fiestas de mis primos Javier, Carolina o Gerardo, porque su madre, mi tía, hacia mafaldas, fosforitos, canapés, panchitos, empanaditas de copetín y un sinnúmero de delicias dulces, cuyo recuerdo me hace amarla más todavía. Ah, y otra cosa buena de mi tía Mónica: ella nunca nos ponía gorritos de cumpleaños. La extraño.

