Cuando la Policía adopta la maña del talonario fácil
Imagine a una parte de esos policías cuidando una plaza, un parque o una esquina de barrio.
–Le recomiendo que, en la medida de lo posible, no se rasque la oreja, Cacho.
–Y qué hago cuando me pica, o cuando la cera me impide escucharlo.
–No, Cachito, le digo para el caso de que vaya conduciendo el auto por la Circunvalación o alguna de las rutas en las que pisan fuerte los borceguíes de la Caminera.
–No me diga que ahora que aumentan otra vez las multas, se prohíbe detener la picazón de oreja. ¿Qué pasa si aparece una mosca o un mosquito, por ejemplo?
–Es que quiero contarle algo que me pasó el fin de semana pasado.
–Se comió una multa.
–Sí, pero de una manera muy particular, casi un sinsentido que quedará para la historia de las arbitrariedades que sufrimos los ciudadanos en distintos ámbitos.
–Vamos, desembuche.
–Manejaba tranqui, tranqui por la Circunvalación. Al llegar al primer control, inflo el pecho: tenía las luces encendidas, los chicos atrás y los cinturones correctamente colocados. Además, apenas un cortadito de desayuno capaz de derretir por negativo a los alcoholímetros.
–¿Y?
–Me embocaron, Cacho. Me hicieron la clásica seña de estacionar sobre la banquina.
–Pero, según me decía, tenía todo bien prolijito.
–Eso creía, pero resultó un operativo increíble. Resulta que antes del cruce con Juan B. Justo decido exterminar la picazón en la oreja. Creo que el rascado agitado no duró más de diez segundos.
–¿Qué tiene que ver eso con la Policía?
–Bueno, Cacho, pasó que un agente me dijo que el móvil que venía adelante les comunicó que venía hablando por celular. ¡Insólito!
–Parece obra del demonio.
–Y, sí. Me hicieron la boletita electrónica por 600 mangos y me mandaron a patalear a la oficina de la calle Spilimbergo. Dígame, ¿cómo les demuestro que, en realidad, sólo me picaba la oreja?
–¿Será porque le falta plata al Gobierno?
–Bueno, Cacho, si ponen seis puestos de la Caminera entre Córdoba y la ruta 13 es porque debe haber algo de eso. Imagine a una parte de esos policías cuidando una plaza, un parque o una esquina de barrio. Incluso se lo pregunté a uno de los muchachos de uniforme y me lo reconoció.
–Me dice que la Caminera no educa, sino que cobra.
–Claro, Cacho. Vi a una mujer embarazada que venía con luz de posición y la hicieron esperar al sol para cobrarle. Me parece más saludable explicarle que debe girar la perilla un punto más a la derecha.
–Sí, no parece ser lo mismo una lamparita quemada que un conductor en estado de ebriedad.
–Puede ser, Cachito, pero a la hora de los operativos, lo que importa es engrosar la canasta.
–También engrosa la lista de accidentes.
–Por lo menos se mantiene. Mire, una cosa es la recaudación y otra, la seguridad.

