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Con las mismas contradicciones que nos parieron

Ni los que gobiernan la Argentina ni los que aspiran a sucederlos tienen diferencias profundas en el modelo del país. Roberto Battaglino.

25 de mayo de 2010 a las 12:01 a. m.
Con las mismas contradicciones que nos parieron

Enviado especial a Buenos Aires

Y un día cumplimos 200 años. Y un día comprobamos, en medio de una fiesta emotiva, que seguimos sin superar las contradicciones centrales que fueron parteras de nuestra historia.

Argentina -la tierra de la plata donde ese metal casi no existe, la que tuvo que esperar años para declarar su independencia, décadas para tener un orden legal y una elemental integración territorial y centurias para tener una relativa estabilidad institucional- celebra su Bicentenario con postales que reflejan antinomias no resueltas.

Todavía discutimos si aquel 25 de Mayo instaurábamos un gobierno patrio o el puerto buscaba nuevos mercados con el imperio español caído en desgracia. Y seguimos discutiendo de todo, al extremo, lo que sea, días y días, sin avanzar.

Pero más allá de las rispideces menores de oficialismos y oposiciones, la Argentina asiste a la fiesta de los dos siglos con un país desintegrado, que no logró sobreponerse a la supremacía del puerto sobre el interior. La puja de los intereses entre lo que después sería la capital de la nación y las provincias estaba ya instalada a comienzos del siglo XIX. La hegemonía porteño-bonaerense fue el eje que dominó nuestra controversial historia y sigue siendo la asignatura pendiente para repensar el país, que no logra superar centurias de macrocefalia.

Para sumarle una paradoja más a nuestro devenir, los gobernantes del Bicentenario llegaron al poder hace siete años con un discurso que reivindicaba el federalismo y aportaba la visión de una pareja venida de los confines más australes.

Sin embargo, Néstor y Cristina Kirchner consolidaron su poder asentados en la poderosa herramienta electoral de la megápolis y reprodujeron (e incrementaron) el esquema centralista del país.

No fueron originales en su estrategia de generar antinomias, algunas de las cuales lucen como irreconciliables, pero que en el fondo no son más que divisiones estéticas.

En realidad, ni ellos ni los que aspiran a sucederlos (la mayoría ya ha gobernado con distintos grados de fracaso) ni otros actores sociales tienen diferencias profundas en el modelo del país, si es que algunos de ellos tiene claro un modelo de país. En realidad, la gran discusión ausente de nuestro presente anómico es la carencia de debates sobre proyectos de desarrollo a largo plazo.

El Bicentenario se festeja sin grandes usinas de pensamiento, de las cuales alguna vez la Argentina se enorgulleció.

Por esas raras piruetas de nuestro destino, el Virreinato del Río de la Plata no era el de mayor brillo en aquellos albores del siglo XIX, en el que el del Alto Perú aparecía como el mayor potencial.

Cien años después, 1910 encontró a la Argentina en los primeros puestos de los países de más desarrollo en el mundo. Hoy, lejos de esos sitiales, los argentinos celebramos más pensando bastante más en aquella expectativa frustrada del Centenario que en la escolar postal del Cabildo porteño de 1810.

Así y todo, el clima festivo de estos días, más allá de pasiones y divisiones, abre la puerta a la esperanza de que alguna vez seamos un país armónico, equitativo, plural, desarrollado. Mientras tanto, hoy sólo es día de gritar !Viva la patria!