Memoria en Córdoba. Catalina, dos años después: el femicidio que corrió el eje del miedo entre amigas
A dos años del femicidio, sus amigas Ángela , Agustina y Aylén repasan cómo el crimen -cometido por uno de los mejores amigos de Catalina- transformó su manera de vincularse, de confiar y de poner límites.
El 17 de julio de 2024 una noticia conmovió a la sociedad cordobesa. Catalina Gutiérrez tenía 21 años cuando fue asesinada por Néstor Soto, uno de sus compañeros de estudio en la UNC.
El hecho, ocurrido hace ya dos años, instaló una conversación que muchas jóvenes empezaban a tener por primera vez: el peligro también podía estar entre los amigos.

El 19 de marzo de 2025, la Cámara en lo Criminal y Correccional de 11.ª Nominación de Córdoba condenó a Néstor Aguilar Soto a prisión perpetua por el femicidio de Catalina Gutiérrez.
El tribunal consideró que el crimen ocurrió en un contexto de violencia de género y también aplicó el agravante de criminis causa, al entender que Soto mató para procurar su impunidad. Aunque el acusado había confesado el crimen desde el inicio, el juicio estuvo centrado en determinar los agravantes que correspondían.

Al fundamentar la sentencia, el presidente del tribunal, Horacio Carranza, sostuvo que Soto había ejercido sobre Catalina un patrón de "sutil dominación" psicológica. Y dejó una frase que quedó resonando: “el rótulo de mejor amigo no da más derechos, sino más deberes”.
Hasta el caso de Catalina, en muchas jóvenes el miedo tenía una imagen clara: un desconocido en la calle o una expareja violenta. En ese sentido, el caso redefinió ese límite.
Néstor Soto no era un desconocido. Compartía estudio, juntadas y hasta conocía a la familia de Catalina. Era uno de esos vínculos que no despertaban sospechas. Quizás por eso el caso abrió una pregunta que sigue resonando en muchas mujeres jóvenes: ¿qué pasa cuando el miedo alcanza incluso a quienes forman parte de nuestro círculo de confianza?
Dos años después, la pregunta sigue abierta en las conversaciones de miles de cordobesas, y de manera especial entre quienes conocieron de cerca a Catalina.
Después de Catalina
Ángela Bosetti era amiga de Catalina desde antes de arrancar a estudiar Arquitectura en la UNC. Para Agustina Elías y Aylén Fernández, las aulas de la facultad fueron el espacio que las juntó con Catalina.
Aquel día de 2024, todo era un poco confuso. En ningún momento imaginaron la posibilidad de que un amigo hiciera algo así: “Llamábamos a Néstor por teléfono y no nos atendía, pero queríamos que alguno de sus amigos fuera a la casa para ver cómo estaba con lo de Cata. Después empezamos a ver su nombre en las noticias y pensamos que seguro era porque querían la primicia y estaban diciendo cualquier cosa. Yo le decía a Agus ‘amiga, nada que ver, no puede ser así‘“, cuenta Aylén.
Mientras intentaba sacar conclusiones, vivía lo que se convertiría, en sus palabras, en uno de los momentos más tristes de su vida.

Ante el shock y la suspicacia de lo que estaba circulando en la conversación pública, Ángela se dirigió a la casa de la familia y le confirmaron que había sido él: “Sentí mucha traición y mucha bronca porque Cata había depositado toda su confianza en él”, dice.
Néstor era oriundo de Bariloche. En su momento tenía 21 años. Aylén y Agustina compartían grupo de trabajo con él e iban a su departamento seguido; pasaban noches, días, tardes; días enteros compartiendo con él.
Hoy miran para atrás y, pese a que sus mentes están atravesadas por el trauma y el dolor, intentan recordar las acciones que tenía, cómo se comportaba. Soto era posesivo, golpeaba cosas cuando se enojaba y hacía comentarios machistas, encubiertos con chistes. Aún así, ninguna de ellas hubiera imaginado el final: “No era algo alarmante; era un amigo más”, admite Aylén.
Por su parte, Ángela sólo tenía una relación cordial con él, por Catalina: “Él no me cerraba. Yo veía que se enojaba con algunas cosas pero de ahí a hacer lo que hizo, jamás lo hubiera pensado”.
Un punto de inflexión
En ellas, el asesinato de Catalina fue un punto de quiebre que cambió sus maneras de ser y estar: “Ese sentimiento de estar seguras con lo conocido, en nosotras se rompió. No me siento segura ni en la cotidianidad, siento que mi cuerpo solo activa un mecanismo de defensa sea donde sea que esté”, cuenta Ángela.

En los primeros días la sospecha empezaba a extenderse a todo el círculo común: "Empecé a pensar, uno por uno, en todos los amigos que teníamos con él, quién podría haberlo ayudado. Empecé a desconfiar de todos; de repente ninguno me daba ni una breve seguridad", cuenta Agustina.
Durante los meses siguientes, entre la desesperación y la angustia, era casi automático sentir miedo y rechazo. Aún hoy, asegura que quedan resabios en "mínimas cosas" que antes daban por sentado.
La tragedia, el trauma y el dolor las llevaron a un cuestionamiento profundo, sobre todo respecto de sus vínculos, los límites y la normalización de ciertas conductas, incluso con amigos.
Además, el caso corrió el eje de su compromiso con la causa. "Siempre apoyé la lucha de las mujeres, pero desde un lugar más lejano. Nunca había ido a una marcha. Desde que pasó lo de Cata, me di cuenta de que tenemos que hacernos presentes siempre", cuenta Aylén.

Antes –explica– la violencia de género era algo que reconocían pero no vivían como propio: "No es que no podía empatizar, es que no lo vivía en carne propia. Después de esto, todo tiene mucho más peso: no es sólo mandar un mensaje y que al otro día me respondan, es un 'avisame en serio' si en 20 minutos no me avisás que llegaste, me preocupo", agrega.
Las chicas entienden que, si bien nunca se puede saber con certeza ni se puede encasillar a cualquier hombre como potencial femicida, hay cosas que no pueden ni deben permitirse.
Hoy, el costo de ser “la mala onda” que dice ‘basta‘ ya no importa y se resignifica para pasar a ser algo instalado: “No me permito escuchar cosas que no me hacen sentir cómoda y quedarme callada. El no es un no, sea de quien sea”, explica Ángela.
Para Agustina, incluso los pequeños chistes merecen atención. “Se me transforma la cara: ‘hasta acá la joda‘, digo. Es una lástima que se lo tomen así ahora, cuando tienen una situación cercana, pero aprovecho ese lugar para que dimensionen”, apunta.
Hoy, si bien Aylén dice que no sabe exactamente lo que sí, sí puede identificar lo que no. “Después de lo de Cata, hay cosas que simplemente no voy a tolerar. Por ejemplo, si estás enojado no hace falta que golpees la mesa. El enojo no tiene por qué transformarse en violencia”, expresa.
A dos años, las amigas coinciden en que el dolor no se fue, pero se transformó. “No hay un segundo en el que no esté en mi cabeza y en el corazón de las tres. No queremos que se olvide el caso, queremos que su memoria esté viva y, fundamentalmente, que no haya más Catalinas”, dice Ángela en un sollozo.
El femicidio también modificó su relación con el tiempo y con los afectos: “Uno siempre espera la muerte, sabe que existe, pero nunca piensa que va a ser tan joven. Uno espera que se mueran sus abuelos, sus padres, pero nunca a una amiga. Y menos que la maten, que alguien la haya quitado la vida", reflexiona Aylén.

Desde entonces, dice que no se despide de nadie sin decirle ‘te quiero‘: “Tengo miedo de que sea la última vez. Quiero que el último recuerdo que tengan de mí sea un abrazo, un agradecimiento".
Hoy, Ángela, Aylén y Agustina se aferran a ese dolor eterno para honrar la memoria de su amiga. Esperan que al menos el caso instale la conciencia de que los femicidas no solamente tienen el rostro de desconocidos o exparejas violentas, sino que puede ser tu propio amigo.
“Por lo menos queremos inculcar la sensación de que aunque no te haya pasado, te puede pasar. Es real”, dice Agustina.
El mensaje que buscan transmitir, sobre todo a quienes no vivieron el caso de cerca, es simple pero urgente: "No esperes a que te pase. Es ahora".
La lucha de la familia
A dos años del crimen, la familia de Catalina hoy tiene un objetivo claro: que la condena de Néstor Soto sea realmente de por vida y que no tenga posibilidad de recuperar la libertad, ni siquiera después de 35 años, como se permite en algunos casos.

Tras el veredicto, la defensa de Soto había anticipado que evaluaría apelar el fallo, alegando que la "presión social" habría influido en la decisión del jurado. Hasta que esa instancia no se resuelva, la condena no queda firme, y con ella se demoran gestiones como la expulsión de Soto de la FAUD.
Marcelo Gutiérrez, el papá de Catalina, expresa: “Esa es una lucha que vamos a encarar. Ahora queremos que la condena quede firme para que se apliquen todas las sanciones correspondientes”.
Más allá de eso, trae al presente el recuerdo de su hija con imágenes positivas: “La vamos a extrañar toda la vida, eso seguro. A donde sea que vayamos, ella está. Ahora vemos el mundial los tres en casa con la foto de Catalina; siempre está presente. Eso no va a cambiar”.

A su vez, plantea que el caso de su hija, al menos, tiene que servir para visibilizar e instalar la charla como algo fundamental: “Es imposible pensar que un amigo te va a matar, pero bueno, es importante transmitirles a las chicas jóvenes que estén atentas a ciertas conductas, que hablen con sus amigas o su familia. Que no naturalicen”, explica.
Este viernes, familiares, amigos y allegados se reunieron en una misa realizada en la capilla de barrio Inaudi para mantener vivo su recuerdo. “Uno no obliga a nadie, pero queremos que la recuerden como lo hacemos nosotros; con felicidad”, cierra Marcelo.

