Un caso que revela el fracaso de todo el sistema
Un chico deambula por el pasillo. Otro está sentado en una silla, con la cabeza sobre la mesa, estático.
Un chico deambula por el pasillo. Otro está sentado en una silla, con la cabeza sobre la mesa, estático.
Un grupito de chicas ríe en una pieza. A todos les cuesta expresarse, pocos miran de frente. Algunos apenas balbucean. La siesta de enero se hace más silenciosa en el Hogar El Sol, sobre una calle de tierra de Malvinas Argentinas.
En un patio mitad baldosa mitad tierra, una treintena de chicos, jóvenes y adultos, se juntan alrededor de una pileta de lona. Hay unos pocos ancianos –uno de ellos piel y huesos, inmóvil en su silla, sobre la galería de un pabellón–, resabio de la vieja actividad de este centro: hasta hace un año era un geriátrico.
El lugar está limpio, cuidado. Nadie podría criticar la infraestructura de la institución, aunque es imposible despegar la atmósfera depresiva que se respira, como en cualquier lugar de este tipo. La mayoría de estos jóvenes fueron abandonados por sus familias, que apenas van a visitarlos.
Las trabajadoras del lugar niegan cualquier problema de abuso y aseguran que S. fue trasladado por cuestiones ajenas a las de las denuncias. Esto contradice a la misma propietaria del lugar, que dijo a este diario que trasladaron a S. de manera “preventiva”.
La historia de S. refleja un fracaso que atañe a todo el sistema: lleva varios años de institución en institución, siempre con antecedentes de violencia, y al principio de la investigación ni siquiera se podía conocer su diagnóstico exacto. Pasó un mes en el Complejo Esperanza. Ahora acaban de mudarlo a un centro psiquiátrico. Quién sabe después.

