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Cada tanto, la cultura baja al barrio

La idea de cultura está anclada en espectáculos y figuras consagradas. También existe la vergonzante creencia de que "no hay nada que hacer". Pues hay muchísimo por hacer. Rosa Bertino.

21 de abril de 2012 a las 12:01 a. m.
Rosa Bertino (Periodista)
Cada tanto, la cultura baja al barrio

De los temas que causan incordios, todo lo que tenga que ver con la cultura suele llevarse las palmas. Uno puede denostar al plomero, porque hizo una mala conexión. Al almacenero, porque le vendió un producto vencido. Al colectivero, por no pasar a horario. Al médico, porque lo atendió a los apurones. Hasta puede chiflarse con un municipal, porque trabaja sólo si no está de paro o asamblea. No se gana nada, pero está permitido. Lo que no puede, bajo ningún concepto, es meterse con los artistas, intelectuales y con los cultos en general. Es decir, no puede exigirles eficiencia y una mejor prestación en el seno del pueblo. Que vendría a ser el que más "cultura" necesita, o al menos es lo que nos hartamos de decir o escuchar.Cualquiera de los susodichos responderá ofuscado: "¡Qué culpa tengo yo, si no hay políticas!". Misterio. A esta altura, esa muletilla encierra un misterio tan grande como el ascendiente de Nicolás Cabré sobre sus compañeras de elenco. ¿Se puede saber qué le ven? En esa línea, ¿qué política logró que los caniches sean una mascota imprescindible, cuyo precio de "reventa" oscila los 500 pesos? (fuera de bromas, a una vecina ya le robaron cinco de su jardín). ¿Por qué los docentes tienen que renegar tanto para que los chicos larguen el celular y agarren un libro? La respuesta es obvia: Nicolás Cabré, los perritos y los celulares son livianos, portables y sólo duele perderlos. Pero son reemplazables. Son lindos. En cambio, el imaginario ya no asocia la formación espiritual o mental con lindezas y pasatiempo. Revelación. En parte, todo esto viene a cuento de la bronca suscitada por la creación del Instituto Municipal de Cultura. Los supuestos damnificados podrían haber protestado con música al aire libre; títeres y monigotes distribuyendo panfletos explicitando el reclamo, o con intervenciones callejeras. Es muy triste comprobar que, salvo algún museo o cineclub, y una Feria del Libro, mucha gente desconocía la existencia de tal dependencia. Hace tiempo que la idea de cultura está anclada en espectáculos y figuras consagradas. También existe la íntima y vergonzante creencia de que "no hay nada que hacer". Pues hay muchísimo por hacer. El viernes pasado, la Banda Sinfónica de la Provincia se presentó en la iglesia de Parque Atlántica. La misma en la cual San Expedito junta más gente que Cachumba. Lo hizo con un programa justo para la ocasión. Un repertorio de danzas y canciones populares que sonó mil veces mejor que cualquier Kusturika. Y encima, gratis. En tono de parábola, podemos decir que es factible conquistar al gran público. Sólo hay que ir a éste. Sentidos. La Sinfónica tiene un director muy entusiasta, y músicos maravillosos. El solo de oboe, a cargo de Mimí Waisbord, se elevó bajo el modesto tinglado. La platea acompañó con silencio perfecto. Ayer mismo, un grupo de maestras y alumnos de la periferia protagonizaron un acto cargado de simbolismo. Decenas de libros fueron arrojados en globos, con destino desconocido. Esos docentes han comprendido que, aunque nunca dejaremos de amar las bibliotecas, llegó el momento de asumir que los lectores han cambiado. Hay que salir a buscarlos.