Caballeros, escarapelas y fútbol en la multitud
Todo parece suceder como un remolino en torno al Obelisco, en los alrededores y en el interior del Paseo del Bicentenario.
Enviado Especial
Buenos Aires. "Mirá, mamá: caballeros". El niño apunta con el dedo a los receptores de pasajeros de un hotel cinco estrellas que lucen dos trajes negros, cada uno de ellos con un sombrero bombín. Son dos señores altos y elegantes, y al pibe se le figura que se trata de los típicos hombres pintados en los cuadros de la mítica Revolución de 1810. Uno de esos hombres es de raza negra, y completa el cuadro escolar tradicional aunque, entonces, acaso no hubiera sido considerado un caballero.
Sucede sobre la calle Carlos Pellegrini. Y es que todo parece suceder como un remolino en torno al obelisco, en los alrededores y en el interior del Paseo del Bicentenario montado sobre la avenida 9 de Julio.
La multitud marcha como ondas en el asfalto, corrientes humanas que pugnan por ir y por venir. Si no fuera por la inmensidad de Buenos Aires, capaz de parir multitudes en cualquier circunstancia, uno podría señalar que se trata de una romería gigante, de esas que hubo en esta ciudad cuando fue poco más que una aldea, y de tantas romerías provincianas.
Símbolos. "¿Por qué las escarapelas?" Es una pregunta de ocasión que uno le hace a un joven que acaba de comprar en un quiosco una para sí y otra para su novia.
Él mira su escarapela mientras se la prende en el pecho, se queda un segundo pensando, y grita: "!Gool!"
Es que todo el mundo ha gritado gol. Alrededor del Obelisco se han instalado cuatro pantallas unidas que dan para todos los costados para ver el partido entre la selección de Maradona y Canadá, y el núcleo más compacto está allí, más que ansioso por el partido, ansioso por el Mundial que viene, y soñando con volver a vivir una emoción como aquellas que se vivieron, o como sus mayores les contaron que fue.
Desfile de emociones. Han pasado aviones por el cielo de la calle: aplausos para ellos; han pasado artistas de las gorra: un aplauso y una propina para ellos; y los que venden banderas no dejan de vender; tampoco los que venden pochoclos, garrapiñada y manzanas endulzadas. En los bares y restaurantes cercanos la gente hace cola para entrar: son las cinco de la tarde y recién algunos consiguen almorzar.
La gente no deja de venir a través de todos los ríos que van a dar a la mar de la 9 de Julio. Y vienen gritando el eco de los goles, uno tras otro. Vienen porque hay mucho para ver y oír hasta la madrugada.
Habrá una homenaje a la música del cine nacional, luego folklore, con Soledad y los demás imanes del gentío.
Habrá una medianoche inolvidable, la noche de los 200 años. Y después tango, con el increíble regreso a los escenarios del gran Horacio Salgán, a los 93 años.
"Es que es así, la escarapela son nuestros colores, somos argentinos, y ya casi es 25 de Mayo", dice el joven y se hunde en el gentío.
Por curiosidad, uno vuelve a pasar por el hotel de calle Esmeralda: sí, los dos hombres de sombrero bombín, el blanco y el negro, también tienen una escarapela en el pecho.

