Bromas, escatologías y sexo sin inhibiciones
En la mínima vidriera del mínimo local, todo parece tener forma de pene: chupetines, caretas, adornos de las vinchas, sorbetes o especie de pistolas.
En la mínima vidriera del mínimo local, todo parece tener forma de pene: chupetines, caretas, adornos de las vinchas, sorbetes o especie de pistolas.
También es el motivo de los dibujos de servilletas, naipes y hasta de una torta si así se lo pide. Sucede en el negocio de chascos y cachadas de José María Pineda, que ha virado al de souvenirs para despedidas de solteros, sobre todo de mujeres.
De todos modos, todavía se consiguen las viejas bromas del siglo pasado: cigarrillos explosivos, bombas de olor, bolsa de pedos, caramelos picantes. “La palabra cachada ya es demasiado vieja. En mi casa todavía tengo un ‘pedo a control remoto’, para accionar incluso desde otra pieza. Ya casi no queda nada artesanal; ahora casi todos son aparatitos que dan choques eléctricos. Hace tiempo que tengo esas otras cosas, aunque antes era un secreto a voces. La gente ahora es más desinhibida”, cuenta.
En el piso superior, sin mucha visibilidad, hay un negocio que aunque hace ocho años que está, todavía es novedad: el sex shop Club A. La dueña es Agustina Bracho y ofrece adminículos en forma de órganos sexuales masculinos, vibradores, lencería erótica, elementos para la práctica del sadomasoquismo, lubricantes, estimulantes y otras yerbas. “Se trata de ponerle un poco de sabor y color al sexo. Han venido varios animados por la novela o la película 50 sombras de Grey. El último Día de los Enamorados fue un boom”, recuerda.
Insiste con que un negocio como este es como un cable a tierra. “La gente que llega aquí necesariamente ya tiene la cabeza abierta, pero de aquí sale todavía más abierta. Los hombres suelen sentir que el juguete es su enemigo, pero cuando lo ven bien entienden cuánto los ayuda”.

