Ariel volvió a su casa y a su realidad
El niño que estuvo perdido en Calamuchita ya recuperó su sonrisa y sueña con juguetes nuevos y una bicicleta que ande.
Santa Rosa de Calamuchita. Para Basilio y Alicia, las 28 horas más angustiosas de sus vidas ya quedaron atrás. De golpe sintieron que cualquier carencia material, hasta la más extrema, se desvanece cuando está en riesgo la vida de un hijo. Ariel, el mayor de los tres niños, pero de apenas 4 años, estuvo perdido en pleno monte. El pequeño, que le teme a la oscuridad, pasó una noche completa a la deriva, con la única compañía de una cachorrita de tres meses. Sus raspaduras y rayones, y las espinas que encontraron en su ropa y cuerpo, son las marcas de haber caminado más de 14 kilómetros."Sólo iba hasta el basural, pero a los 10 minutos volvía". Su mamá, con la mirada baja por su timidez, aseguró que nunca se iba lejos y solo. Estiman que intentó caminar hasta el vecino más próximo, distante a un kilómetro, el dueño de otro cortadero de ladrillos, para contarle su frustración por no poder tener una bicicleta que funcione. El monte, en el que se internó Ariel, está pegado a su casa. Es casi la continuidad de su patio. Allí, lo conocido pasó a ser desconocido, y su desorientación lo llevó a caminar por horas desde el barrio Santa Rosa del Río, en Santa Rosa de Calamuchita, hasta el patio de una casa en Atos Pampa.

Mientras tanto, se desplegó un intenso operativo de búsqueda con bomberos, policías, helicóptero y perros rastreadores.
La familia, procedente de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, que se radicó hace dos años en Santa Rosa de Calamuchita, ya volvió a su rutina cotidiana. En el patio, siguen estando los mismos juguetes desechados por otra gente: La bicicleta que le regaló el sereno del basural, una radio que hace años no funciona, una moto plástica y sillas playeras herrumbradas.
Corteza de pinos y un nailon sostenido con ladrillos sueltos forman el precario techo de la casita, que tiene dos pequeñas habitaciones con dos camitas con colchones, y un elástico, donde se deben arreglar los cinco. Un póster de Hanna Montana tapa parte de la pared del pequeño comedor. En un costado, un balde con papas, quizás el principal alimento de la familia, y en el otro, la perrita que acompañó a Ariel en su travesía está revolviendo un cesto con residuos.
Sin luz, ni agua, viven en condiciones precarias al extremo. Tienen un grupo electrógeno, pero no el combustible para alimentarlo. No tienen heladera. Trabajan en un cortadero de ladrillos que está a pocos metros. “Todo me hace falta”, señaló Basilio.
La historia, publicada el lunes por este diario, tuvo una fuerte repercusión y despertó la atención de medios periodísticos de todo el país. Ariel, mientras, ya recuperó el brillo en sus ojos oscuros y su mirada pícara. Y sigue soñando con una bici que ande y juguetes nuevos.
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