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Alberto Véliz: Éramos unos caraduras

A los 80 años, sigue siendo una figura emblemática del bandoneón en Malagueño. Como desde hace seis décadas, con su grupo anima fiestas al ritmo de tangos, pasodobles y rancheras.

24 de septiembre de 2016 a las 12:01 a. m.
Alberto Véliz: Éramos unos caraduras
Maestro. En Malagueño casi nadie conoce su nombre de pila. Para todos, es “el Maestro” Veliz. (Raimundo Viñuelas)

Alberto Veliz (80) tiene una sonrisa tanguera a la que sólo le faltaría el fileteado de un cuadro. Y cuando se une al bandoneón que atesora desde hace más de cuatro décadas surgen, espontáneos y lúcidos, los acordes de algún vals, de una ranchera o de un pasodoble. "Voy a hablar poco, que hable el fuelle, mi hermano", dice antes de arrancar con el tango que un parroquiano le pidió en el bar de Fede, ubicado en una vieja casona de Malagueño. Cuando se lo ve interpretar esas añejas piezas es imposible no imaginarse lo que siente, esa emoción que se trasluce en sus ojos.Veliz llegó a Malagueño desde su Quilino natal hace 60 años. Vino para hacer el servicio militar en La Perla y se quedó para siempre. "Fui a buscar a mi mujer (María Luisa) a Quilino, me casé y me vine", cuenta.Y en ese pueblo de la piedra caliza empezó a cimentar lo que se transformó en su verdadera vocación, la del músico popular que amenizaba bailes, cumpleaños, casamientos y serenatas. "En aquella época, la gente se comprometía un mes antes de casarse y también me buscaba para esas celebraciones", asegura.En Malagueño hay pocos que conocen su nombre, ya que para casi todos es "el Maestro" Veliz, el nombre artístico que todavía lo acompaña en los eventos a los que siguen convocándolo."Cuando estaba haciendo el servicio militar, el dueño de un bar de la zona se enteró de que tocaba el bandoneón y fue hasta el cuartel para pedir permiso para que tocara en su local", relata. Los días de pago, su presencia en el bar de "Pepe" Martinozzi era una gran noticia para los sacrificados obreros de la piedra, que contaban las horas para el momento del baile. Infancia musical "Aprendí a tocar el bandoneón a los 12 años. Humberto, el mayor de mis 11 hermanos, me enseñó los primeros pasos y después yo mismo fui aprendiendo de oído", asegura Alberto, que aún tiene la costumbre de pasar horas al lado de la radio "sacando las canciones nuevas".Así, tangos, rancheras, pasodobles y canciones folklóricas fueron brotando de su fuelle hasta que llegó la primera oportunidad de presentarse en público. "Fue en el club Talleres, de Quilino, a los 12 años, acompañando a mi hermano", recuerda.Ya en Malagueño, se juntó con los músicos que había en el pueblo para armar una orquesta típica, que se paseó por todas las pistas de baile. "Éramos unos caraduras y tocábamos mucho en todas partes", dice, entre risas. "Ahora me invitan y sigo yendo", asegura y nombra a quienes todavía lo acompañan, como los guitarristas Víctor Cuello y Aldo Fioramontti."Me da vergüenza que la gente me diga maestro", relata desde la humildad que transmite. "Me siento muy querido y reconocido, y vivo agradeciendo esas muestras de afecto". Sus trabajos Alberto nunca vivió de la música y trabajó un tiempo en el frigorífico Carnevalli y en la cementera Corcemar. "Muchas veces salía de trabajar y me iba para algún baile con mi mujer y mis tres hijos (Mirtha, Susana y Carlos)", cuenta.En las Seis Esquinas, un lugar clásico de Malagueño, "el Maestro" Veliz hace sonar el fuelle y la gente sale de su rutina para escucharlo, a como dé lugar. El sonido nostalgioso del bandoneón se funde entre las paredes de las viejas casonas de la diagonal que une a la plaza con la iglesia, y la postal que se arma es pura belleza en esta tarde de primavera.