Temas del día:

Acá iba una ilustración

¿Adónde irá la posta de ese ojo telescópico que descubría el arte oculto en los rincones menos vistosos de la ciudad? Edgardo Litvinoff.

27 de junio de 2010 a las 12:01 a. m.
Acá iba una ilustración

Hace una semana, "Cachoíto" subió las escaleras de la Redacción de La Voz del Interior para dejar la última de sus ilustraciones que acompañaría esta columna. Era sobre el Día del Padre: un hombre aferra de la mano a su hijo, que se le vuela con el viento.

Así es la vida: los hijos se van para crecer, los padres algún día se mueren.

Parece crudo, pero "Cachoíto" no le esquivaba el bulto a lo que se le venía. "¿Cómo la llevás, Cacho?", le preguntábamos después de que le diagnosticaran la grave enfermedad que lo aquejó en estos meses y los médicos lo obligaran a dejar el cigarrillo. Y él sonreía: "Me tengo que acostumbrar a esta nueva vida, valga la ironía".

Miguel "Cachoíto" De Lorenzi recibió todos los premios, todos los homenajes, todas las felicitaciones que puede recibir un artista.

¿Adónde irá la posta de ese ojo telescópico que descubría el arte oculto en los rincones menos vistosos de la ciudad, esos en los que nadie se detiene por falta de tiempo y de talento? ¿Quién logrará ilustrar el Día del Padre con la precisión del hijo que se vuela como un globo?

Ahora que no está, uno cae en la cuenta del lujo de haberlo tenido cada domingo junto a una columna que muchos leían de rebote, después de haberse acercado hasta la página para ver qué había dibujado "Cachoíto".

Será extraño ver otra cosa en los espacios del diario que hasta el jueves pasado eran los suyos.

Será extraño extrañarlo.

Y como siempre pasa en estos casos, vamos a lamentar no habernos detenido a charlar lo suficiente cuando él quería conversar. Tan ocupados estábamos. "Cachoíto" lo tomaría con humor: "Con un minuto de silencio no me arreglan".

Antes de irse, se encargó de comunicar que pretendía imponer su nombre al espacio de fumadores en el exterior del edificio del diario. Toda una burla a los factores que construyeron su destino.

Incluso a la muerte le sacó la lengua, así, de un minuto para el otro, rápido, sin tiempo para darle el gusto de la agonía.

Dicen que la muerte es el comienzo de la inmortalidad. ¿A quién se le ocurre? Nadie elegiría la inmortalidad pudiendo comprar churros los martes, en la feria de barrio San Martín.

Lástima, Cacho: vas a tener que acostumbrarte.