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Los monjes benedictinos dejaron el monasterio de Calmayo

No hay precisiones sobre los motivos. Durante 30 años representaron un modo de religiosidad diferente. El predio pasa en comodato a Radio María.

28 de junio de 2013 a las 02:45 p. m.
Carina Mongi (Corresponsalía)
Los monjes benedictinos dejaron el monasterio de Calmayo

Calmayo. El pintoresco monasterio está ahí, recortando el paisaje serrano con el que hace juego, pero ya no es el mismo. Siempre fue un sitio dominado por la paz, pero ahora es demasiada. Está cerrado.

Los monjes benedictinos, que hasta hace más de un año lo habitaron en Calmayo, dejaron su marca. Con sus invariables túnicas oscuras, sus misas cantadas, sus leyendas y misterios, y sus habilidades –como la especialización en restaurar libros antiguos– se convirtieron en referencia ineludible.

“Acá sentimos mucho que se hayan ido”, señaló desde la altura de su caballo Omar Gigena, uno de los 150 habitantes de esta pequeña comuna del valle de Calamuchita.

El Monasterio Nuestra Señora de La Paz de los Monjes Benedictinos fue fundado el 3 de mayo de 1976, según reza una placa en una de sus vistosas paredes empedradas.

El destacado edificio, con capilla, fue construido y habitado varios años después, en terrenos cedidos por las monjas esclavas de Córdoba, que tienen propiedades en la zona. Ramón Marín, vecino del lugar, recordó que los primeros monjes vivieron en una casa de esa congregación de monjas, hasta que construyeron su abadía.

Lo que sigue. En el acceso al monasterio vacío, rápido aparece Armando Martínez, el cuidador. "Va a hacer dos años que los monjes se fueron", contó. Según dijo, luego de que los benedictinos dejaron la abadía, estuvo a punto de radicarse un grupo de monjes ermitaños camaldulenses, de una comunidad italiana. Pero finalmente desistieron.

El 23 de abril pasado, la Fundación Radio María, de la Iglesia Católica, firmó un contrato de comodato para administrar el predio. El sacerdote Javier Soteras, director de la emisora, confirmó a este diario que la propiedad sigue perteneciendo a los benedictinos. “La utilizaremos para formación de miembros de nuestra obra y también será un lugar de servicio de la Iglesia a todos los que se quieran llegar, manteniendo el espíritu benedictino”, explicó.

Soteras dijo que, aunque sin actividad ahora, suelen celebrarse misas algunos fines de semana en la capilla. Comentó que el nuevo proyecto “se está armando” y que en verano se incrementará la actividad.

Visitantes. Aún muchas páginas de Internet de perfil turístico destacan al monasterio como un atractivo del valle de Calamuchita. No es poca la gente que sigue visitando el lugar, sobre todo los domingos, en búsqueda de los hombres que daban misa con cantos gregorianos y en latín.

Los monjes abrían al público, sólo los domingos, un rincón de venta de quesos, licores y dulces preparados por ellos.

También confeccionaban muebles en algarrobo y se destacaban por la restauración de libros históricos. El sitio propiciaba, además, retiros espirituales, para los que ofrecía salas de alojamiento.

En sus inicios, llegaron a ser 18 monjes. La cantidad fue disminuyendo, hasta que quedaron tres en los últimos años. Al cerrar, se mudaron a otros monasterios de la orden.

¿Razones económicas?. "No se sabe por qué se fueron; será porque cada vez quedaban menos", aventuró Martínez. Nadie aporta una precisión definitiva sobre los motivos de la partida. Las razones económicas asoman en el menú.

“Para mí, el principio del final fue una deuda que nunca saldó el municipio de Córdoba, desde la gestión de Germán Kammerath, por libros restaurados”, lanzó el exintendente de San Agustín, Julio Agosti.

No pocos sostienen que esos trabajos, lentos y especializados, no siempre eran abonados por las entidades que los encargaban, a pesar de los altos costos de sus insumos.

Agosti reveló que, cuando fue intendente, monjes le contaron que la deuda del municipio cordobés les había provocado un fuerte perjuicio económico, calculado en unos cien mil dólares, hace más de una década.

Se habría sumado un incendio rural que rodeó la construcción y que arrasó con postes, cables, alambrados, y dejó el monasterio por un tiempo sin servicios. Les complicó además la cría de animales. La guía de turismo Alicia Migueiz subrayó que les costó reponerse de ese siniestro. “Después de eso ya nada fue igual”, remarcó.

Luis Camandone, jefe comunal de Calmayo, lamentó que los monjes ya no estén y dijo desconocer el motivo de la partida.

El predio luce bien conservada. Pero extraña los cantos gregorianos.