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Una inesperada colección de objetos antiguos y extraños en la montaña

Se la puede encontrar en un complejo turístico instalado en el bucólico paisaje de San Miguel de los Ríos, en Calamuchita.

11 de junio de 2012 a las 12:05 a. m.
Corresponsalía
Una inesperada colección de objetos antiguos y extraños en la montaña
El responsable. Juan Chuit cuenta la historia de lo que fue juntando con los años y que hoy exhibe en el complejo turístico JC. Dice que no compró casi nada, encontró mucho y, sobre todo, le regalaron.

"Subte 754 km", dice un cartel con toda la apariencia de indicación vial. Está pegado sobre una pared blanca rodeada de árboles, a 10 metros de un río que fluye claro y manso y frente a un cerro que se levanta como una gigantesca barranca. Todo el lugar es un remanso, por eso la ironía del cartel. Es un rincón en San Miguel de los Ríos, en medio de la plenitud natural, con colores de cedro pintando el paisaje, Calamuchita (a siete kilómetros de Yacanto; casi 50 kilómetros de Santa Rosa).Funciona allí, desde hace casi 30 años, el Complejo turístico de Montaña JC (con cabañas, dormis y camping, además de caballos y otros entrenamientos), que por estos meses se encuentra en etapa de descanso y reorganización (volverá a abrir el 17 agosto, y retomará en octubre, cuando el frío comience a amainar).Pero hay otros detalles que sorprenden cuando uno se empieza a abrir camino en el parque: es la aparición de objetos, de cosas que son testimonio del tiempo, de otros lugares y hasta de culturas ancestrales. Juan Chuit, el hacedor del lugar, era un joven abogado que buscaba su posición en la ciudad de Córdoba hasta que un día se cansó de la vida urbana y fue a buscar amparo en la naturaleza. "Mis viejos socios se iban a Las Leñas y yo a cortar leña a las sierras; mis amigos comían en el Cerro de las Rosas y yo empecé a disfrutar del asadito a la luz de un farol y de la Luna", cuenta el actual juez de Paz de Santa Rosa de Calamuchita. Cambalache. Entre tanto, por un instinto y un placer que no sabía muy bien de dónde le venían, juntaba objetos viejos o al menos extraños casi desde que tiene memoria. "He comprado casi nada, encontrado mucho y también me han regalado, sobre todo", cuenta, con la afirmación de su hijo Martín, cada vez más, el responsable del lugar. Lo que a simple vista se ve rodeando al restaurante y a la sala de la administración son bancos de cemento que alguna vez estuvieron en la iglesia Los Capuchinos. "Fueron quitados cuando se remodeló, y por casualidad llegaron hasta mí. Los había tenido un arquitecto que trabajó en la remodelación", cuenta Juan Chuit.Entre los objetos que tienen que ver con los comechingones que habitaban el lugar, cuenta con un par de morteros y una "paridera". "Es como un mortero más grande, con un hueco. Es que las mujeres comechingonas parían en cuchillas", dice Juan.Pero el cambalache de recuerdos se concentra en el restaurante. Allí, dispuestos en distintos modos, pueden verse armas (incluido un sable con pistola adosada, supuestamente usado en la guerra contra el Paraguay), vitrola, radios a galena, máquinas de escribir, máquinas de sumar, un proyector de súper 8, un grabador geloso, muñecos, colecciones de sacapuntas, de pipas, sifones, sopletes de bronce, soldadores a bencina, una muela de elefante, planchas antiguas... Es decir, una heterogénea colección que incluye un hierro con la marca de ganado que usaba Juan Manuel de Rosas, un tambor de Energina identificado con una cruz esvástica (a principio del siglo 20, la marca petrolera inglesa usaba ese símbolo aunque en la dirección contraria al que identificaría al nazismo), una moto Puma y hasta una rara colección de sombreros traídos de países lejanos (Indonesia, Turquía, Japón...)."La gente verdaderamente se sorprende cuando entra al restaurante y se encuentra con estas cosas. Muchos se pasan horas mirando y preguntando", cuenta Martín. Entonces, en medio de un remanso de sierra verde y río, de pronto aparecen objetos que alborotan la curiosidad y los recuerdos.