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Or, del kibutz sudamericano a barrio Güemes

Es hijo de padre argentino, inmigrante en Israel. Nació cerca de la franja de Gaza, estudió gastronomía en Buenos Aires y se casó con una cordobesa. Hace un año y medio que vive en Córdoba.

17 de diciembre de 2015 a las 12:20 a. m.
Or, del kibutz sudamericano a barrio Güemes

“Como yo crecí en un kibutz con tanta cultura argentina, no me sorprendió tanto cuando vine a los 12 años a visitar a unos familiares. Sí me sorprendió la primera vez que me vine con \'Jose\' (Josefina, su mujer) a Córdoba, lo linda que es… Una provincia tan conectada con la naturaleza, con tantos lugares para visitar y conocer”.

Or Facundo Barzel (33) nació en Israel pero parte de su sangre es argentina. Su padre es oriundo de Concordia, Entre Ríos, y su madre, israelí.

Hace un año y medio que está en Córdoba, con sus dos pequeños hijos (uno israelí y otro cordobés) y un flamante restaurante en la frontera entre barrio Güemes y Nueva Córdoba.

“Nací en Israel, en un lugar chiquito que se llama Or-Haner, que es un kibutz de sudamericanos; la mayoría son argentinos, unos pocos chilenos y brasileros. Mis abuelos son argentinos, y una abuela, uruguaya. Pero de todos lados, los abuelos son argentinos”, cuenta.

En Córdoba, Or (“luz”, en hebreo) usa su segundo nombre, Facundo (en honor a Facundo Quiroga), porque resulta más familiar y, a pesar de que habla un excelente español, su “r” se parece a una “g” y eso genera confusiones.

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“Crecí en ese pueblo hasta los ‘veinti y algo’, obviamente vine a visitar a familiares acá. La familia de acá fue a visitar allá. Sabía que tenía mucha familia en Argentina, y a los ‘veintipico’ trabajé suficiente, ahorré un poco de plata y decidí estudiar gastronomía”, relata, con una enorme expresividad, en uno de los acogedores salones de Late, el restaurante que abrió hace seis meses con otros tres socios. El es uno de los chefs.

Or estuvo a punto de estudiar en Londres, pero un amigo le sugirió viajar a Buenos Aires. El español le resultaba familiar y, de alguna manera, la sangre le tiraba. Se anotó en la escuela del Gato Dumas.

“Por un lado, estudié algo que me gusta, que es la cocina, gastronomía. Por otro lado era muy completo el programa: vinos, tragos, cocina, panadería, todo. Me encantó. Además, vivía en Buenos Aires”, relata.

Se alojó en casa de sus primos, durante dos años, de 2006 a 2008. En Buenos Aires conoció a Josefina Spollansky, cordobesa, hoy su mujer y madre de sus niños: Marom Oliverio (3) y Aura Maayan (cinco meses).

La pareja viajó a Israel. Josefina se inscribió para realizar un máster en la Universidad de Jerusalén. Allí se quedaron desde 2008 a 2014.

”Para mí era como una visita. Nos fuimos a Jerusalén, vivimos ahí seis años, ella terminó el master y yo trabajé en gastronomía, en general. El último trabajo fue en un hostel internacional, iban turistas de todo el mundo, como jefe de alimentos y bebidas. Muy lindo. Después de seis años, nació el chiquitito hermoso, se llama Marom Oliverio”, explica Or.

Con el tiempo decidieron mudarse a la Argentina con la idea de armar un proyecto personal. Josefina viajó unos meses antes que Or. Al tiempo abrieron el restaurante en una vieja y bella casona de calle Achával Rodríguez.

“Yo llegué el 4 de julio de 2014. Decidimos qué estilo de proyecto queríamos. Tardó un rato la obra y abrimos, por fin, el 15 de julio de este año. Estamos muy contentos… Nació la bebé, nuestra segunda hija, hace cinco meses, justo una semana antes que abriéramos. Se llama Aura Maayan (agua de manantial). Bebé, restaurante, vida nueva, todo junto era ¡guau! Unos seis meses muy interesantes. Siguen siendo. Por eso estamos acá y nos gusta mucho. Y estamos acomodándonos de a poco, como una familia fresca a la vida en Córdoba”, refiere.

Un rincón argentino en Israel

“La vida en el kibutz en Israel era hermosa, porque vos vivís en un lugar chiquito que conocés a todos. Obviamente que la vida cambió desde que yo era niño hasta hoy, cambió mucho todo el estilo, la forma que tenían los kibutz en Israel, antes era muy socialista en la forma de compartir”, recuerda Or.

Los kibutz surgieron como comunidades agrícolas, donde sus miembros viven de manera comunitaria, y tuvieron un papel central en la creación del Estado de Israel.

“Hay actividades culturales, un comedor enorme donde se junta la gente, hay como un club chiquito, eran muy colaboradores todos. También en la forma económica... La vida en el kibutz era muy tranquila, muy linda, mucho verde, mucha libertad. A mí me encantó”, asegura.

El kibutz Or-Haner se encuentra en el suroeste de Israel, a cinco minutos del mar, a una hora del centro de Tel Aviv, en la costa del Mediterráneo y a una hora de Jerusalén. Muy cerca del norte de la franja de Gaza.

“En Israel mi educación era mixta. Tenés las costumbres, las pequeñas diferencias de una cultura a la otra pero cuando estás en tu entorno, en la casa, se hacen asados de fin de semana; es realmente muy argentino. Se juntan con familiares, hay mucha influencia de la comida italiana. Vos caminás por mi pueblito los fines de semana y hay olor a asado por todos lados. Las familias se juntan”, subraya.

Los abuelos argentinos de Or emigraron jóvenes, con la creación del Estado de Israel. ”Fueron para allá con toda su cultura y empezaron una vida nueva. Pero muchas cosas quedaron. ¿Fútbol? ¡ni hablar! Partidos de Argentina era como partidos de la Selección Nacional. Todos paran, miran la tele, no les importa. Lo más loco es que a cinco kilómetros del nuestro, hay un kibutz de brasileros. Siempre la pelea de los niños era ‘nosotros somos los mejores’. Cuando uno gana o el otro, van tocando bocina, molestando al otro. Vivís en otro lado pero la cultura influye”, piensa.

Or cuenta que su padre es fanático de la música, del rock nacional argentino. “Yo escuché cosas, que ahora escucho con los chicos en la cocina… ‘Conozco eso, conozco lo otro’. A mi hermano y a mí, nos gusta la música argentina y del mundo. En casa siempre estaba presente la música. El chamamé de Corrientes también, por mi tío. Yo me enganché con eso. Ni hablar del idioma que mis abuelos hablaban con mis papas. Hablaban en castellano para que nosotros no entendiéramos. Después entendíamos un poco y luego ya sabíamos de qué estaban hablando”, sonríe.

Colores y sabores inolvidables

Or está maravillado con Córdoba. Le gusta el contacto con la naturaleza y la familia sale a descubrir lugares en las sierras. ”Estamos tratando de ir mínimamente una vez por semana con los chicos y disfrutar de esta provincia hermosa”, dice

Pese a que ciertas pautas culturales ya le eran familiares, sí le sorprendió la extensión de la Argentina. “Imaginate un país chiquito, que en siete horas recorrés todo Israel. Acá, en siete horas vas a Buenos Aires. El tamaño del país me sorprendió, me pareció hermoso. La cantidad de lugares para pasear. Tengo una lista sin fin para conocer”, precisa.

“Me acuerdo que habían dos cosas muy importantes: la camiseta de fútbol de la Selección argentina y los chicles Bubbaloo. Mis tíos me traían chicles Boubaloo, y mi papá nos regalaba zapatillas Topper. Para nosotros Topper era la original, no las zapatillas yanquis. Luego supe que Topper es de Brasil, ¡No! me rompieron el sueño. Y la camiseta de fútbol, que cada tanto cambiaba el diseño”, se ríe.

Sentir como inmigrante

“Me siento inmigrante acá, sin duda. Y me parece que va a pasar un rato. Le pregunté a mi papa, que lleva 30 años en Israel, y me dijo que después de muchos años, muchos, te empezás a sentir menos inmigrante. Pero hace casi un año y medio que estoy en Córdoba. Van a tener que pasar muchas cosas que me van a hacer sentir más de acá. Tengo toda la energía en un lugar donde estás presente y mis niños viven acá, mi familia también. Pero igual, hay otro lado que te va a quedar”, plantea.

Un conflicto que no termina

Or habla de la guerra entre israelíes y palestinos como “un conflicto que nunca termina”. Y lo explica. “Hay dos pueblos que no tienen ningún problema con el otro. Y ahí en el medio está la política. Y ahí está todo mezclado. Política y extremistas. Yo siempre explico: tenés de los dos lados. El 95 por ciento que quieren levantarse a la mañana a trabajar, juntarse con sus amigos, familiares, niños, nietos y volver a la casa en paz. Dentro del cinco por ciento, tenés a los políticos y a los extremistas que dañan a los dos y hacen lío, y todas las noticias del mundo pasan por este cinco por ciento, de los dos lados”, cuenta.

Or refiere que en su casa crecieron con la idea de paz. Su padre le contaba historias de Gaza, cuando iban al mercado y era un pueblo de pescadores.

“Lamentablemente, yo vivo tan cerca... que todo el lío de los cohetes llega a mi casa. Y mi familia vive eso. Te molesta mucho la situación. Es una situación muy compleja. Yo sigo creyendo que se puede llegar a la paz. El tema es que hay algo que se choca en el medio, que molesta a los dos lados. Muchos de los dos pueblos quieren la misma cosa. Yo tenía cocineros árabes, y al revés, los encargados eran árabes. Todo bien”, relata.

Barzel cuenta que cuando trabajaba en el hostel pusieron una regla. No hablar de política ni de religión. “Vos sacás estos dos temas de la conversación y todos son amigos. Increíblemente así. Lo vi en vivo en el bar. Había dos muchachos que hablaban y de repente empezaron a hablar de política. A los dos minutos, los dos se pusieron nerviosos, empezaron a pelear, hablando, y uno se levantó y se fue. Y también pasa con la religión. ¿Por qué? Cada uno tiene que vivir, no molestar al otro. El tema es que es difícil para el ser humano aceptar la opinión del otro”, opina.

Or dice que la gente, de alguna manera, se termina acostumbrando a la guerra, la va naturalizando. “Es muy difícil. Todos los días recibís cohetes en tu casa. Y el gobierno construye un bunker chiquito en una habitación en tu casa, y vos sabés que tenés un par de segundos para escapar, por las dudas. Si ocurre todos los días, a la misma hora o varias veces al día, lamentablemente te acostumbrás. O sabés cómo reaccionar. Es muy triste acostumbrarse a esa situación. La gente no tiene que acostumbrarse a una situación violenta. Y lamentablemente se acostumbra (...) Ojalá que cambie algo. No dejo de leer noticias de Israel todos los días. Pero ahora estamos acá, con todas las fuerzas”, concluye.

Colaboración: Verónica Sudar, de la Unión de Colectividades de Inmigrantes de Córdoba (Ucic).