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Díran, el armenio que escapó de la guerra

la Arslanian nació en Siria, país al que huyó su abuela tras el Genocidio en Armenia. Llegó hace 35 años a Córdoba en búsqueda de la paz que, dice, no había conocido en 25 años. "Estaba acostumbrado a la violencia", cuenta. Asegura que ama la Argentina, país al que considera "el mejor del mundo". Se dedica a la gastronomía.

08 de septiembre de 2015 a las 12:35 a. m.
Díran, el armenio que escapó de la guerra

Díran Arslanian (60) es armenio y argentino. Al menos así se siente. Nació en Siria por casualidad, a consecuencia del Genocidio armenio de 1915 por parte del imperio Otomano, que exterminó a más de un millón y medio de personas antes del nacimiento de la República de Turquía en 1923. Y que provocó la diáspora, además de la muerte y desconsuelo.

Durante los años de la masacre, su bisabuelo fue asesinado, colgado en la plaza pública. Su bisabuela y su abuela huyeron a Siria: cruzaron la frontera caminando hasta Alepo, a 45 kilómetros de la frontera con Turquía, la segunda ciudad más grande de Siria y una de las más castigadas, también, por la guerra de estos días, que involucra a terrorista del Estado Islámico (Isis, por sus siglas en inglés), a rebeldes y a efectivos que avalan al Gobierno.

En Alepo, un territorio que no conoce la paz, nació Díran, en el seno de una familia que se dedicaba a la gastronomía.

“A la cuidad de Alepo la destruyeron totalmente. Uno de los motivos de la destrucción es que era la ciudad que tenía más armenios. Alepo ha sido un centro cultural armenio, donde había más de 20 iglesias armenias, más de 20 escuelas, secundarios, primarios, había hasta un museo armenio”, recuerda Arslanian.

En 1980, una nueva crisis político-militar se reeditó sobre Siria. Díran recién terminaba el servicio militar obligatorio en el Ejército y, viendo lo que se avecinaba, le dijo a su padre que quería huir de Siria.

Hoy, después de 35 años, Díran es cocinero de comidas armenias y árabes en Córdoba. Aquí se casó con Ayda, también armenia de Siria, con quien tuvo tres hijas. La pareja ofrece, desde 2008, exquisita comida de Medio Oriente en un pintoresco puesto del Mercado Norte.

Basta de balas

“Soy segunda generación. Sí, nací en Siria pero para mí es más importante la sangre que el lugar donde nací. Siria no me ha dejado buenos recuerdos, aunque capaz que la guerra me hizo fuerte. Por eso duré hasta que llegué adonde estoy ahora. Siria cobijó a mis abuelos, a mi papá, nos han dado identidad, la posibilidad de vivir y todas estas cosas, pero la guerra es la guerra. Entonces cuando vos venís a la Argentina, ves que hay otro mundo. Prefiero que me digas argentino descendiente de armenios”, solicita.

A los 25 años, Díran se escapó de su país. Ya había terminado el servicio militar y lo habían vuelto a llamar para la reserva del Ejército. “Yo le dije a mi padre: ‘mirá, yo lo que pasé no quiero que vuelva a pasarme’. Porque yo tuve tres veces heridas de guerra. Tengo una bala aquí en el cuerpo, que quedó una herida de esquirla”, recuerda.

Durante el servicio militar, Díran estuvo destinado a la inteligencia y a la guardia presidencial de Hafez al-Asad, padre del actual mandatario sirio, Bashar al-Asad. Entre otras cosas, era cinturón negro de artes marciales.

“Por supuesto que los guardaespaldas que tienen son un ejército dentro del ejército. Yo había hecho paracaidismo: tengo 96 saltos en paracaídas. Pero salí, ya no quería y empecé a buscar destino. En aquel tiempo, el único país que me dio visa fue la Argentina, que me abrió la puerta. Yo llegué con un pasaporte de turista”, cuenta.

Los primeros pasos

Al llegar a Córdoba se alojó unos días en casa de un primo, pero el hombre tenía su propia familia. Díran no se sentía muy a gusto, y se fue. “Le dije que alquilé una pieza, pero dormí cuatro noches en la calle. Luego me fui a una pensión y así, poco a poco”, indica.

No entendía nada de castellano. Los primeros seis meses se manejaba con señas. “Tengo anécdotas sobre el idioma. Por ejemplo, me enseñaron a viajar en colectivo, pero para mi todas las calles eran iguales. Un día llego a la parada de mi casa y una señora me toca el hombro y me dice ‘¿tocaste el timbre?’ Y yo pensaba que me preguntaba si iba a descender y dije que no, entonces me dice: ‘tóquelo’. Pensé que no había escuchado y le dije: ‘no, no’ y enojada me dice: ‘¿me estas cargando?’. Y le dije ‘si’, porque ya le había dicho dos veces que no. Revoleó la cartera y me pegó y la gente me decía: ‘no tenés vergüenza’. No entendía nada, pero me imagino las cosas que me dijeron”, se ríe.

Díran había cursado el secundario en Siria, conocía de gastronomía y tenía conocimientos en el rubro metalúrgico. “Teníamos restaurante, pero mi tío era metalúrgico. Cuando llegué acá trabajé un año en un taller que trabajaba para la Renault”, explica Arslanian.

Después, Díran quiso independizarse e hizo todo lo posible por lograrlo. En 1981 abrió un pequeño almacén en la calle Oncativo, frente al Distrito Militar, entre las calles Salta y Maipú, en el centro de la ciudad de Córdoba. El bolichito se convirtió después en rotisería y, luego, en un comedor. “Así empecé, poco a poco”, refiere.

Con el tiempo comenzaron a convocarlo para que elaborara los rincones árabes o armenios para eventos gastronómicos o para hoteles como el Holiday Inn o el Sheraton.

“En el año ’82, cuando empezó la guerra, me anoté como voluntario para ir a Malvinas, porque lo llevaba adentro. Quería anotarme en la reserva del Ejército argentino, pero las condiciones no me daban. Tenía que ir los días sábados a entrenar y no podía dejar el trabajo. Tengo el uniforme, pero no fui a Malvinas”, explica.

La sobrina del zapatero

En 1983 se puso de novio con Ayda, su actual esposa, también armenia, nacida en Siria. “Es de la misma ciudad y el mismo barrio, a dos cuadras de mi casa y nos conocimos acá. Y bueno, hace 30 años que estamos casados, tenemos tres hijas”, refiere Arslanian. Una es licenciada en Comunicación Social y, hace pocos días, se fue a vivir a Armenia. Otra es bioquímica, y trabaja en la Clínica Reina Fabiola y la menor estudia Administración de Empresas.

Con Ayda se conocieron en la colectividad. En ese entonces, Díran cantaba en el coro de la iglesia. “Ella cantaba en el coro de la iglesia y habíamos nacido en la misma ciudad. Nuestros padres no se conocían, pero el tío de ella era zapatero mío y antes de venir acá le dije: ‘Don Martín, vendeme un zapato que me voy a América’; no le dije a la Argentina. Después, cuando vi las fotos de los álbumes dije: ‘¡ese es Martín mi zapatero! y ella me dijo que era su tío”, relata Arslanian, quien también es cantante en un conjunto armenio, es diácono y dirige el coro de la iglesia.

El valor de un país

“Yo siempre digo que en éste país, a los chicos podés darles el máximo estudio, pero si no le enseñas a trabajar, todo es al vicio. Acá falta la cultura del trabajo, vivimos en el mejor país del mundo como siempre repito, pero no sabemos el valor. Te lo digo como argentino, hay veces que me da mucha rabia, bronca, ver a la gente que pide subsidio, yo también llegué acá con una mano atrás y otra adelante”, plantea Díran, que se nacionalizó en 1985.

Desde que se fue, el hombre siempre mantuvo contacto con sus padres por carta postal. A pesar de que los primeros tiempos fueron muy difíciles, Díran contaba a su familia que estaba muy bien, aunque no lo estuviera tanto.

“Pasaron 20 años hasta que volvimos a unir a mi familia, porque económicamente no estaba bien… Todavía no podía viajar y ellos tampoco podían venir. Después cuando pude, mandé el pasaje para que vengan mis padres. Y después de 20 años yo fui a visitar a mis hermanos”, relata.

Más tarde su familia paterna emigró a Canadá. “Tengo a mi hermano, a mi hermana y a mi padre. En los últimos años fui allá cuatro veces a visitarlos. Viven en el Primer Mundo pero ellos nunca pudieron venir, siempre fui yo. Ganan bien, pero gastan todo también, acá podes progresar”, subraya.

Mejor que en casa

Cuando llegó al país, Díran se sintió como en su casa. “Gracias a Dios me ha tocado muy buena gente. Todas estas cosas negativas que hablan, nunca me tocó, ni me robaron ni nada negativo. Y me rodee con muy buena gente. No me sentí extranjero, no me hicieron sentir inmigrante”, explica.

Al tercer día de haber llegado a Córdoba, Díran ya estaba trabajando en una fábrica metalúrgica, aunque aún no tenía los papeles en orden. “Siempre me siento como si hubiera nacido acá y amo a la Argentina. La amo, la amo, la amo. Me importa y me gustaría que la Argentina sea el mejor país del mundo. Si en la Primera y la Segunda Guerra Mundial hemos alimentado al mundo, ¿cómo puede ser que ahora no? Acá tenemos el milagro de que vos tirás cualquier semilla y sale, en cambio, en otros países del mundo no podes sembrar todos los años. Acá podemos sembrar tres veces al año, el agua, la tierra… Está bendecido este país y mucha gente no se da cuenta de todo el valor que tenemos”, asegura.

La paz, esa desconocida

“Al principio me pasó algo muy feo. Estaba acostumbrado a vivir en la guerra: extrañaba eso”, recuerda Díran. Cada 15 días, iba a practicar tiro. Necesitaba disparara, grafica, “como una droga”.

“Extrañaba la guerra. Yo decía, ¿cómo pueden vivir en paz acá? Pero hoy digo, ¿qué locura, no? ¿Cómo puede vivir la gente allá? Muchos primos de mi esposa viven allá y les digo que vengan, que acá hay trabajo, hay negocio, necesito gente, que vengan. Me dicen que van a esperar, para ver qué va a pasar, ¿qué van a esperar? Sálvense la vida. ‘Pero si tenemos casa’, me dicen. Pero si te cae una bomba en la casa, no te queda nada, ni vos, ni la casa, ni nada. ‘Vengan’, les digo; pero no vienen. Están acostumbrados”, cuenta

Y continúa: “Por ejemplo, cuando hacen un atentado suicida, yo lo comprendo. Porque cuando un chico palestino de 14, 15, 18 años  se convierte en bomba y explota en un bar o en un colectivo en Israel, no conoce otra cosa. Como me pasó a mí cuando vine acá, que había paz. Yo creo que no va haber paz en Medio Oriente. Estamos viviendo ya la Tercera Guerra Mundial, mucha gente no se da cuenta, pero hay más de 50 países que están en guerra hoy día”.

Las imágenes de la violencia de las que fue testigo en la niñez y en la infancia siempre van a dejar su huella. “Allá a un ladrón le cortan la mano, a un asesino lo degüellan. El castigo es ojo por ojo, diente por diente. Cuando escuchábamos que en la plaza había colgados (gente ahorcada), íbamos con mis amigos para verlos. Esas imágenes no me las puedo borrar. Cuando veo películas o noticieros y veo eso, me pongo a llorar. Me duele. Y todo por un poquito de tierra o fanatismo. En este mundo todos podemos vivir en paz”, asegura.

La guerra que hace cuatro años destruye Alepo, su ciudad natal, y que está provocando una crisis humanitaria en Siria, aflige a Díran. “Los yihadistas no son sirios. Son musulmanes que llegaron e inventaron una ‘guerra santa’. Para mí, un invento de guerra de Estados Unidos que por nombre de la ‘primavera árabe’, lo convirtieron en el infierno árabe”, opina.

Colaboración: Agustina Giraudo y Leandro Acosta, de la Unión de Colectividades de Inmigrantes de Córdoba (Ucic).