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Agro

Industria láctea. Entre la quiebra de Sancor y los modelos cooperativos que sí funcionan

La situación de la empresa argentina expone las debilidades del cooperativismo local, mientras experiencias como Fonterra y Conaprole muestran que el modelo sigue vigente cuando hay escala, gestión y reglas claras.

20 de abril de 2026, 10:05
Entre la quiebra de Sancor y los modelos cooperativos que sí funcionan
DIMENSIÓN. Sancor llegó a procesar cuatro millones de litros de leche por día, en 12 plantas industriales distribuidas en Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires.

La crisis de Sancor, con su pedido de quiebra, no es un hecho aislado ni una excepción dentro de la industria láctea nacional. Es, más bien, el síntoma más visible de un proceso más profundo: la pérdida de protagonismo del modelo cooperativo en un sector que, hacia fines del siglo pasado, tenía en estas estructuras a sus principales actores.

Durante décadas, las cooperativas fueron el corazón de la lechería nacional. Integraban producción, industrialización y comercialización bajo una lógica asociativa que permitía distribuir riesgos y beneficios entre miles de productores.

Si bien todavía hay algunas que lo mantienen, inclusive en Córdoba –Manfrey y Arroyo Cabral son ejemplos de eficiencia–, el esquema comenzó a mostrar fisuras frente a un contexto cada vez más competitivo, globalizado y exigente en términos de eficiencia.

El caso de Sancor resume buena parte de esos problemas. Una estructura pesada, dificultades financieras recurrentes, conflictos internos y una falta de adaptación a los cambios del mercado terminaron erosionando su posición.

La que alguna vez fue una de las principales usinas lácteas de América latina, hoy atraviesa una crisis terminal.

DIMENSIÓN. Sancor llegó a tener operativas 12 plantas industriales, con un plantel de 5.100 trabajadores.
DIMENSIÓN. Sancor llegó a tener operativas 12 plantas industriales, con un plantel de 5.100 trabajadores. (La Voz/Archivo)

Sin embargo, el problema no es el modelo en sí, sino cómo se lo gestiona.

El contraste internacional

Mientras en Argentina el cooperativismo pierde terreno, en otros países sigue siendo el eje de la industria. Los casos de Fonterra, en Nueva Zelanda, y de Conaprole, en Uruguay, son ejemplos concretos de que el sistema puede funcionar –y muy bien– si se dan ciertas condiciones.

En ambos casos, las cooperativas lograron combinar escala, profesionalización y una fuerte orientación exportadora. No se trata solo de reunir productores, sino de gestionar empresas complejas con criterios empresariales claros, donde la toma de decisiones no queda atrapada en tensiones políticas internas.

Fonterra, por ejemplo, se consolidó como un actor global con presencia en múltiples mercados, mientras que Conaprole mantiene una posición dominante en Uruguay con altos niveles de eficiencia y calidad.

Ambas organizaciones comparten una característica central: una gobernanza profesionalizada, en la que la gestión está separada de los intereses individuales y de las cuestiones políticas.

Ese es, probablemente, uno de los puntos donde el modelo argentino encontró mayores dificultades.

Una transformación en marcha

La industria láctea local atraviesa un proceso de transformación que va más allá del debate cooperativo. En los últimos años, se observa una creciente concentración en manos de empresas privadas, muchas de ellas con estructuras más ágiles y capacidad de adaptación a los cambios del mercado.

Este fenómeno responde a múltiples factores. Por un lado, la necesidad de invertir en tecnología, logística y desarrollo de productos exige niveles de capitalización que no siempre están al alcance de las cooperativas.

Por otro, la volatilidad macroeconómica argentina agrega una capa adicional de complejidad que castiga especialmente a las estructuras más rígidas.

En este contexto, el productor también cambia su lógica. Ya no busca solo pertenecer a una organización, sino maximizar su rentabilidad y reducir riesgos. Esa dinámica debilita el sentido de pertenencia cooperativo, que históricamente fue uno de sus pilares.

El desafío de reinventarse

La crisis de Sancor debería ser leída como una oportunidad para repensar el modelo, no para descartarlo. El cooperativismo sigue teniendo ventajas potenciales, especialmente en una actividad como la lechería, donde la atomización de la producción es una característica estructural.

Pero para que esas ventajas se materialicen, es necesario avanzar hacia esquemas más modernos de gestión. Esto implica profesionalizar la conducción, mejorar la eficiencia operativa y, sobre todo, alinear los incentivos entre los socios y la empresa.

También supone aceptar que el contexto cambió. La lechería ya no es un negocio cerrado ni exclusivamente doméstico. La inserción internacional, la diferenciación de productos y la innovación tecnológica son condiciones indispensables para competir.

Entre la historia y el futuro

El cooperativismo lácteo fue una herramienta clave para el desarrollo del sector en Argentina. Su retroceso no implica necesariamente su desaparición, pero sí obliga a una revisión profunda de sus fundamentos.

La experiencia internacional demuestra que el modelo es viable. La realidad local indica que, tal como está planteado en muchos casos, necesita cambios urgentes.

La pregunta ya no es si el cooperativismo tiene futuro en la lechería argentina, sino bajo qué condiciones podrá sostenerlo. Y la respuesta, como muestran los ejemplos exitosos, está menos en la forma jurídica que en la calidad de la gestión.