Insumo estratégico. El plan brasileño para convertirse también en proveedor de fertilizantes
En el World Agri-Tech South America Summit de São Paulo, líderes de la industria, productores y empresas tecnológicas coincidieron en una preocupación central: América Latina sigue dependiendo de insumos críticos producidos fuera de la región.
Mientras América Latina consolida su lugar como una de las principales proveedoras globales de alimentos, una pregunta incómoda recorre al sector agropecuario: ¿qué tan sostenible es ese liderazgo cuando gran parte de los fertilizantes que necesita para producir dependen de mercados externos, conflictos geopolíticos y cadenas logísticas cada vez más complejas?
La discusión ocupó un lugar central durante el World Agri-Tech South America Summit 2026, realizado en Brasil, uno de los encuentros más importantes de innovación agropecuaria de la región.
El espacio de intercambio se dio bajo el título; Crisis de fertilizantes: Ampliar la producción local de nutrientes para cultivos y protegerse contra las crisis mundiales.
Allí, representantes de productores, compañías mineras, empresas de fertilizantes y firmas biotecnológicas coincidieron en un diagnóstico: la seguridad alimentaria ya no puede separarse de la seguridad en el abastecimiento de nutrientes.
Del evento realizado en San Pablo, participó una comitiva público-privada de Córdoba con el objetivo de conectar el agro local con el mercado brasileño.
Para Sergio Leite, presidente de Potássio do Brasil, el debate ya no pasa únicamente por la productividad agrícola. “El fertilizante hoy está dentro del contexto de los minerales estratégicos y debe ser tratado y entendido como tal”, afirmó durante el panel.

Según el ejecutivo de esta empresa minera que desarrolla el Proyecto Autazes, en el estado de Amazonas, con el objetivo de producir fertilizantes potásicos en Brasil; la sociedad todavía conoce muy poco sobre la importancia de estos recursos para garantizar la producción de alimentos.
Datos de la Confederación de Agricultura y Ganadería de Brasil (CNA) y el Ministerio de Agricultura brasileño indican que Brasil es una potencia agroexportadora; el agronegocio representa cerca del 24% del PIB brasileño y más del 49% de sus exportaciones totales.
Sin embargo, detrás de esa fortaleza aparece una dependencia estructural: el país importa aproximadamente el 85% de los fertilizantes que consume, de acuerdo con cifras presentadas durante el panel por Eduardo de Souza Monteiro, director de The Mosaic Company Brasil, una de las mayores empresas del mundo en producción y comercialización de fertilizantes fosfatados y potásicos.
La dependencia es aún mayor cuando se analizan nutrientes específicos: 95% del potasio es importado; 95% del nitrógeno proviene del exterior; 70% del fósforo depende de mercados internacionales.
La guerra entre Rusia y Ucrania, iniciada en 2022, expuso con crudeza esa vulnerabilidad. Rusia y Bielorrusia concentran una porción significativa del comercio mundial de potasio, mientras que Rusia también es un actor clave en nitrógeno y otros fertilizantes.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), las interrupciones logísticas y comerciales derivadas del conflicto generaron fuertes aumentos de precios y preocupación global por la disponibilidad de nutrientes agrícolas.
El proyecto que busca cambiar la ecuación
El Proyecto Autazes en el estado de Amazonas, es una iniciativa que apunta a explotar una de las mayores reservas de potasio de Brasil y podría abastecer más del 20% de la demanda nacional de este nutriente, reduciendo significativamente la dependencia de las importaciones. “Tenemos que trabajar seriamente esta asimetría entre producción propia e importación para reducir la enorme vulnerabilidad que tenemos”, sostuvo Leite.
Sin embargo, el ejecutivo también señaló una de las principales barreras para avanzar. “El proceso de licenciamiento ambiental de nuestro proyecto demoró siete años”, afirmó, señalando que la seguridad jurídica y la previsibilidad regulatoria serán fundamentales para atraer inversiones de largo plazo.
Brasil tiene recursos, pero necesita condiciones
Desde la mirada de los productores, Lucas Costa Beber, presidente de Aprosoja Mato Grosso, coincidió en que la autosuficiencia no es una utopía. “La autosuficiencia no es imposible. Es un objetivo de largo plazo y tenemos todo lo necesario para lograrlo”, afirmó el referente de la principal entidad que representa a los productores de soja de Brasil, defensora de sus intereses ante el gobierno y promotora de políticas públicas para el sector.
Sin embargo, remarcó que alcanzar ese objetivo requerirá condiciones adecuadas para la inversión. “Necesitamos seguridad jurídica y viabilidad económica. Hoy obtener licencias en Brasil es extremadamente complejo y costoso”, señaló.
La afirmación refleja un debate creciente en Brasil. El país posee reservas minerales relevantes de potasio, fósforo y otros nutrientes, pero transformar esos recursos en producción efectiva requiere inversiones multimillonarias y procesos regulatorios que muchas veces se extienden durante años.
El fertilizante enterrado bajo los cultivos
No todas las respuestas pasan por abrir nuevas minas. Thiago Bortoli, gerente para Latinoamérica de Sound Agriculture, propuso mirar hacia abajo. “Un estudio de Embrapa indica que Brasil tiene 400.000 millones de dólares en fósforo enterrado en sus suelos”, señaló.
La cifra resume una paradoja conocida por los especialistas: décadas de fertilización han acumulado enormes reservas de nutrientes que muchas veces permanecen inmovilizadas y fuera del alcance de las plantas.
Según explicó Bortoli, que lidera una empresa de biotecnología agrícola, cerca del 50% del nitrógeno aplicado se pierde por volatilización, lixiviación u otros procesos, mientras grandes cantidades de fósforo quedan retenidas en el suelo.
Para el ejecutivo, la biología puede convertirse en una herramienta estratégica. “Existen microorganismos, bacterias y hongos capaces de liberar ese fósforo y ponerlo nuevamente a disposición de los cultivos”, sostuvo.
La propuesta se inscribe dentro de una tendencia que gana protagonismo en toda América Latina: el crecimiento de los bioinsumos y las tecnologías biológicas orientadas a mejorar la eficiencia nutricional.
Según Embrapa, Brasil posee actualmente uno de los mercados de bioinsumos de mayor crecimiento del mundo, impulsado por la búsqueda de productividad y sostenibilidad.
Más eficiencia antes que más toneladas
Durante el panel surgió una idea repetida por todos los participantes: antes de aumentar el volumen de fertilizantes utilizados, es necesario mejorar la eficiencia de uso. “Si una industria utilizara solamente el 50% de los insumos que compra, inmediatamente buscaría corregir esa ineficiencia”, planteó Bortoli.
Tecnologías de agricultura de precisión, mapas de ambientes, monitoreo nutricional, microbiología aplicada y fertilización variable aparecen como herramientas capaces de reducir pérdidas y maximizar cada kilogramo aplicado. “Las crisis obligan a buscar alternativas que normalmente no miraríamos cuando todo funciona bien”, agregó el ejecutivo.
Brasil y Argentina: dos modelos diferentes
La discusión también ofrece un contraste interesante con Argentina. Brasil consume aproximadamente entre 45 y 50 millones de toneladas de fertilizantes por año, convirtiéndose en el cuarto mayor mercado mundial, detrás de China, India y Estados Unidos, según la Asociación Nacional para la Difusión de Fertilizantes (ANDA).
Argentina, en cambio, utiliza alrededor de 5 millones de toneladas anuales, de acuerdo con Fertilizar Asociación Civil.
La diferencia no es sólo de escala. Brasil desarrolló durante décadas una agricultura tropical altamente dependiente de la reposición intensiva de nutrientes, debido a la menor fertilidad natural de gran parte de sus suelos.
Argentina, por su parte, se expandió históricamente sobre suelos más fértiles de la región pampeana y durante años basó parte de su competitividad en la extracción de nutrientes acumulados naturalmente.
Sin embargo, esa ventaja comenzó a erosionarse. Estudios de Fertilizar AC muestran que los balances de nutrientes continúan siendo negativos en buena parte de la agricultura argentina, particularmente en fósforo y nitrógeno.
En otras palabras, ambos países enfrentan el mismo desafío: producir más alimentos utilizando mejor cada unidad de nutriente disponible.
La conclusión clara para América Latina es que la seguridad alimentaria futura dependerá tanto de la capacidad de producir granos como de garantizar el acceso a los nutrientes que permiten producirlos. Minería, innovación biológica, agricultura de precisión, infraestructura logística y marcos regulatorios eficientes ya no aparecen como temas separados, sino como partes de un mismo ecosistema.
Un concepto que Sergio Leite resumió durante el encuentro con una reflexión que capturó el espíritu del debate. “La antigua cadena de suministro está siendo reemplazada por un ecosistema donde participan productores, empresas, reguladores, tecnología y consumidores”.
Para una región que aspira a alimentar al mundo, la pregunta ya no es solamente cuánto puede producir, sino cuán independiente puede volverse para sostener esa producción en un escenario global cada vez más incierto.

