Manejo. En Córdoba, 30 granjas con cerdos trabajan para medir y mejorar el bienestar animal
Junto al Inta Marcos Juárez, impulsan la adopción de prácticas de bienestar animal y sistemas de mejora continua. El trabajo podría abrir el camino hacia certificaciones y sellos de calidad que distingan a los establecimientos y sus productos.
El grupo de Producción Porcina de la estación experimental del Inta Marcos Juárez lleva adelante un programa de investigación orientado a seleccionar indicadores de bienestar animal en 30 granjas de Córdoba y otras provincias del país.
“El bienestar animal no es una condición estática, sino un estado físico y mental que va desde situaciones muy pobres hasta escenarios muy buenos. Siempre existe margen para mejorar, pero el desafío es cómo medirlo”, explicó el Veterinario Mariano Lattanzi, investigador del Inta Marcos Juárez.
Para hacerlo, el proyecto, denominado “Gestión de calidad en bienestar animal”, trabaja con indicadores objetivos que permiten cuantificar distintos aspectos vinculados al bienestar.
“Hoy contamos con nuevos modelos o marcos teóricos como los cinco dominios de bienestar animal, que nos permiten abordar con herramientas científicas robustas en forma sistemática diferentes áreas de estudios como la nutrición, la sanidad, el ambiente y el comportamiento de los animales”, señaló. A partir de ese enfoque, buscan generar información que contribuya a mejorar las prácticas de manejo en los sistemas productivos.
La línea de trabajo comenzó después de la pandemia, cuando el equipo inició junto con el biólogo Juan Busso, investigador del Instituto de Ciencia y Tecnología de los Alimentos (Icta- Conicet-UNC), y la becaria doctoral Camila Asencio, un estudio para monitorear con técnicas no invasivas el estrés en cerdos durante la etapa de transporte.

En una primera instancia, participaron de un proyecto nacional que reunió a universidades y profesionales de distintas disciplinas. Más adelante, con la participación de Abel López, quien también es investigador del ICTA y experto en gestión de calidad, se concentraron en establecimientos de Córdoba.
Estándares para medir y mejorar
Actualmente, el equipo del Inta Marcos Juárez desarrolla un proyecto en el marco del Programa Integral de Financiamiento a la Investigación de Córdoba (Pific), con aportes compartidos entre la provincia y el sector privado. La iniciativa involucra al Grupo Porcino Centro, integrado por unas 30 granjas de Córdoba y otras provincias, que en conjunto reúnen alrededor de 27.000 madres.
“Es un trabajo planificado para un período de un año y medio, del que ya hemos completado casi la mitad. El objetivo es que cada granja cuente con un sistema de gestión de calidad del bienestar animal”, indicó Lattanzi. La propuesta busca establecer procedimientos para medir, evaluar y gestionar el bienestar animal dentro de cada establecimiento.
Para avanzar en ese proceso, tomaron como referencia la norma internacional IRAM ISO 34700, que ofrece lineamientos para diseñar programas de bienestar animal adaptados a cada sistema productivo. “La idea es que las granjas puedan construir su propio programa siguiendo una serie de pasos y criterios comunes”, explicó.
“El esquema se basa en la mejora continua. Cada año se fijan objetivos, se realizan evaluaciones, se implementan acciones correctivas y se definen nuevas metas para el período siguiente”, señaló. Cuando este proceso se aplica de manera sistemática, permite mejorar progresivamente las condiciones de bienestar de los animales.
Certificación y diferenciación
Uno de los beneficios de la norma IRAM ISO 34700 es que puede servir de base para procesos de certificación.
“Las granjas que implementan estos programas pueden solicitar una acreditación que certifique su trabajo en bienestar animal. Y aquellas que tienen integrada toda la cadena, desde la producción hasta la faena, incluso podrían llegar a diferenciar sus productos con un sello específico”, explicó Lattanzi.
Por el momento, esa diferenciación no se traduce en un precio superior para la producción. “Hoy no existe un mercado que pague más por este atributo. El valor está asociado principalmente al posicionamiento de la marca, por lo que avanzar en una certificación es una decisión empresarial estratégica”, señaló.
Varias de las granjas que participan del proyecto manifestaron interés en avanzar en ese camino.
Algunas incluso decidieron acelerar el proceso y buscar certificaciones internacionales. “Una de las empresas involucradas, Porcal, obtuvo la certificación Welfcert, de Chile, luego de superar una auditoría. Es un caso que muestra cómo una granja puede diferenciarse a partir de la gestión del bienestar animal”, indicó.
Lattanzi aclaró que, aunque el bienestar animal no constituye actualmente una barrera comercial entre países, sí puede influir en las decisiones de compra de empresas privadas.
“Un supermercado europeo podría optar por adquirir productos de establecimientos que cuenten con una certificación de bienestar animal. Además, hay sociedades donde los consumidores valoran especialmente este tipo de atributos y los incorporan en sus decisiones de compra”, sostuvo.
Impacto sobre la productividad y la calidad
Las prácticas de bienestar animal tienen efectos concretos sobre los resultados productivos y la calidad de los productos. Uno de los impactos más evidentes se observa en las horas previas a la faena.
“El transporte y el manejo durante las últimas 24 horas tienen una influencia muy fuerte sobre la calidad de la carne. El tipo y la intensidad del estrés que experimenta el animal pueden modificar características como el color, la terneza y la textura de la carne", explicó. Las diferencias pueden percibirse en el punto de venta.
Además, el bienestar animal está estrechamente vinculado con la eficiencia de los sistemas productivos.
“Cuando las condiciones de bienestar son deficientes, aumenta el riesgo de enfermedades, se reduce la ganancia de peso y empeora la conversión en carne. Son situaciones que terminan impactando en los costos y en los resultados de la producción”, indicó.
Entre los factores que afectan el desempeño mencionó las deficiencias en la alimentación, las condiciones ambientales inadecuadas y la sobrepoblación en los corrales. “Cuando los animales disponen de poco espacio aparecen más conductas agresivas, aumentan las lesiones y las infecciones, y eso retrasa el crecimiento”, señaló.

“En definitiva, cuando el bienestar animal está muy comprometido, también lo están la productividad y la eficiencia del sistema. Por eso las buenas prácticas no solo consideran el estado físico de los animales, sino también su condición mental y comportamental”, dijo.
Buenas prácticas para replicar
En el marco del proyecto, el equipo ya realizó un análisis de brechas y visitó siete de las 30 granjas participantes. El objetivo es evaluar el grado de avance de cada establecimiento respecto de las recomendaciones internacionales en materia de bienestar animal e identificar oportunidades de mejora.
“Analizamos qué tan cerca o lejos está cada granja de los estándares de referencia, pero también buscamos rescatar aquellas prácticas que están funcionando bien para compartirlas con el resto”, apuntó.
A partir de ese trabajo, comenzaron a detectar experiencias concretas con potencial de ser replicadas en otros sistemas productivos. Este avance fue presentado conjuntamente con el Grupo Porcino Centro en el Congreso Nacional de Producción Porcina, realizado en mayo de 2026.
Uno de los ejemplos es el manejo de animales que presentan enfermedades o lesiones irreversibles. “Cuando un animal está sufriendo y no tiene posibilidades de recuperación, la recomendación es evitar una agonía prolongada mediante un sacrificio humanitario realizado con herramientas y procedimientos adecuados”, señaló.
Algunas granjas cuentan con protocolos y personal capacitado para realizar estas prácticas, mientras que otras todavía no los han incorporado.
Otra de las situaciones está vinculada al destete en sistemas que utilizan líneas genéticas hiperprolíficas.
“Hoy hay cerdas que producen más lechones de los que pueden amamantar, por lo que aparecen estrategias de destete temprano que pueden generar estrés en los animales”, comentó. En ese contexto, algunas granjas implementan manejos específicos para reducir el impacto sobre los lechones.
El relevamiento también permitió identificar experiencias de enriquecimiento ambiental. “El cerdo tiene una necesidad natural de explorar, investigar y hozar durante gran parte del día. En sistemas confinados, donde los corrales suelen tener pisos de cemento y pocos estímulos, esa conducta no siempre puede expresarse”, advirtió.
Cuando esa necesidad se ve limitada, pueden aparecer comportamientos anormales y agresivos entre los animales.
“Por eso algunas granjas incorporan elementos como cadenas, maderas o juguetes dentro de los corrales. Son recursos simples que favorecen la exploración y contribuyen a mejorar el bienestar animal”, señaló. Para el investigador, este tipo de prácticas representan una de las principales oportunidades de aprendizaje e intercambio entre los establecimientos que participan del proyecto.
El comportamiento, la principal oportunidad de mejora
Los primeros relevamientos realizados en las granjas muestran resultados favorables en varios de los dominios evaluados.
Según Lattanzi, los aspectos vinculados con la nutrición, la sanidad y el ambiente presentan, en general, buenos niveles de desempeño.

“Son áreas sobre las que los productores suelen poner mucha atención porque tienen un impacto directo en los resultados productivos. En esos dominios observamos que los recursos y las condiciones que reciben los animales son, en la mayoría de los casos, adecuados”, explicó.
Las mayores oportunidades de mejora aparecen en el dominio del comportamiento animal.
“Detectamos una brecha más importante en este aspecto. El cerdo debería manifestar una determinada actividad dentro del corral, pero cuando no cuenta con estímulos suficientes tiende a permanecer inactivo durante largos períodos, lo que con el tiempo se puede traducir en comportamientos anormales, especialmente en reproductores”, señaló.
Uno de los desafíos es incorporar esta dimensión dentro de los criterios habituales de evaluación de las granjas. “Muchas veces estos indicadores no son observados porque no formaron parte de las variables que se monitorean. El primer paso es empezar a mirarlos y, a partir de ahí, identificar qué cambios pueden implementarse para que los animales expresen los comportamientos propios de la especie”, concluyó.

