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Pedro Romero Victorica: La conectividad ha democratizado el conocimiento

Con marketing en su ADN. Proveniente de una familia ligada desde siempre a la comunicación, Pedro describe su vida con la experiencia profesional como referencia. Desde el nuevo y bello edificio corporativo, habla de hiperconectividad y, a la vez, de cómo su auto lo devuelve a la naturaleza.

24 de marzo de 2014 a las 12:01 a. m.
Eduardo Aguirre
Pedro Romero Victorica: La conectividad ha democratizado el conocimiento
Con marketing en su ADN. Proveniente de una familia ligada desde siempre a la comunicación, Pedro describe su vida con la experiencia profesional como referencia.

Pedro Romero Victorica, portador de un apellido relacionado con la publicidad local desde hace décadas, encabeza hoy un grupo de empresas dedicadas a la comunicación, el marketing y los desarrollos tecnológicos. “En esta era de las comunicaciones tenemos 45 millones de habitantes y 1,2 teléfonos por persona, de los cuales el 60 por ciento tiene conectividad; por eso, creo que la gran revolución es lo mobile”, afirma.

–En tu caso ¿cómo manejás la hiperconectividad?

–Hoy, somos individuos hiperconectados: soy empresario, padre, y algunas noches también salgo con amigos. No hay tiempo para tener acceso a todo: una semana de información del New York Times hoy equivale a lo que asimilaba un individuo en toda su vida en el siglo XVIII. Por eso, uso ciertos sistemas para ahorrar tiempo y poner límites.

–¿Y con tus hijos?

–Me fijo en qué tipo de información les llega, no tanto con la más grande de 19 años, sino más con el varón de 15 y la nena de 11. Como no se puede limitar el acceso a la información, hay que definir bases y criterios; en realidad, es lo mismo que aplicamos en el mundo real. Hay que hacerlo sin miedo: la conectividad es algo bárbaro, abre miles de oportunidades y ha democratizado el acceso al conocimiento.

–Pasemos a otro plano: ¿cómo era tu casa paterna?

–Tuve la suerte de vivir en Villa Allende, que es muy particular. Hay casas grandes con pileta, jardín, quincho. Mi lugar en la casa pasaba por el verde: me gustaba jugar al fútbol o tirar con arco. Cuando era chico, agarraba la “bici” y viajaba un kilómetro a pescar una mojarrita. Hoy, en cambio, a mi hijo no lo dejamos salir a la puerta.

–Es llamativo este edificio corporativo. ¿Cómo surgió?

–Antes, estábamos frente a la plaza San Martín. Decidimos mudarnos, y tener un edificio acorde a las necesidades actuales: un multiespacio para distintas áreas, con muchas salas para brainstorming y ocio creativo. Entonces, hicimos esos espacios, un patiecito y un quincho. La idea era que todos puedan interactuar y horizontalizar los niveles jerárquicos lo más posible: en este nuevo orden -que junta el conocimiento digital con el gráfico y el de los medios- el total nos tiene que dar más que la suma de las partes, y el edificio debe facilitar eso.

–¿Quién lo plasmó?

–El proyecto estuvo a cargo de Duilio Di Bella (en ese momento, socio y director creativo; actual gran amigo), junto al arquitecto (José) Bearzotti. Aquí había un supermercado Wimpi, que tenía planta baja y un entrepiso: hicimos dos entrepisos más, con puentes que los unen.

–Tiene mixtura de materiales: hierro, madera, ladrillo y cemento a la vista...

–Así es. Por fuera, es bastante cerrado: sólo dos ventanas, porque la mayor parte de la luz viene desde el techo. Afuera falta terminar algo así como un pequeño pub inglés para relajarse. Acá, la gente trabaja cómoda, y además está el parque (de las Naciones) al frente.

–Hablemos de autos: ¿te interesa la mecánica?

–Sí, del viejo formato; estos de ahora me impresionan, abrís el motor y no ves nada. Tengo cariño por los coches. Mi primer auto fue un Citroën 2CV modelo ´65 como yo: lo compré a los 20 años. Era una aventura no saber si llegabas, y un gran placer cada bajada: hacía falta talento para usar ese auto, saber de mecánica, tener los dedos con olor a nafta.

–¿Cómo sos con el auto?

–¡Has tocado la peor parte! (risas). En los últimos tres años, destruí dos autos (y casi un tercero) muy buenos: un Subaru Impreza, casi de carrera (obviamente, no lo sabía manejar, y lo choqué dos veces); después, un Audi A5, que realmente no me gustaba (me lo chocaron de atrás). Ahora, tengo un BMW X6, con el cual me llevo bien, y un Jeep, el único con el que puedo entrar al campo que tengo en las Altas Cumbres: sólo se puede llegar con un coche 4 x 4. Ese pequeño campito en las sierras me permite ir reinventando esos espacios que tenía en Villa Allende de chico, y que me gustaron toda la vida.

Pedro por Pedro

Con 48 años, conoce el rubro desde los dos lados del mostrador: “Arranqué en Romero Victorica y luego pasé por Metrovías. Al volver la agencia, la reconvertimos en un grupo de comunicaciones, hoy enfocado en tecnología y desarrollo digital”, dice.

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