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¿Qué cambió en nuestros modos de vivir, de relacionarnos, para que la agresividad aflore en cualquier ámbito y ante la menor chispa?

12 de noviembre de 2015 a las 12:01 a. m.
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"N adie ignora que en Córdoba las violencias se han generalizado de manera espeluznante". De esta manera comienza uno de los párrafos más significativos del manifiesto divulgado ayer por un grupo de curas y organizaciones sociales que hace tiempo mantienen reuniones para poner en debate las detenciones arbitrarias en la provincia de Córdoba. "Todos sabemos que aquí, como en el resto del país, la violencia es moneda corriente", continúa el escrito. ¿Por qué nos hemos resignados a esta costumbre? ¿Qué cambió en nuestros modos de vivir, de relacionarnos, para que la agresividad aflore en cualquier ámbito y ante la menor chispa? ¿Qué genera que como sociedad no logremos detener a tiempo estos impulsos? ¿Qué malos ejemplos nutren tanta carga negativa? "Pero insistimos: no es con más violencia como vamos a detener la violencia. No". El valor de la palabra. La búsqueda del diálogo. El debate enriquecedor y no la polémica inútil. Son algunas de las enseñanzas de este manifiesto que desprende, al mismo tiempo, un grito de auxilio. Algo está sucediendo en los barrios profundos de Córdoba. Algo grave pasa. Y es necesario que se conozca urgente. "Más de 15 años de aplicación sistemática de las mismas prácticas no han hecho más que profundizar la problemática: crearon una sociedad en la que para muchos la vida y la dignidad humana se ven vulneradas". El valor máximo aparece cercado por el riesgo. En esta construcción violenta, los sistemas se superponen. "Hay igual cantidad de delitos, pero ahora son más virulentos", es la respuesta oficial ante la consulta, a nivel judicial o policial. ¿Qué los hizo más letales? La proliferación de las armas de fuego clandestinas, que excede el último escándalo en Jefatura, es una de las razones. También, la falta de un plan serio de seguridad, elaborado a conciencia y sostenido en el tiempo. Que es muy distinto a una política de ir tapando baches y vergüenzas. Y, mucho más, la incapacidad para articular estas ideas con un diálogo profundo junto a las otras áreas clave para prevenir la violencia: educación, cultura y trabajo. El manifiesto pone el dedo en una de las deudas internas de Córdoba: el rol cada vez más abarcativo, en el peor de los sentidos, de la Policía en los barrios. Lo que significa, al mismo tiempo, mostrar la ausencia de una reforma para pensar la seguridad que todavía no llega.