Cuando el problema es la falta de apetito
Saciedad precoz. Se presenta con más frecuencia en niños, enfermos y adultos mayores. Enojarse con ellos no ayuda.
En un escenario mundial donde la obesidad ya ha sido catalogada de epidemia, hay personas que no tienen o han perdido el apetito y viven con tensión el momento de la comida, cuando su entorno familiar debe ejercer presión para que se alimenten. Entonces, una práctica que conecta con la vida puede convertirse en un hecho traumático.
Esta situación suele presentarse en tres grupos: niños pequeños, adultos mayores y enfermos. Hay recomendaciones para abordar cada caso, pero existe una recomendación general y es que las amenazas, los retos y la coerción no sirven para asociar la nutrición con una buena calidad de vida.
En el caso de los niños, una buena alimentación también es un proceso de aprendizaje que a veces coincide con las etapas de su crecimiento. Y enojarse por lo que desde la visión del adulto es un berrinche o un capricho, no es la solución. “Lo primero que debemos hacer si un niño no quiere comer es descartar patología. El pediatra nos dirá si está sano y si las gráficas de peso y talla son adecuados”, advierte Liliana Arrigoni, miembro de la junta directiva del Colegio de Psicólogos. Arrigoni también aclara que un niño de dos años está interesado en lograr independencia y tiene la necesidad de explorar su medio. “Es un ser inquieto, que conoce poco de sus límites, tiene su atención centrada en el juego y en nuevas experiencias, por lo que no tiene mucho interés en sentarse a comer disciplinadamente”, describe. Además, ilustra, suelen no aceptar ayuda, quieren comer solos, lo que lleva a que tiren comida, se ensucien y no coma bien.
Esa situación, que han afrontado buena parte de las madres a lo largo de la historia, exige paciencia. “No hay que obligarlo, sino ser flexibles y respetar sus tiempos”, señala Arrigoni. De todas formas, indica que la responsabilidad de padres o cuidadores es crear el hábito de que el momento de la comida sea en familia, en un mismo lugar físico y en un clima agradable, donde no se realicen otras tareas que distraigan.
También es preciso respetar las diferencias. “Debemos saber que hay chicos que comen menos que otros, o que el mismo niño puede tener momentos de inapetencia”, afirma. Es por eso que –indica– sumarle nervios y retos suelen empeorar las cosas. “No se los debe forzar. Ellos saben que pueden conseguir cosas negándose a comer”, destaca y añade que, en cambio, se lo puede elogiar si comen bien. “Es preferible servirle poca cantidad y que repitan, hay que incluir sabores nuevos de a poco y no contar delante de ellos que no comen”, manifiesta. Finalmente, recomienda no prometer recompensas o castigos y tolerar esa etapa con una conducta firme, pero cariñosa.
Hay otra etapa de la vida donde la falta de apetito tiene más implicancias éticas y de salud. “En los adultos mayores, sobre todo en los más ancianos, la causa de la falta de apetito es multifactorial”, indica Ricardo Pieckenstainer, director Médico del Hospital Privado. Por citar algunas, entre las causas pueden estar: problemas de dentición, trastornos de deglución, trastornos intestinales o insuficiencia renal. Por otro lado, también puede ser un efecto secundario del consumo de medicamentos o la consecuencia de cuestiones sociales, por ejemplo, que la persona viva sol y nadie se ocupe de su alimentación. Hay enfermedades psiquiátricas, como la depresión o la demencia, que al hacer perder la noción del tiempo también produce que se olviden las comidas.
Pieckenstainer recuerda que, a medida que se envejece, los sentidos se alteran. “No se conoce si es un mecanismo asociado con la edad o con el contacto con múltiples tóxicos”, manifiesta. Cuando la pérdida es grave, por ejemplo en el caso de la ceguera, los ancianos pueden no animarse a ingerir un alimento, al no saber qué es.
Como en el caso de los niños, mantener la paciencia es clave. “Obligar a una persona a comer es complejo; enojarse con ellos, también, al igual que tratar de convencerlos. En la medida de la posible hay que elegir con ellos una dieta que el paciente esté dispuesto a consumir”, afirma. En la explicación deben participar tanto el familiar o cuidador, como el médico que lo atiende.
En niños y adultos de toda edad, hay enfermedades que predisponen especialmente a la pérdida de peso, como es el caso del cáncer, en donde hay una pérdida de peso involuntaria aun antes del diagnóstico de la enfermedad o cuando se está realizando, informa César Casávola, vicepresidente de la Sociedad Argentina de Nutrición y jefe del Servicio de Nutrición del Hospital Alemán, de Buenos Aires.
“Primero hay que pensar en la posibilidad de la desnutrición asociada al cáncer, segundo, en herramientas de diagnóstico de bajo costo; por último, realizar en el paciente una tarea de educación alimentaria dirigida a priorizar ingestas, seleccionar alimentos y evaluar la posibilidad de suplementar por vía oral, en primer lugar”, enumera Casávola. El especialista afirma que se puede apelar a suplementos con densidad calórica aumentada.
Carmen Argüello, jefa del Servicio de Nutrición del Hospital San Roque de Córdoba, manifiesta que, ante la saciedad precoz en enfermos o adultos mayores, una alternativa es una alimentación fraccionada, que eventualmente puede complementarse con fórmulas nutricionales comerciales. “Y seguimiento”, recuerda, porque no se trata de una consulta, sino del acompañamiento de un profesional.
Cuando la inapetencia responde a factores psicológicos, se requiere abordaje interdisciplinario, porque el deseo, en niños y adultos, no se puede forzar.
La mirada de los otros. Los adultos mayores con enfermedades neurológicas suelen tener problemas para sostener los cubiertos y muchas veces no sienten que se les cae la comida o la bebida por la comisura de los labios, por debilidad muscular. Por ello suelen tener vergüenza de comer delante de extraños. En los postrados, hay que controlar que estén bien erguidos, para evitar la broncoaspiración.
El alimento como conexión. El alimento nos conecta con la vida, recuerda Carmen Argüello, jefa del Servicio de Nutrición del Hospital San Roque, es por ello que en muchos pacientes que se retraen por depresión o como consecuencia de una enfermedad neurológica, en la que se ve afectado el aspecto cognitivo, una de las expresiones es la inapetencia.
Pero también puede suceder que, como consecuencia de enfermedades o de prevención de factores de riesgo, tengan un cambio compulsivo de dieta y deban dejar de comer lo que comían de un día para el otro. En estos casos, se recomienda que sea el especialista el que les explique las causas de esa modificación y no dejar el tema exclusivamente en manos de los familiares.
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