Acciones para una sociedad más inclusiva
Diseño universal para la integración. Buscan derribar las barreras físicas, psicológicas y culturales que impiden crear un entorno más amigable para personas discapacitadas.
En Argentina viven 5,1 millones de personas con discapacidad, lo que repercute en un total de 15,3 millones de habitantes, al incluir a su entorno familiar directo. El 20,6 por ciento de los hogares argentinos alberga al menos a una persona en esa situación. En Córdoba, mensualmente se entregan 2.240 turnos mensuales para evaluar la entrega de certificados de discapacidad.
A nivel mundial, se estima que el 15 por ciento de la población convive con algún tipo de limitación funcional según se desprende del Informe Mundial sobre Discapacidad, publicado en 2011 por la Organización Mundial de la Salud (OMS). En América Latina esta situación involucra a 85 millones de individuos.
Pese a que estos indicadores son contundentes y a que esta tendencia se profundizará por la extensión de la expectativa de vida, no han terminado de caer las barreras físicas, psicológicas y culturales que impiden una mayor inclusión.
Las barreras físicas que hay que derribar son las arquitectónicas, urbanísticas y de movilidad. Las psicológicas y culturales están asociadas a la insensibilidad y al temor. Por indiferencia o por miedo, hacer adaptables los distintos ambientes donde se movilizan las personas no es una prioridad.
Un abordaje que plantea neutralizar o eliminar estas barreras es el denominado “diseño universal”, un enfoque planteado a fines de la década de 1980 por el arquitecto norteamericano Ron L. Mace, cuya filosofía es hacer que productos, entornos y servicios sean utilizables por la mayor cantidad posible de personas.
“Hablamos de accesibilidad cuando un objeto o un espacio puede ser utilizable por todas las personas. Es una condición, es la cualidad que debe tener un espacio, para que pueda ser usado siempre con autonomía, equidad, seguridad y confort”, explica la arquitecta Cecilia Bitar, de Abitar Arquitectura, especialista en soluciones de accesibilidad.
Todas las personas, en algún momento de la vida, están en situación de movilidad o comunicación reducida, aún sin limitaciones físicas, explica la arquitecta. En la infancia, por caso, todo está a una altura inaccesible, inclusive recursos que deberían estar a disposición de los niños que ya tienen capacidad de autonomía suficiente, como la botonera del ascensor. En los aeropuertos o el supermercado, cargar bultos dificulta el uso de las manos y en países donde se habla otro idioma aumenta la dependencia de la iconografía. “Siempre se piensa que la accesibilidad está relacionada con la rampa y no nombré ninguna rampa”, destaca Bitar.
Sin embargo, cuando se construye una vivienda, son pocos los que lo hacen pensando en que algún habitante del hogar pueda requerir ciertas condiciones especiales.
“En general, la gente hace su casa pensando que va a vivir una etapa grande de su vida, pero nunca se piensa en accesibilidad. Y cuando uno, como arquitecto, quiere darle lugar a la temática, se enfrenta con una barrera cultural grande; por ejemplo, el temor a la silla de ruedas y a la enfermedad”, añade Bitar. Y completa: “Hay que pensar en esas cosas y aceptarlas. Cambiar el ‘soy viejo, ya no sirvo’ por ‘como hay cosas que me pueden costar pero soy muy activo, me tengo que cuidar’”.
Buscar soluciones
En ese marco, en ámbitos oficiales y académicos se busca abordar esta problemática. Por caso, el 19 de noviembre, la cátedra Diseño Industrial 3 B, de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño de la UNC, realizó la exposición de su trabajo anual con prototipos de medios de movilidad urbano, inclusivos y de bajo impacto ambiental.
“La discapacidad fue y es pensada de diferentes maneras a lo largo de la historia. En este sentido, tomamos el modelo que entiende a la discapacidad como un fenómeno social en tanto señala que las limitaciones que padecen las personas con discapacidad provienen de la sociedad, la cual falla en prestar servicios y productos adecuados y en asegurar que se cumplan los derechos de todas las personas por igual”, explica el diseñador Industrial Fernando Rosellini, profesor Titulara de la cátedra.
Para Rosellini, “es fundamental instalar en las carreras de Diseño esta problemática para enfocarlas en temas urgentes aún no resueltos”. “Creemos en un diseño que busque soluciones para el mayor número de personas posible en especial para los grupos que más lo necesiten, sin la necesidad de adaptarlos, instalando la concepción de que los productos logren inclusión”, concluyó.
Especialidad
La Dirección de Inclusión Sanitaria del Ministerio de Salud de la Provincia tiene un modelo denominado “Rehabilitación basado en la comunicad (RBC)”, por el cual se busca a líderes naturales (como maestros, profesores o intendentes), que vinculen a personas en situación de discapacidad con los nueve centros de la red de rehabilitación provincial –siete en el interior y dos en capital– y que este mes serán diez, tras la inauguración de una nueva unidad en el Hospital de Niños. Cada uno atiende a entre 300 y 400 pacientes por mes.
“No hay conciencia de la discapacidad hasta que te pasa, cuando tenés un caso cerca te das cuenta de las falencias que hay. hay que trabajar muy fuertemente en la sociedad”, afirma María Teresa Puga, titular de la Dirección de Inclusión Sanitaria.
Oficinas para todos
Una estrategia de inclusión de la diversidad en los espacios de trabajo contempla también la planificación, diseño y elección del mobiliario que permita la incorporación de empleados con discapacidad.
En la oficina las personas pasan gran parte de su vida y lo que puede profundizar o, por el contrario, neutralizar las diferencias es la creación de un entorno amigable. “Las empresas deberían acercarse hacia la tendencia del diseño universal al planificar el entorno laboral, no sólo para cumplir con las reglamentaciones vigentes en materia de accesibilidad a los edificios y porque es moralmente correcto, sino porque al diseñar pensando en las personas con diferentes capacidades se benefician todos”, explican desde Contract, una empresa regional que se dedica a la conceptualización, diseño y construcción de espacios de trabajo.
“El desafío no es proyectar y construir lugares ‘especiales’, que a fin de cuentas también son una forma de discriminación, sino integrar a todos los usuarios, independientemente de su condición física. En pocas palabras, es diseñar para todos”, agregan desde la firma.
Recomendaciones para la “adaptabilidad”
Aunque la vivienda no tenga plenas condiciones de accesibilidad, sí de todas formas se puede pensar en su adaptabilidad, un concepto cercano.
Un punto clave, que después es muy caro modificar, es el ancho de los espacios. Es ideal que áreas de ingreso a lugares clave, como la vivienda o la sala de estar, tenga un ancho de 90 centímetros. El resto puede tener 80 centímetros. Por normativa, un baño adaptado para discapacitados tiene que tener una abertura de 90 centímetros.
Es preferible que la vivienda no tenga niveles internos. Un simple escalón genera un desnivel que tiene como principal afectado a un niño con andador.
Cuando la casa está dividida en planta baja y primer piso, es bueno prever la posibilidad de colocar en un futuro un elevador. En cualquier caso, siempre dejar en la planta baja un ambiente que se pueda convertir en dormitorio.
El baño de la planta baja debe ser completo. Un baño adaptado debe permitir el giro de una silla de ruedas, pero muchas veces esa condición depende de cómo ubique el equipamiento y, por ejemplo, con sólo sacar el bidé se logra el giro. También se puede eliminar la bañera y dejar el cubículo de la ducha, con la posibilidad de colocar un asiento y grifería baja o ducha de mano.
La iluminación de la casa debería ser igual en todos los espacios para evitar los claroscuros, porque la diferencia de iluminación puede marear. También en el caso de adultos mayores, es mejor eliminar las alfombritas o pegarlas al piso.

