Ya ladra como un “default”
Kicillof blanqueó ayer en el Congreso que no pagará por el Bony el vencimiento de septiembre. El canje que se propone no será voluntario, entonces.
Se ve que todavía quedan varias dudas. Este diario les preguntó en estos días a cinco expresidentes y exdirectores del Banco Central y exsecretarios de Finanzas de la Nación si la decisión del Banco Central de quitar el permiso para operar a la representación local del Bank of New York no equivalía a un default abierto. "¿Es lo mismo cerrarle la representación local al Bony que quitarlo como agente fiduciario de los pagos a los bonistas?", se les preguntó. Si se lo elimina, como propone la ley que quiere Cristina Fernández, el cobro local deja de ser voluntario. El bonista que quiera cobrar en el Bony no sólo no podrá porque el juez Thomas Griesa se lo impida, sino porque no estará la plata. Si el canje no es voluntario, lo que queda es una situación que babea y mueve la cola como un default . Los especialistas no quisieron responder, tal vez por no tenerlo claro; tal vez por temor a que las patrullas K encabezadas por Jorge Capitanich que salen a cazar gente "financiada por los buitres" los metiera en la bolsa de los traidores a la patria. Sólo uno lo hizo. Guillermo Nielsen, ex mano derecha de Roberto Lavagna y armador del canje 2005, dijo: "Es casi lo mismo, ¿cómo va a viajar un pago al exterior y que no lo embarguen?", sostuvo Nielsen, sin precisiones.Ayer, el ministro de Economía, Axel Kicillof, en el Congreso y con taquígrafo, defendió la ley de pago local diciendo: "Traemos esta ley porque tenemos un vencimiento en septiembre, pero en septiembre no podemos depositar en el banco de Nueva York". Se refería a los 200 millones de dólares que en septiembre tienen que cobrar los tenedores de títulos reestructurados.O sea que Argentina no va a hacer ese depósito en el Bony. Y el pago local dejará de ser sólo una opción para los acreedores. Desde ayer, lo que babeaba y movía la cola como un default empezó a ladrar como una cesación de pagos.No es un buen pronóstico. La extensión en el tiempo de una situación que parece enchastrarse cada vez más en lugar de enderezarse puede terminar con la Argentina en un default abierto por el total de su deuda. Con un Gobierno políticamente anémico al que le faltan 16 meses de gestión. Ni plan ni poder Pero lo más grave es que el Gobierno no tiene una respuesta –y a esta altura, probablemente tampoco el poder– para abordar la crisis económica interna, derivada de factores estrictamente propios. Está claro que Cristina Fernández y Axel Kicillof arrugaron para hacer la parte antipática que ellos mismos dijeron que harían tras la devaluación de enero: parar la sangría fiscal. De aquella expectativa de los sectores económicos en un Gobierno más racional, ahora se pasó a una sociedad cuya única expectativa es si el Banco Central seguirá acelerando sus devaluaciones graduales del dólar o si antes de fin de año habrá un salto parecido o peor al de enero.En este lapso, la economía se resintió con los despidos y la recesión que todo el mundo sabía que vendría.La oposición tampoco tiene respuesta. Si la tiene, no la dice públicamente.Así, en el frente sólo se ve un ciclo de inflación, devaluación y recesión, coronado por la imagen de un país considerado un paria financiero y un forajido de poderes judiciales a los que se sometió.Cristina Fernández tiró por la borda la devaluación de enero y la credibilidad de su entonces flamante ministro.En su último informe, el economista Jorge Ingaramo marca que, cuando el Gobierno se apartó del programa que se supone que iba a aplicar tras la devaluación, se descontroló el gasto público y volvió la emisión del Banco Central para alimentar el Tesoro, que se había moderado."El Banco Central emitió para el Estado, en los últimos tres meses, por mes, lo mismo que había emitido en el total de los seis meses anteriores", señaló Ingaramo. "El descalabro fiscal y el financiamiento monetario del déficit difícilmente cesen bajo esta conducción del Ministerio de Economía", sostuvo, expresando algo que los actores económicos comparten ampliamente.Nadie cree que haya forma de salir del tobogán. Hay una especie de confianza última, más mágica que realista, en que un nuevo gobierno en 2015 podrá iniciar un nuevo megacanje, luego de una paliza devaluatoria que nadie sabe bien cómo se irá desplegando.

