Virtud y paradoja
El ejercicio ininterrumpido de la democracia desde 1983 puso en evidencia que el electorado argentino logró madurar, hasta el punto de mostrar a sus dirigentes políticos que ninguno de ellos tiene garantizado el éxito eterno.
El ejercicio ininterrumpido de la democracia desde 1983 puso en evidencia que el electorado argentino logró madurar, hasta el punto de mostrar a sus dirigentes políticos que ninguno de ellos tiene garantizado el éxito eterno. Los cambios del humor social son implacables, hasta con los modelos políticos que alguna vez gozaron de una enorme capacidad de seducción y se pensaron como la encarnación misma de la Patria.
Así como a fines de la década de 1990 los votantes desecharon el modelo neoliberal menemista, que parecía inoxidable, hoy parecen haber iniciado el mismo camino respecto del modelo “nacional y popular” kirchnerista. Pero ese sano hábito de los argentinos de no mantenerse atados a liderazgos autocráticos (sobre todo si estos comienzan a tener las acciones en baja) posee una paradoja fundamental, tan autóctona como el dulce de leche: Carlos Menem y los Kirchner surgieron de la misma matriz peronista, de la que jamás abjuraron, aunque la sociedad nunca detuvo su proceso de peronización, más allá de haber dado la espalda a los intérpretes de turno.
Aunque la degradación del kirchnerismo parece irreversible y amenaza con terminar tan desprestigiado como el menemismo en su momento, hoy es difícil imaginarse un país alejado del peronismo, fenómeno político que, pese a los desencantos de las últimas décadas, jamás dejó de ofrecer las opciones más convincentes al electorado.
Cualquier fuerza no peronista deberá redoblar sus esfuerzos para lucir cohesionada y captar la atención mayoritaria del electorado. La política es el arte de lo posible y no hay que descartar un viraje sorprendente de la opinión pública. Pero si la oposición logra la hazaña de desbancar al peronismo en 2015, en cualquiera de sus versiones o “ismos”, luego seguirá un desafío mucho mayor: gobernar un país cuya afinidad con el peronismo es una tendencia natural, lo que agita el fantasma del fracaso sobre cualquiera que logre romper transitoriamente ese hechizo.
El de Córdoba, mientras tanto, es un caso para destacar: el peronismo en su versión tradicional (Unión por Córdoba) y la centenaria UCR hoy representan, en sumatoria, menos de la mitad del electorado. Esto les acarreó la obligación de compartir la torta con dos fuerzas que asoman como las nuevas amenazas al tan cordobés bipartidismo.
Aunque los reacomodamientos futuros pueden acotar la supervivencia de este interesante escenario multipartidista, que también puede verse condicionado por el carácter efímero de los encantamientos del electorado local (la hecatombe del juecismo es un claro ejemplo), no cabe duda de que la sociedad cordobesa está buscando espacios alternativos adonde abrevar.
*Investigador de la UNC.

