Suéltalos, pasado
Los gobernadores se dieron cuenta de su dependencia después de alentar una gestión que los hizo dependientes. Roberto Battaglino.
El ucronismo es un juego prohibido para los historiadores. Aventurar qué habría pasado si determinados hechos hubieran ocurrido de una manera diferente de la que ocurrieron es un ejercicio que los académicos de la historia vedan expresamente.
Pero uno puede tentarse y preguntarse qué habría ocurrido si allá por 2004 los gobernadores, o una amplia mayoría de ellos, en lugar de considerar que Néstor Kirchner era un presidente que se iba a ir debilitando, hubieran vaticinado que cada vez iba a concentrar más poder. Aquella lectura derivó en que no hubiese discusión sobre la nueva ley de coparticipación, porque los mandatarios provinciales entendían que el santacruceño iba a necesitar del apoyo de los gobernadores para sostenerse y con ese escenario le sacarían condiciones más ventajosas.
El santacruceño diseñó una política impositiva que concentró recursos en la Nación y repartió fondos a las provincias a condición de seguimiento incondicional. Como había expansión de la economía, todos hacían cola para ver quién era más kirchnerista, sin reparar en que cada vez se volvían más dependientes.
Tibias voces se levantaban para alertar que había un reparto desigual de los recursos federales, como el caso del entonces gobernador cordobés José Manuel de la Sota, que mientras decía que Córdoba debía tener con la soja un sistema similar al de las regalías petroleras, dejaba clara su absoluta pertenencia al entonces exitoso proyecto K.
Dirigentes como Juan Schiaretti celebraban cuando lograban una foto con cualquier integrante de la pareja patagónica, con más que tenues cuestionamientos a la inequitativa concentración de recursos en las arcas nacionales. La ola era K y había que subirse.
Cómo habrán dejado de dependientes a sus provincias que aún hoy los gobernadores participan de estas maniobras dilatorias de Kirchner, como la de amagar con una ley de coparticipación cuando, en realidad, lo único que quiere es voltear el reparto total de lo recaudado por la ley del cheque.
Muchos gobernadores, que hoy se quejan amargamente de que sus provincias son discriminadas, fueron en la boleta e hicieron campaña para Néstor y Cristina Kirchner. Igual que otros dirigentes a lo largo y ancho del país, como por caso el cordobés Luis Juez, quien también ha desafiado a una ucronía.
Si Juez en 2005 se anotició de un pedido de coima, como el que ahora denuncia sobre una empresa cordobesa que comercializa con Venezuela, ¿le hubiese aportado al país algo más de transparencia que la que le aportó siguiendo dos años más como un ferviente kirchnerista?
¿Un hecho de corrupción se produce cuando se concreta la transacción ilegal o cuando la noticia sale en los diarios? Ahora, todos conocen con lujo de detalles cómo era el esquema de corrupción kirchnerista.
A De la Sota, Juez y Schiaretti, al igual que a muchos dirigentes nacionales como el reconvertido radical Julio Cobos, los une un hilo conductor: cuando el proyecto comenzó a tambalear, empezaron a contarnos sobre todos los males de un proyecto político al que adherían casi sin condicionamientos.
Ellos bien podrían pedir, como los integrantes de Les Luthiers, "suéltame, pasado".

