Sin billetes: otra cara de la inflación
Quienes repasan con obsesión los informes monetarios del Banco Central de la República Argentina aseguran que esta situación se veía venir. Daniel Alonso.
Quienes repasan con obsesión los informes monetarios del Banco Central de la República Argentina aseguran que esta situación se veía venir. Y es que la escasez de billetes es una cara más de la inflación. La suba de precios consume dinero para generar el calor del mayor nivel de actividad y de consumo. Pero la temperatura fue tal que el Central debió acudir a Brasil para imprimir papel moneda, luego de verificar presuntos sobrecostos en una nueva línea de producción de la "maquinita" autóctona.¿Imprevisión? Bastante. Pero también la terquedad de la Nación para evitar un reconocimiento público del crecimiento inflacionario. De lo contrario, hubiera aceptado las tempranas sugerencias de crear un nuevo billete de 200 pesos. Se comenta que al ex presidente Néstor Kirchner se lo intentó convencer, con el argumento de hacer coincidir esa emisión con los festejos del Bicentenario. Pero ni con ese maquillaje se logró quebrar su coraza.Como sea, la orden de trabajo viajó a Brasil y desde allí llegaron las remesas, en dosis homeopáticas. En el medio, se deslizó que los aviones de la Fuerza Aérea para traslados estaban afectados al Dakar. Circulando. Hasta noviembre, la circulación monetaria había crecido 34 por ciento interanual. Y se supone que en diciembre subió, por lo menos, lo mismo. Si se considera el porcentaje del dinero total –llamado M2, es decir, medios de pagos totales, lo que incluye circulante y depósitos a la vista– sobre el producto interno bruto (PIB), se advierte que la base monetaria se ha contraído.En 2003, ese indicador estaba en 14 por ciento y fue mejorando hasta un 18 por ciento en 2007. Pero desde ese año se puede observar una curva descendente, que coincide con el ingreso del país a una inflación real de dos dígitos.A noviembre pasado, el promedio de los últimos 12 meses ubicó esa relación en 15 por ciento; es decir, casi al mismo nivel posterior a la devaluación. Y todavía resta contar la economía informal, a la que se le adjudican varios porotos en la búsqueda frenética de billetes.

