Sin argumentos para decir que no
Córdoba no sólo necesita un subte sino que le corresponde: los U$S 1.560 millones que la Nación promete invertir en siete años son apenas la mitad de lo que el campo cordobés aportará en 2011 en retenciones sojeras. Virginia Guevara.
Hasta hace 30 años, la máxima de que la ciudad de Córdoba nunca podría tener un subterráneo se fundamentaba en la supuesta inutilidad del subsuelo para hacer túneles, pese a que los jesuitas los hacían hace más de tres siglos. Hace 20 años, se aducía un problema de escala para la inversión que supone el transporte bajo tierra. Hace 10 años, Córdoba se olvidó de pensar en grandes proyectos y desde entonces la idea de un subte sólo se usó para los chistes. Hasta ayer, que los concejales dieron una muestra unánime de sentido común y aceptaron que la Nación pueda construirlo. Lo cierto es que en varios casos se trató de un sí a regañadientes, porque es una obra sospechada políticamente antes que evaluada con criterio técnico. Un subterráneo tal vez sea la inversión de infraestructura de mayor poder transformador en un espacio urbano. Lo demuestran centenares de ejemplos en el mundo: no hay sistema de transporte masivo más eficiente y menos conflictivo a nivel de tránsito. Además, es una obra que en casi todos los países ejecuta y subsidia el Estado nacional, como ocurre desde hace un siglo en Buenos Aires. Córdoba no sólo necesita un subte sino que le corresponde. Además, no se trata de ningún modo de un regalo de la Nación sino de una devolución escasa: los 1.560 millones de dólares que costará esta obra a siete años representan apenas la mitad de lo que el campo cordobés aportará en retenciones sojeras en 2011.La aprobación cautelosa de los ediles es un gran paso. Pero debería ser apenas el primero: exigir el cumplimiento de esa promesa nacional tendría ser una responsabilidad cotidiana desde hoy para todo funcionario cordobés. Pensar la ciudad tras el subte, proyectar una transformación cabal del ineficiente y oneroso sistema de colectivos y diseñar un plan de tránsito que libere al área urbana del caos permanente también deberían ser obligaciones ineludibles. Para una ciudad que perdió una década en retroceder, siete años son muy poco tiempo para semejante tarea de planificación.

