Se adivina el parpadeo
Hasta ese día, su narración del proceso político intentaba transacciones entre el peronismo de los ’70 y el consenso democrático del ’83.
Nadie le pidió al Congreso nacional que obligara a los argentinos a participar de una encuesta previa a cada elección general. Pero lo hizo y se ha cumplido de nuevo.
Le reclamaron, en cambio, que diseñara un método más sistémico de selección de candidatos. Se ha logrado, salvo para los que tienen más poder, y allí donde tienen mayor poder. Aunque muchos lo solicitaron, el Parlamento no accedió a la boleta única y mantuvo el procedimiento con fiscales de aparato.
Fue una demanda, también, que las campañas fuesen más cortas y su regulación más estricta, para evitar el constante desequilibrio en favor
de los oficialismos. El resultado fue con exactitud el contrario, ha dicho la Cámara Nacional Electoral.
El 14 de agosto de 2011, la presidenta Cristina Fernández iniciaba en las primarias el camino para conformar una mayoría. Hasta ese día, su narración del proceso político intentaba transacciones entre el peronismo de la década de 1970 y el consenso de la restauración democrática del ’83. De su generación, rescataba la vocación igualitaria y la reivindicación nacional. Objetaba, no obstante, los análisis clasistas y los métodos que habían despreciado al voto para la resolución de conflictos. La noche era entonces la dictadura y, con relieve de susurro, los dos estigmas irresueltos del peronismo: José López Rega y Mario Firmenich.
Cuando el 50 por ciento de los votos en las primarias se amplió en la elección general, Cristina inició un viraje en el relato. De su defensa del sistema de partidos, migró al discurso centrado en la contradicción entre pueblo y anti-pueblo.
Interpretó que su coalición mayoritaria le otorgaba una legitimidad no sólo procedimental, sino sustantiva: la que identificaba a su gobierno con los objetivos del pueblo frente a la oligarquía y de la Nación contra sus enemigos. La noche dejó de ser sólo la dictadura y mutó a todo lo que precediera su propia alborada en el gobierno. Los análisis en términos de clase fueron recuperados siguiendo la nueva nomenclatura: la razón populista.
Convencida de ser, en su hora histórica, significado y significante de la plenitud de la patria, la Presidenta derivó en la reivindicación de los métodos de la intolerancia y descartó cuanto prurito republicano le venía incomodando para un desempeño más suelto en el ejercicio del poder. Y como la Nación no podía permitirse resignar su liderazgo ante minucias como el imperio de la ley o la Constitución Nacional, se propuso obtener una nueva reelección. Todo eso, con la mitad del país.
Esta arriesgada construcción narrativa no parecía estar alojada en todo su caudal electoral, sino más bien en núcleos muy reducidos de su estructura política. Al imponerla, produjo fricciones entre gobernadores e intendentes afines y fracturas en el frente sindical. Por su relevancia institucional, el punto de quiebre operó en la fórmula gubernativa. De la épica guerrera, el vicepresidente Amado Boudou adoptó para sí sólo el capítulo del saqueo. Cuando Cristina laudó a su favor, develó ese rostro descarnado del relato.
La realidad, además, comenzó a cobrarle dividendos a esa narrativa cuya política económica ya era ineficaz cuando fracasó en los años SSRq70. Mientras el proyecto agroexportador no encontraba techo, conseguía para el relato propagandistas, funámbulos y acróbatas de la legua.
Bastó que el gasto se deglutiera la renta de los saldos exportables para que un movimiento sordo comenzara a desobedecer en las calles. Cristina pudo regresar entonces a sus antiguas convicciones democráticas. Al discurso acaso menudo, pero unificador y cooperativo. Le hubiese significado renunciar explícitamente a forzar la Constitución. Decidió jugar al bloqueo de la alternancia. Un desafío sistémico que imaginó lo de ayer como escarceo, una pequeña ola ampollada en la superficie. Resultó una corriente profunda que anticipó, al sueño de perpetuidad, la peor de las desventuras.

