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Prejuicios

A veces, los prejuicios se cuelan en el diseño de una política pública. Adrián Simioni.

22 de abril de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Prejuicios

A veces, los prejuicios se cuelan en el diseño de una política pública. Y mucho más si la política no es resultado de diseño alguno, sino, por ejemplo, de la urgencia por anticiparse a la propuesta similar de un opositor o por apurar un anuncio conveniente.

El Gobierno nacional es bastante dado a estos derrapes, facilitados por su aparente tendencia a parcelar el mundo en zonas blancas y negras; entre pobres y ricos; empleados y empresarios; Estado y sector privado.

El último episodio es la decisión de no aceptar como válidos los certificados de escolaridad emitidos por colegios privados a los efectos de cobrar la asignación universal por hijo. Si se aceptara mirar sin prejuicios el sistema educativo, se vería un caleidoscopio de escuelas y de padres. Desde pueblitos donde la única escuela secundaria es privada –porque el Estado sólo se preocupó por cobrar allí impuestos durante décadas y apenas estableció el nivel primario– hasta barrios marginales en donde un grupo de maestros tan laicos como quijotescos fundan escuelas cooperativas. En el medio está el multicolor tejido de escuelas parroquiales sin las cuales, en muchas ciudades, la mitad de los chicos no tendría banco.

Supongamos dos hogares en los que padres y madres trabajan en negro y obtienen un ingreso similar. El hogar A manda sus chicos a una escuela pública. El B los manda a una escuela privada –no importa de qué tipo– porque la considera mejor. El primero recibiría la asignación sin problemas. El segundo, no.La situación no sólo sería injusta. Antes que eso, sería necio castigar a quienes deciden invertir los 180 pesos en educar a sus hijos en lugar de invertirlos en cualquier otra cosa o simplemente gastarlos en consumo.

Funcionarios que repiten con nostalgia la frase hecha según la cual "en este país en algún momento se le dio valor a la educación como medio de movilidad social ascendente", a la primera de cambio le pegan un punterazo en la mano a los padres que hoy –no en un pasado mítico y dorado– creen que vale la pena resignar un consumo inmediato para solventar la escuela de sus hijos.

Por suerte, la Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses) está por revertir su decisión. Veremos cómo lo hace.

Hay muchos ejemplos, como el de los créditos hipotecarios subsidiados. La tozudez por imponer que fuera sólo para parejas sin vivienda los inutilizó en gran medida. Quienes no tenían propiedad, en general, no estaban en condiciones económicas de tomar el préstamo. Y quienes ya tenían una casa –y necesitaban una más grande o simplemente querían invertir en otro inmueble– estaban excluidos de plano. Al final, se terminó alentando la práctica de poner la casa a nombre de algún familiar para eludir el requisito. Otro aporte al deporte nacional de la triquiñuela.

Se perdieron tres años durante los cuales se desalentó que mucha gente que tenía, digamos, 20 mil dólares inmovilizados en el colchón, dejara de practicar esa mini fuga cotidiana de capitales y los pusiera a jugar el juego del crecimiento. Porque, al final, no sólo es muy importante que cada quien pueda tener su casa; también es importante que haya más y mejores casas, porque así se ayuda a que bajen precios y alquileres. Por suerte –aunque tarde–, el Banco Nación lanzó la semana pasada una línea sin ese requisito.

Diluir los prejuicios a veces toma su tiempo.