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Obama actualizó la discusión ideológica

El presidente estadounidense no abogó por el fin de la historia al estilo imperante en la década de 1990. Pero dio testimonio del agotamiento práctico de las ideologías tradicionales de izquierda y de derecha.

28 de marzo de 2016 a las 12:01 a. m.
Obama actualizó la discusión ideológica

Los disparos fotográficos son incesantes cuando Barack Obama habla sobre los conflictos urgentes del mundo en convulsión. Basta con que algún periodista balbucee palabras como terrorismo o economía global para que en la retaguardia de las conferencias de prensa –allí donde se encaraman trípodes con cámaras de alta tecnología– la secuencia de destellos se transforme de cadencia rutinaria a tiroteo impiadoso. La previsión periodística es comprensible. En el atril, el presidente norteamericano puede decir, por ejemplo: "Mi prioridad es derrotar al Estado Islámico (EI)". Y es posible que horas después, como en efecto ocurrió, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Ashton Carter, informe en el Pentágono que su país eliminó al número dos del EI, Abdel al Qadouli.Ese es el Obama cuyas palabras tienen el espesor de la coyuntura. Pero en otras ocasiones aparece un político de igual densidad histórica, aunque de proyección más estratégica.En la Usina del Arte del gobierno porteño, ante jóvenes emprendedores, el primer presidente negro de Estados Unidos caminó el escenario con esa respiración pedagógica. Habría que incursionar en un contrafáctico y pensar en una evolución imaginaria del proyecto político frustrado de John F. Kennedy para encontrar a un presidente norteamericano como el que disertó en Argentina sobre los tópicos más actuales del debate político mundial. Sucedió aquí y actuó como un revulsivo para una discusión ideológica que en el país estaba anclada en el pasado. Porque el mandatario estadounidense no abogó por el fin de la historia al estilo imperante durante el auge neoliberal de la década de 1990. Pero dio testimonio del agotamiento práctico de las ideologías tradicionales de izquierda y de derecha para dar respuestas eficientes a la historia que se construye hoy. Quemando banderas A quien primero impactó esta definición fue a los grupos que protagonizaron las manifestaciones más duras contra la visita de Obama. No terminaban aún de digerir los efectos del desembarco en la Cuba de los hermanos Castro, que ya estaban frente a una interpelación –en casa– a su ideario sobre la lucha de clases, pensado en el siglo 19 para la economía industrial.Las intervenciones públicas de Obama en Argentina exhibieron una defensa encendida de la sociedad del conocimiento. No podría ser de otra manera. Si en algún rubro la economía norteamericana ejerce liderazgo todavía, es en la innovación tecnológica.¿Cómo aplicaría en este caso la teoría clásica que propone socializar los medios de producción para resolver las contradicciones de clases? ¿Expropiando neuronas en Apple o entregando el algoritmo de Google a la vanguardia del proletariado?La izquierda tradicional en Argentina respondió a esos interrogantes quemando banderas norteamericanas o destruyendo locales de comida rápida. Actividades que, para la discusión ideológica, se asemejan más bien a una renuncia por impotencia. "Nunca es tarde si la dicha es buena", dijo en Cuba para recibir a Obama el cantante Silvio Rodríguez. Comenzó, al parecer, la drástica revisión de la necedad. Todo un anticipo para la izquierda tradicional argentina. Populistas Con menos pruritos con el castrismo, el kirchnerista Horacio González sinceró que Cuba llegó ante Obama "con la lengua afuera". Pero postergó, con una típica dilación porteña ("es todo un tema", dijo), un análisis en profundidad de la visita a la Argentina. Parecen lejanos los tiempos en los que las ideas del nacional-populismo pretendían liderar los movimientos progresistas del mundo. Épocas en las que las teorías de Ernesto Laclau sorprendían en Europa, al influjo de las experiencias latinoamericanas de Hugo Chávez, de Lula da Silva y de Néstor Kirchner.Esas ideas ya fracasaron en Grecia y padecen una crisis identitaria en España. En Alemania, sus primos populistas de derecha crecen al calor de la resistencia xenófoba al ingreso de inmigrantes.En la revista universitaria Anfibia , sitio de culto para los jóvenes K, el análisis más profundo de la visita de Obama naufragó entre adjetivos. Se criticó allí lo que calificaron de "sumisión, embelesamiento, chupamedismo, cipayismo, rastrerismo, obsecuencia y lamebotismo" de las informaciones sobre la visita de Obama. Suele ocurrir que la inflación de adjetivos ponga en evidencia el déficit de argumentos. Oficialistas Tampoco el macrismo pareció en completa sintonía con las ideas de la visita. Preparó la Usina del Arte como si fuese una universidad norteamericana, casi sin señales de identidad nacional. El invitado, en cambio, hizo una enfática defensa de las diversidades. "No todos tenemos que hablar el mismo idioma", les dijo a los jóvenes argentinos que le preguntaban en solvente inglés. Si alguien pensaba que Obama traía un aire restaurador del Consenso de Washington, estuvo equivocado. Habló del libre mercado, pero aclaró que no soluciona todo. Y dijo que nada mata más que la pobreza.Al pronunciar luego la consigna "Nunca más", lejos de confiscar una política, dejó abierto el debate que reencuentra al mejor liberalismo político con las demandas de progreso.Se comprende, entonces, el silencio de Cristina. Este era el par norteamericano con el que siempre quiso interactuar. Cuando no pudo, se enojó. El intenso relato antiimperialista que sobrevino luego fue la narración de ese despecho.Es sabido: Cristina canta el tango como ninguna. Y en cada verso pone su corazón.