Estas páginas reflejaban hace exactamente un año que el gobernante peronismo cordobés nunca se había imaginado tanto.
Estábamos en pleno proceso electoral; Juan Schiaretti no tenía resistencia interna y externa para su reelección; Mauricio Macri exhibía alta consideración en Córdoba y trataba al gobernador como un aliado privilegiado; la oposición local se estaba dividiendo para que el triunfo de Hacemos por Córdoba fuese más resonante aún, y el oficialismo provincial le iba a poner la frutilla a la torta con la recuperación de la intendencia capitalina.
Ocurrió todo. Pero es probable que si se comparan los últimos días de febrero podamos concluir, al igual que el año anterior, que el gobernante peronismo cordobés nunca se había imaginado tanto. Claro que, en vez de tanta acumulación de poder, son tantos problemas.
La gestión en la ciudad de Córdoba no logra arrancar y, de no ser por la más que palpable herencia recibida, la pérdida de legitimidad para Martín Llaryora sería peor. Al silente Llaryora no le está alcanzando con las explicaciones de los suyos, obvias y visibles para cualquier vecino de una ciudad detonada.
El conglomerado de vertientes internas que conviven en el gabinete municipal está mostrando sus primeras señales de fisuras, mientras los salvatajes no están siendo efectivos.
Algún memorioso del PJ recordó por estos días que no fue por casualidad que José Manuel de la Sota nunca haya querido quedarse con la Municipalidad de Córdoba en forma directa, y haya optado por facilitar el acceso de aliados de otro signo político.
Todas alarmas
Las señales de alarma que amenazan con lanzarse desde el Palacio 6 de Julio no son, para nada, las que más preocupan en el Centro Cívico. A la vera del Suquía, se mira con mucha preocupación todo lo que viene de la Nación: frialdad en el trato de gestión, ningún desembolso, indefinición en cuestiones estratégicas y una advertencia concreta para discutir liderazgos internos.
Es tal la preocupación por la incertidumbre nacional que al menos un ministro provincial puso en duda su continuidad en el gabinete por la falta de certeza que avizora en el área a su cargo. Y eso que es uno de los funcionarios schiarettistas con canales de diálogo abiertos con sus pares albertistas y kirchneristas.
Es que desde el Gobierno nacional sigue en marcha el plan para disciplinar al gobernador cordobés.
El armado de Carlos Caserio, con la expresa aprobación del ministro del Interior, Eduardo de Pedro, aparece como mucho más que un amague. Aquel liderazgo local indudable que ostentaba Schiaretti hace un año, hoy está por lo menos en discusión.
Y si faltaban elementos para ese complejo panorama de relaciones con el Gobierno nacional en medio de una crisis que no cede, el conflicto con el campo aflora otra vez como una situación muy difícil para el gobernador.
Si la resistencia de los productores agropecuarios se profundiza, Schiaretti tendrá que decidir de qué lado está, como le pasó en 2008, cuando intentó quedarse en el medio pero De la Sota y sus adversarios internos le hicieron entender que su base de sustentación electoral estaba íntimamente ligada al campo.
Asumir cualquier postura tiene riesgo. Si respalda el reclamo rural, puede sufrir la venganza de la Nación, de cuyas arcas depende en parte Córdoba. Si avala la mayor presión impositiva al agro, corre el riesgo de romper una relación de más de 20 años que viene permitiendo la sucesión de victorias electorales.
También fue dicho hace un año: a veces, tenerlo casi todo es tanto o más peligroso que no tener casi nada.

