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Novedades en el itinerario simbólico del kirchnerismo

El siniestro conjurado Simonini confiesa: “A estas alturas he comprendido que en este mundo jamás se podrá reducir el número de los exaltados. Lo mejor es sacar provecho de su exaltación”. Edgardo Moreno.

27 de mayo de 2013 a las 02:00 p. m.
Novedades en el itinerario simbólico del kirchnerismo

A  fines del siglo pasado, cuando el ciclo del menemismo entraba en el ocaso ahogado por la recesión económica y desbordado por denuncias de corrupción, un referente del pensamiento progresista intentaba desde la revista Unidos despegar al peronismo de esa experiencia en desgracia.

Mientras participaba en la construcción de una coalición opositora, escribía sobre las bondades y defectos del primero, el segundo y el tercer Perón. No hablaba del peronismo –porque la enumeración hubiese abarcado a Carlos ­Menem, que él combatía–, sino del expresidente Perón.

Carlos “Chacho” Álvarez, exvicepresidente de la Nación y entonces ideólogo de un grupo de dirigentes que hoy cuentan la última década desde el día después que concluyeron una gestión y empezaron otra, elogiaba del primer Perón la transformación social que lideró, con la expansión de derechos y las conquistas igualitarias para el sector del trabajo y la producción.

El segundo, en cambio, desafiado por el fin de la Segunda Guerra Mundial y del contexto favorable que erogaba para las exportaciones argentinas, era ya un Perón iracundo y cruel, desesperado y sin más plan que el de agudizar las tensiones sociales para sostener aquellas conquistas sin los pasillos pródigos en divisas del Banco Central.

El Perón de la senectud, aquel que elogiaba “Chacho”, era el del regreso tras el exilio. El que, pese a las pasiones que había desatado por volver, intentaba, con el abrazo a Ricardo Balbín, reconstruir para la Argentina un sistema de partidos al estilo de algunas democracias estables que había observado en Europa.

El oficialismo nacional, que nació prometiendo un país normal con Néstor Kirchner en 2003 y la calidad institucional con Cristina en 2007, sostuvo hasta la reelección de la Presidenta su vocación, al menos retórica, por conseguir ese escenario de convivencia que reivindicaba el tercer Perón. Porque –decían con tono austero– el error mayúsculo de su generación política había sido el de desesperar de la construcción democrática y poner en un reñidero trágico los objetivos igualitarios y la vigencia de las libertades ­civiles.

A estar por las expresiones de la jefa del Estado, desde que la crisis del mundo ha caído como un cielo plomizo sobre nuestras cabezas y el crecimiento de la economía se encogió hasta el zaguán de una recesión, las menciones al tercer Perón han sido resguardadas en el olvido. Como el fugitivo que lo elogió. Por el contrario, el acto partidario con el cual el Gobierno nacional desfiguró el recuerdo de la reciente fiesta patria de los argentinos estuvo orientado –en forma y contenido– a equiparar los 10 años del gobierno kirchnerista con el recuerdo del primer Perón.

Sobre los muros que rodean la Plaza de Mayo, la estética imitaba la grafía monumental de la década de 1940, aunque actualizada con acróbatas voladores y la lisérgica animación de un videojuego.

La Presidenta, en un discurso infeliz, complementó el mensaje con una advertencia temeraria. Alguien, por algún motivo oscuro, pergeña un artero ataque contra la multitud expectante. “Van por ustedes”, dijo desde el atril del gran hermano. Y aunque aclaró que no es eterna (una obviedad, nadie lo es) sembró su anhelo de una década más en el poder. En venezolano se usa decir: “Hasta el dos mil siempre”.

Pocos días antes, a propó­sito de la inflación descontrolada y el desconcierto que inspira en su Gobierno, había informado al país de un cambio significativo sobre el modo de participación de organizaciones sociales y políticas que defienden la gestión de Gobierno.

Cristina notificó a su militancia: de ahora en más, son todos vigilantes. Habrá algunos excluidos en esa tarea. Lázaro Báez, verbigracia. Su aporte público se limitará a exhibir los frutos de la década ganada.

Pero estará Carta Abierta, que abogará por Báez con lo mejor de su narrativa, aquella que impugna y hostiga a quienes se atrevan a investigarlo.

En su última novela, Umberto Eco escarbó sin piedades en la recurrente propensión por la intolerancia. Su personaje, el siniestro conjurado Simonini, confiesa: “A estas alturas he comprendido que en este mundo jamás se podrá reducir el número de los exaltados. Lo mejor es sacar provecho de su exaltación”.

Un 25 de mayo, Cristina Kirchner, evocando al primer Perón, se instaló en los umbrales del segundo.