Mal pero rápido
Para que el kirchnerismo no termine olvidado debería recordar que su condición original fue la apuesta a la superación de una crisis y no al delirio de su acelerada profundización.
Meses atrás, la aceleración era el nombre técnico de la etapa que vendría en la crisis de la deuda argentina impaga. Ocurriría si los acreedores externos resolvían ejecutar de manera simultánea todos los compromisos que entraron en cesación de pagos.
Pero fue la política la que entró antes que los buitres en esa vorágine.
La Presidenta de la Nación inició un frenesí de acusaciones cuando obtuvo la confirmación de un almuerzo con el Papa y desde entonces no ha sosegado su embestida.
Primero mandó a su hijo a señalar que el liderazgo político kirchnerista sustituirá al de cualquier presidente futuro. Luego le cargó al papa Francisco una secuencia de fotos con la camiseta de La Cámpora y denunció amenazas del terrorismo islámico por ese encuentro con el Pontífice.Acto seguido, en las Naciones Unidas, desconfió de los degüellos de sus amenazadores. Pero los equiparó con el conflicto por la deuda y le reprochó a Barack Obama no proveer solución a ninguno de esos problemas.Regresó al país y lanzó sobre el Congreso una orden terminante: la aprobación a libro cerrado y sin consenso opositor del nuevo Código Civil y Comercial.En tanto, en una de sus piezas discursivas más controvertidas, recorriendo los patios internos de la Casa Rosada ocupados por las agrupaciones políticas más verticalistas, abrió fuego con un grado de amplitud e intemperancia que hacía tiempo no se observaba.Denunció por enésima vez otro difuso intento de golpe de Estado. Acusó esta vez a Estados Unidos por un supuesto atentado en su contra y expuso al presidente de la autoridad monetaria, por ella designado, a imputaciones sugeridas por la fiscalía especial contra el lavado de dinero.Al otro día, lo relevó. La principal reacción no provino de los mercados financieros o bursátiles. Una multitud de pequeños ahorristas corrieron a comprar dólares en las pequeñas dosis que autoriza el cepo cambiario.Mientras el oficialismo negaba una nueva devaluación y aseguraba por lo bajo que en enero accedería a pagar la deuda con los fondos buitre, una enorme cantidad de asalariados apostaba a resguardarse con una moneda de signo distinto a la que administra el flamante presidente del Banco Central.Tan grave fue el desconcierto, que los profundos cambios al Código Civil pasaron a segundo plano, así como el inminente juicio oral y público a la segunda autoridad del país, Amado Boudou. Causas El vértigo presidencial sólo puede obedecer a una percepción del fin de mandato distinta a la que tenía cuando devaluó en enero y confiaba en obtener financiamiento externo y precios altos de la soja para concluir bien. Asesores como Horacio Verbitsky interpretan que la identidad kirchnerista perdurará como oposición en un gobierno futuro –peronista o no, pero más conservador– donde estallará la crisis y florecerá la nostalgia.El enojo de Cristina indicaría acaso otra mirada. La crisis le está afectando a ella y falta mucho tiempo para terminar. La nostalgia sería, en todo caso, en memoria de un oficialismo próspero pero muy lejano.Está terminando el mandato con todos los indicadores en baja, si se toma como parámetro el día en que comenzó su reelección.En sus escritos póstumos, Ernesto Laclau reflexionó sobre aquello que el kirchnerismo aspira a ser y probablemente será: una tradición de esas que nunca mueren de colapso súbito.Pero le convendría a la Casa Rosada imitar la operación laclausiana y encontrar la esclarecedora distinción existente entre sedimentación y reactivación de las ideas."Ideas sedimentadas son aquellas formas cristalizadas que han roto su vínculo con la intuición original de la que ellas proceden, en tanto que la reactivación consiste en hacer visible ese vínculo olvidado, de modo tal que esas formas puedan ser vistas in status nascens ", decía Laclau, citando al filósofo Edmund Husserl.Para que el kirchnerismo no termine olvidado –política y electoralmente– debería recordar que su status nascens , su condición original, fue la apuesta a la superación de una crisis y no al delirio kicillofeano de su acelerada profundización. Inermes Frente a un Gobierno que en su final hace las cosas mal pero rápido, la oposición parece menos responsable que desconcertada. Desde el oficialismo, le llueven iniciativas agresivas y contradictorias. Pero a una velocidad que el archipiélago de adversarios al Gobierno jamás alcanza a procesar con sentido de unidad y oportunidad.Cada vez que el oficialismo les enrostra fragmentación y mora, pierden espacio en la constitución de su propio estado de nacimiento.Los opositores, en sus distintas vertientes, proclaman candidaturas para un país inasible que la ciudadanía no alcanza a entrever, urgida por terremotos cotidianos. Cada jefe de hogar se ve compelido a transformarse en un gerente de finanzas para eludir el deterioro de sus ingresos, atacados por una inflación galopante.Si la oposición pierde relevancia en la tarea de marcar límites en el presente, tendrá dificultades para construir sus legitimidades futuras. ¿Reposa cándida en el gran bonete de una crisis que no ocurre ahora y le estallará a otro, a uno de ellos, después de Cristina?

