Los que no se conocen entre ellos y los que sí se conocen
Hay varias maneras de leer la política y sus dimes y diretes.Roberto Battaglino.
Uno puede analizar que la presidenta Cristina Fernández busca cerrar su liderazgo y seguir concentrando y reteniendo poder el máximo tiempo posible según los plazos constitucionales. Que hay gobernadores de su partido que quieren sucederla y juegan con diferenciaciones leves –al estilo Daniel Scioli– o fuertes –como José Manuel de la Sota–. Que el armado de listas para octubre y el resultado de esa elección es determinante para la suerte de cada actor y para el resto de las piezas que conforman el tablero.
Pero también hay otra manera de mirar las cosas. Y ver, entonces, docentes y otros empleados públicos provinciales que no reciben aumentos, pueblos envueltos en una espiral de violencia con sus fuerzas de seguridad desbordadas, habitantes de vastas zonas del país con rutas destrozadas, sin gas natural, con transporte, agua o energía más cara.
O sea, bien podríamos parafrasear al escritor francés Paul Valéry, quien sostuvo que “la guerra es una masacre de gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen pero no se masacran”.
El habitante de Junín que tiene sus lugares públicos incendiados; el cordobés que paga la tarifa de colectivo más cara del país; el maestro de Trenque Lauquen al que no le aumentan el sueldo; un vecino de Santiago Temple que paga una fortuna por una garrafa de gas, no se conocen entre sí. Y aunque no se masacren, son víctimas de los que sí se conocen, y mucho.
Son dirigentes como Cristina, De la Sota, Scioli, Ramón Mestre y cada uno de los gobernantes, que legítimamente tienen aspiraciones de poder, pero muchas veces las ejecutan de manera ilegítima.
Premios y castigos. El perverso sistema político de beneficiar a gobernantes afines y castigar a los que no lo son está enraizado en la historia argentina, pero en esta última década se ha llevado a un extremo pocas veces visto.
Las imágenes de Junín en llamas, repetidas ayer en otras localidades bonaerenses, con funcionarios nacionales regodeándose en sus declaraciones de que la seguridad la maneja un gobernador que es propio pero no tanto como quisieran, generan estupor. Si a Scioli le incendian la provincia por sacarse un par de fotos con los que el Gobierno nacional consideran adversarios, qué puede pasar con los que ejerzan en serio un papel crítico a la Casa Rosada.
La lógica que le impusieron los K a la política argentina es que con ser aliados no basta. En Córdoba, hemos visto con claridad cómo un intendente que llegó al cargo como un antikirchnerista confeso y se transformó en devoto a ultranza kirchnerista-cristinista como Daniel Giacomino, pese a lo cual no logró casi nada.
Por eso, la puerta que tiene abierta en la Rosada su sucesor, Ramón Mestre, le abre tantas expectativas como interrogantes.
Administrar una ciudad de esta envergadura siendo opositor al Gobierno nacional es una aventura casi imposible, pero ser amigo no garantiza nada y genera el riesgo de perder capital político, como otros dirigentes a los que el abrazo K les resultó letal.
Mientras tanto, las disputas prematuras por la sucesión presidencial arrojan el saldo alarmante de afectar la vida misma de la gente

