Los intelectuales en los años de la sumisión
El grado honorífico será para Laclau por estos desarrollos teóricos. Pero el reconocimiento no carece de resonancias políticas inmediatas. No sólo por la disciplina que ejercita. Edgardo Moreno.
La academia local beatificará esta semana a Ernesto Laclau. Con un expediente canónico indiscutible, le otorgará el doctorado por causa de honor. Según sus discípulos, es un docente de trascendencia global, que desde su cátedra ha promovido una auténtica revolución teórica.
El doctorado que recibirá tiene un antecedente en el invierno de 2009. Guillermo O’Donnell, otro destacado politólogo argentino, señaló entonces tres problemas evidentes cuando se mira a la Argentina. El primero de ellos, el generalizado incumplimiento de las reglas que ordenan la convivencia. El segundo, la notable incapacidad de cooperación. El tercero, la persistencia en interpretar la historia como sucesivas tradiciones y defecciones que producen una visión antagónica, excluyente de muchos.
“Estos antagonismos –dijo O’Donnell– no están simplemente ahí, en piedra. Existen porque son periódicamente removilizados, reavivados, por paranoias, por sesgos ideológicos; a veces también por miopes intereses de corto plazo”. Lo aplaudieron cuando manifestó que para funcionar, razonablemente, una democracia necesita lograr una historia pacificada. Que en todos los países hay historias de tremenda violencia. Que es recordada, pero ya no se la usa para negar el derecho a otros de ser parte legítima de una comunidad política.
En sus escritos, Ernesto Laclau y su compañera Chantal Mouffe expresan todo lo contrario. Para ellos, las sociedades actuales no pueden responder a sus nuevos desafíos porque son incapaces de comprender la naturaleza de lo político. Que está más cerca de un pluralismo de combates que del consenso democrático.
Mas aún: sostienen que para impedir la clausura del espacio democrático, es necesario abandonar cualquier insistencia con la idea de consenso. Casi todas las herramientas conceptuales referidas al discurso, han sido utilizadas por la dupla para esta notable resignificación de la política democrática. Luego de siglos de camino recorrido, sugieren regresar con simpatía a la casa del Leviatán.
El grado honorífico será para Laclau por estos desarrollos teóricos. Pero el reconocimiento no carece de resonancias políticas inmediatas. No sólo por la disciplina que ejercita. También por el alto grado de controversia que sus opiniones despiertan desde que insiste en la conveniencia de demoler el actual sistema institucional argentino.
Hace dos semanas opinó que quienes se oponen a la reforma constitucional en la Argentina no son sino meros comediantes. Siendo un cientista de la política, elogia el régimen chavista porque abona su nueva acepción de lo democrático; y no oculta su disgusto cuando le observan su deriva populista. Qué va, la reinvención del populismo es lo suyo y lo disfruta: lo que pudo haber sido considerado neofascismo, en su mano, es la más primorosa de las novedades de la izquierda.
Experto en el estudio de los sistemas de partidos se aviene sin pruritos a la simplificación de identificar a los medios de comunicación con estructuras formales de oposición, y desoye el contexto de denuncias cada vez más alarmantes sobre presiones y amenazas a la libre expresión.
Sostiene, en nombre de la democracia, la virtud de la perpetuación de gobernantes.
En Córdoba, persistirá el sentido de la oportunidad expresado en el gesto político de homenajearlo. Cuando el país padece un atropello a sus instituciones fundamentales con el claro objetivo de obtener la autosucesión de la Presidenta.
Aunque esta inclinación procíclica de los pensadores en Argentina ya dejó de configurar una sorpresa. Son estos los años de la sumisión, no los de un interrogatorio de la intelectualidad al poder. Las preguntas les están reservadas a los jesuitas de Georgetown. En la pampa, sólo se admite recitar el catecismo.
“Nunca sabemos en qué podemos convertirnos para los otros”, escribió Martin Heidegger al comienzo de su epistolario privado con la señorita Arendt. Fue el 10 de noviembre de 1925, ocho años antes de su discurso oficialista, al asumir el rectorado de la Universidad de Friburgo.

