La mirada de Silvina
“Me mira intensamente. No me dice nada”. Era la mirada que había contado Silvia Ester Acosta, la testigo que vio a Silvina el 14 de junio de 1976, en la Maternidad Provincial, día en el que nació el niño.
La mirada de Silvina Parodi sonreía en blanco y negro sobre la pantalla que estaba a un costado de los jueces. La gente cuyo tiempo se detuvo en pleno estallido de la vida fresca se queda definitivamente joven en la memoria y en los retratos, pero sus ojos, de tanto ver desde el fondo sin tiempo de las fotos, están cargados de pasado. Pero era otra la mirada de Silvina que rondaba en la sala en la tarde del último jueves. Era tan estremecedora, inquietante, insondable, que ni siquiera alcanzaba a ser imaginada a través de los ojos de la foto. Desvelo La había traído otra vez al juicio María Teresa Sánchez, abogada de Abuelas de Plaza de Mayo, en un momento de su alegato por el caso del secuestro y desaparición de Silvina, su esposo Daniel Orozco y de la apropiación del niño de ambos, nacido en cautiverio y razón del desvelo de una búsqueda que aún persiste. Era la mirada que había contado Silvia Ester Acosta, la testigo que vio a Silvina el 14 de junio de 1976, en la Maternidad Provincial, día en el que nació el niño. "Nos dejan en un momento a solas, se endereza y me mira intensamente. No me dice nada", describió en una audiencia de diciembre pasado la mujer que entonces también estaba en el hospital para dar a luz, aunque en otras condiciones.Silvia Ester Acosta había visto llegar a Silvina, una piba de 20 años, esposada, a los empujones, con el pelo mal cortado; había visto las impresionantes marcas que llevaba en el cuerpo cuando se quitó la bata. La había escuchado gritar que no quería que su hijo naciera, que lo quería seguir teniendo en su vientre. Sabía que al momento de nacer se lo arrancarían definitivamente, y que luego arrancarían su vida. Sólo una mirada En medio de la agonía y el revuelo, Silvina tuvo un instante a solas con su desconocida y circunstancial compañera. Y no le dijo nada, sólo la miró a los ojos. No le dijo su nombre, ni le pidió que le avisara a su familia, ni le imploró ayuda, ni le dijo el nombre que había pensado para su hijo. Nada, sólo la miró. ¿Cómo pudo ser que entre tanta desesperación y tanto desamparo no haya intentado aprovechar esa inesperada posibilidad de conexión con el otro mundo, el que estaba a la luz? Tal vez era que el infierno ya se la había devorado, que su resistencia, que su dolor, que su grito ya sólo podía darse en ese mundo de tinieblas del que ya no saldría jamás. Que su soledad era infinita y nadie podría ayudarla. Que todo lo que tocara podría ser arrastrado a esa catacumba de la realidad.Ese era el tenebroso mundo paralelo que montó la dictadura. Allí la humanidad había sido abolida. En él también estaban sumergidos los represores, pero como hacedores de la perversión organizada, como reclutas de las sombras; algunos de ellos son los que ahora están siendo juzgados a la luz del mundo de todos.Y mientras María Teresa Sánchez repasaba estas cosas, Sonia Torres las escuchaba por enésima vez. Estaba sentada, arropada con su saco de suaves tonos verdes. Así, con la mano izquierda sosteniendo su cara, asistía a más espantos contados; que a su hija la obligaron a ver cómo torturaban a su esposo, que los que recordaban haberla visto prisionera la recordaban llorando; embarazada y llorando. Traslado y asesinato El martes, cuando se reanude el juicio por la megacausa La Perla, la abogada proseguirá su alegato. "Traslado y asesinato de Silvina Parodi" es el título del próximo capítulo que alcanzó a adelantar el jueves. Y allí estará Sonia Torres, íntegra, como siempre. Su resistencia, su constancia, su empecinada esperanza son los brazos que extiende para retener a su hija en la luz, para imaginar el abrazo con su nieto, para creer en la verdad y en la justicia. Para mostrarnos el más profundo y esencial de los compromisos.

