La inflación también devalúa el poder político
Hay una lógica: el descontrol de los precios golpeará más fuerte en el oficialismo nacional. Edgardo Moreno.
Desde hace meses, el Gobierno nacional ha olvidado la urgencia de anunciar alguna medida que satisfaga la angustia central de los argentinos: conocer qué hará con el rumbo de una economía que se acerca, sin frenos, a un desorden mayúsculo.
Cómodamente, el índice inflacionario ha posado sus asentaderas en el escalón que marca un cuarto del cien por cien. Sólo para tomar impulso. Hasta los sindicatos oficialistas consideran el 25% como un trampolín hacia demandas mayores. Los empresarios y aún el Estado remarcan con anticipación, y los ciudadanos ya no saben qué estrategia defensiva pergeñar para absorber el impacto.
Pero desde aquellos lejanos días de emprendimientos peregrinos como la tarjeta para que los jubilados transfieran al mercado el endeudamiento que el Estado tiene con ellos, o los créditos que a diciembre pasado iban a revolucionar las pampas a fuerza de ladrillo y cal; la Casa Rosada evoluciona con los papeles quemados frente al problema económico.
El último fuego de artificio, lanzado a las cansadas en el puerto de Mar del Plata, ya sonó a pólvora mojada y es suficiente con leer las confesiones solitarias de la Presidenta frente a su computadora para entender que el tiempo avanza y los nervios crecen.
Luego de años, el atril del poder ha pronunciado la palabra horrenda.
Pero así como el actor Ricardo Darín fue la víctima propiciatoria de un rencor contra Daniel Scioli; José de la Sota, Mauricio Macri y Ramón Mestre se convirtieron en el nombre sorpresivo de la inflación... ajena.
Si la espiral de salarios y precios funcionase con el ritmo cardiológico que anhelaba el exministro Juan Carlos Pugliese, esto significaría todo un avance. Sin embargo el bolsillo es una víscera de transiciones más urgentes. Ya es tarde para reemplazar los eufemismos por el nombre de la realidad; tarde por haber dejado avanzar el problema hasta los límites del vértigo; y está por verse si no es tarde, incluso, para solucionarlo solamente con los restos del capital político licuado por el Gobierno en el año que pasó.
En silencio, el oficialismo modificó el cronograma electoral para fabricarse tiempo. Los primeros escarceos provinciales fueron postergados para octubre. Sobre todo porque se ha tornado evidente que ni con la soja de mayo alcanza para dar vuelta rápidamente un pronóstico sombrío en las urnas. Hasta las oleaginosas necesitan tiempo para germinar.
En otra de las piruetas notables de la flexibilidad incombustible que ha demostrado el peronismo, los costos del conflicto los está pagando el progresismo argentino. Que allí ha quedado, exhausto y sin respuestas, las manos pasmadas aplaudiendo la Fragata, mientras en cada distrito relevante comienza a emerger algún postulante peronista que se presenta como alternativa, supuestamente razonable, al naufragio de la indescifrable receta económica de la autodenominada izquierda nacional. Otra vez, el así llamado progresismo argentino se está llevando los laureles de una crisis inflacionaria y camina derecho a pagar costos por su adhesión esotérica a la razón populista.
La alusión de Cristina a la situación cordobesa exhibió esa realidad, blanco sobre negro. La inflación corroe a todos los oficialismos. El Gobierno provincial venía de allí y de problemas inexplicados, varado en un andén de la Terminal de Ómnibus, cuando encontró una ayuda en la hostilidad presidencial. El Gobernador le recomendó a la jefa del Estado que guarde el látigo y pague. Aplicó su propio azote, cargado con la fuerza del contrario, y recuperó con dos tuits la ventaja de posición.
El kirchnerismo cordobés enmudeció. Aunque el precandidato Martín Fresneda hubiese estado disponible, tras su reciente papelón de parripollo, tampoco daba el peso para la pelea.
Sumido en sus propias dificultades, el radicalismo local también alcanzó a obtener de la Presidenta una credencial de identidad opositora en un distrito donde el rechazo a la Casa Rosada todavía no cesa de crecer.
A quienes perjudicó la mandataria fue a los que venían objetando con argumentos el cobro de la tasa vial y el aumento del boleto. Les expropió la idea de asociar a De la Sota y Mestre en la fragua de todos los problemas. Van a necesitar algo más que peperina para resolver esa coincidencia.
Porque existe una lógica: el descontrol de los precios golpeará siempre más fuerte en el oficialismo nacional. Mientras no lo coagule, su fuerza política no alcanzará para reconvenir al gobernador de la íntima Santa Cruz, ni para sosegar al intendente en Bariloche. Harto menos para disciplinar grandes distritos.
Pero ojalá la inflación, como la fiebre, fuese la aflicción principal del país enfermo.
Al cabo del tiempo, se verá que lo más grave fue la envergadura histórica de la oportunidad perdida.

