La década perdida del sistema de partidos
¿Se entiende por qué el diputado Agustín Rossi puede despeñarse desde su banca porque una votación sorprenda a la mayoría?. En la madrugada del jueves, una conocida legisladora chaqueña, Sandra Mendoza, lo llamaba al equilibrio y a la mesura. Edgardo Moreno.
El aniversario que evocó la Presidenta el sábado pasado al rememorar las elecciones presidenciales de abril de 2003 ha de ser, seguramente, motivo de sus más sinceras celebraciones. Y las de su familia. Pero no amerita un recuerdo grato si se lo observa desde la perspectiva de la inagotable crisis del sistema de partidos en la Argentina de la restauración democrática.
A una década de ocurrida, puede concluirse, ya sin tanto apasionamiento, que aquella elección que ganó el expresidente Carlos Menem para luego renunciar a una segunda vuelta configuró una modificación de hecho del régimen electoral que había concebido la reforma constitucional de 1994.
En el contexto de una enorme crisis económica y social, el partido en el poder dispuso en 2003 trasladar sus disputas intestinas a los comicios generales. Aquella reforma electoral de facto, resuelta en un congreso de partido y convalidada por un gobierno interino, no ha cesado de evolucionar desde entonces, a favor del oficialismo.
Se amplió luego, con tanto margen de maniobra para el poder administrador que este pudo experimentar desde la transversalidad a la concertación, e incluso sortear sus propios errores, como la instauración de candidaturas de fraude o testimoniales.
Ese procedimiento que se instaló en 2009 fracasó en las urnas y dio lugar a otra reforma, que fue más sofisticada. Diseccionó el sistema en normas inconexas: cedió la competencia en elecciones primarias, pero sancionó de manera simultánea una ley de reserva, para el partido oficialista, del dominio de la comunicación estatal. Y más aún: sin leyes, sino con sombríos usos y costumbres, profundizó la impunidad para el financiamiento ilegal de la actividad política. Modos de operación que a 10 años, y juicio sucesorio mediante, están explotando como pústulas.
Vista desde la perspectiva del sistema de partidos, la reforma judicial que ahora dispone la elección de jueces partisanos es ni más ni menos que la regulación indirecta de ese vacío normativo con un procedimiento de indemnidad. Y una nueva confirmación del sesgo discriminatorio del régimen electoral. Como otra vez subsume la totalidad del conjunto social en una de las partes, que es el partido en el poder, el equilibrio institucional cruje.
El ciudadano de a pie, aquel a cuya soberanía apelan los discursos sobre la democratización, no tiene sino un voto electoral y no de decisión. Sólo interviene, como uno entre millones, en la elección de quien adoptará las decisiones por él. Si triunfa su partido, dice el politólogo Giovanni Sartori, su satisfacción es más bien simbólica.
Pero el dirigente político tiene mucho más que su voto electoral. Tiene voto en las decisiones. Pertenece a un ambiente de votaciones frecuentes, donde cada una implica una negociación.
El sistema electoral es parte integrante de su opción vital, su sistema de carrera. Establece cómo se edificará la estructura de oportunidades para acceder al poder.
¿Se entiende, entonces, por qué el diputado Agustín Rossi puede despeñarse desde su banca porque una votación sorprenda a la mayoría? En la madrugada del jueves, una conocida legisladora chaqueña, Sandra Mendoza, lo llamaba al equilibrio y a la mesura.
Su futuro y el de toda la fracción en el Gobierno se dirime en esos enjuagues. Cuando el ciudadano sea llamado al voto, caminará dócilmente en un brete diseñado sólo para fortalecer a los que ya están en el poder en su nombre.
Los márgenes de acción para la oposición se enangostan en cada uno de estos avances. Controvertir al oficialismo unidos es el evidente desafío sistémico para los opositores, aun cuando difieran en visiones de política instrumental.
Existe una correlación directa entre el desborde de Rossi, la insolvencia en fuga del ministro Hernán Lorenzino y las prácticas fascistas de Guillermo Moreno y Axel Kicillof: hay un oficialismo asustado. Razona desde las vísceras que todas las maniobras electorales pueden fracasar ante una economía fuera de cauce.
Mientras el secretario de Comercio Interior disertaba en una asamblea de accionistas sobre la eficiencia empresarial del Grupo Clarín, el dólar paralelo se escapaba hasta rozar los 10 pesos. Por tener ese gerente a cargo de la inflación, la imagen del Gobierno se desbarranca. Vertiginosamente, como una ociosa catarata en Twitter.

