La caja que queda es... la del Estado
El gasto público pasó del 29 por ciento del producto interno bruto (PIB) en 2002 a un 49,2 por ciento de un PIB mucho mayor en 2012, según el Ieral.
Invocar a la "realidad" debe parecerles un pecado capital a los epistemólogos de Carta Abierta. Se han pasado 30 años repitiendo que ese afuera es una construcción social, una suma de conceptos moldeados por fuerzas sociales y políticas. El poder. Tan bonita teoría –no tiene por qué ser falsa– permitió a los intelectuales orgánicos del cristinismo tirar al bebé junto al agua sucia de la bañera: ignorar la realidad empírica, en un retroceso previo a David Hume. Total, la verdad, que antes devenía de Dios, hoy resulta sólo de un juego de poderes. Por eso sus medievales debates consigo mismos parecen silogismos que parten siempre de la premisa "Clarín miente". Cualquier advertencia de que las cosas se hacían mal era imputada a los factores de poder que "inventaban" la realidad.Mientras, en un surtido monasterio, los monjes recreaban su sueño de pibes: pudieron ser "realistas" pidiendo lo imposible. La soja, la devaluación duhaldista y el default permitieron tapar la realidad –cada vez menos– durante 10 años.A un costo enorme. Que encontramos ahora. Entre 13 y 14 millones de personas –entre jubilados, subsidiados y empleados de todos los niveles estatales– viven cada mes gracias a un cheque firmado por dirigentes políticos. En la década de 1990, no llegaban a cinco millones.Son argentinos que no pueden o no saben (y algunos que no quieren) producir un bien o un servicio por el cual algún consumidor esté dispuesto a pagar el precio que ellos demandarían. Muchos se han ganado ese derecho. Muchísimos merecen una ayuda en una sociedad civilizada.En estos años se los usó como excusa para agrandar un gigantesco bolsón de improductividad, bancado por un gasto público que pasó del 29 por ciento del producto interno bruto (PIB) en 2002 a un 49,2 por ciento de un PIB mucho mayor en 2012, según ha calculado Marcelo Capello, presidente del Ieral.Semejante billetera permitió al kirchnerismo hacer lo que quiso. Pero lo hizo mal. Y llegó al punto de insostenibilidad. Hay tres señales claras: Primero: esta carga impositiva ya hace perder elecciones. La prueba: la propia Cristina Fernández acaba de decretar una rebaja impositiva (hasta que se la coma la inflación). Decían que era inviable. Pero, ahora, ganar en octubre bien vale 4.500 millones de pesos. Ni siquiera es la rebaja prevista en el manual progresista: no se bajó el IVA, ni el impuesto al trabajo (desorientado, el sindicalista K Hugo Yasky, pide subir aportes patronales). Segundo: la opción de suplir ingresos fiscales con deuda voluntaria parece cerrarse. El recambio de bonos anunciado por la Presidenta en cadena nacional y luego misteriosamente eludido en el Congreso probablemente aleje aún más la chance de acceder al mercado internacional, al menos en el mediano plazo. Y el endeudamiento interno también está exhausto: en 2003 el financiamiento del sector público con el BCRA representaba 11,9 por ciento de los activos del Central. En 2012 ese porcentaje cerró arriba de 55 por ciento. Anses, el otro financista, es un caso parecido. Tercero: seguir imprimiendo billetes también parece políticamente inviable tras los sucesivos fracasos de controlar precios, su deriva en el cepo cambiario que genera más problemas que soluciones y la constante caída de competitividad de las empresas que deben generar la riqueza. Elefante sin puertas Oficialismo u oposición, vayan preparándose. El elefante del Estado engordó demasiado. No puede salir por ninguna de las tres puertas por las que tradicionalmente huyó (impuestos, endeudamiento, inflación). Se acabaron las cajas tipo AFJP. La única que queda es, sorprendentemente, la del propio Estado, que este año gastará más de 1,3 billón de pesos sólo entre Nación y provincias. Algún partido tiene que ir pensando cómo hacer que parte de esos multimillonarios recursos sean más productivos, de una forma que no sea salvaje, como otras veces. Esa es la "realidad", que, 10 años después, vuelve a estar allí.

