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Kafka oficialista

El dueño del poder, aquel que ha arribado a esos umbrales olímpicos creyéndose un instrumento de los dioses, ya no tiene interés en las sirenas. No por esa ebriedad, la sirenas han dejado de existir.

04 de julio de 2013 a las 10:45 a. m.
Kafka oficialista

Quién sabe acaso si por los ventarrones de odios que soplan en estos días contra la antigua Europa, el tímido Franz Kafka ha conseguido eludir -discretamente y sólo por el momento- una aciaga circunstancia: que algún esoterismo nacional lo identifique como el Señor K, inaudito ante imponentes tribunales, y por lo tanto no menos oficialista que Belgrano.

No obstante, se le atribuye a su imaginación en Praga, una narración breve que no lo mantendrá del todo alejado del peligro.

Kafka pergeñó un retruécano con la historia de Ulises y las sirenas, aquella que refirió Homero en la Odisea.

Al héroe del ingenio le habían advertido que las sirenas, criaturas tan bellas como monstruosas, habrían de seducirle, al paso de su navío, con un canto irresistible, para devorarlo después. Ulises tapó los oídos de sus remeros con cera (Kafka también imagina que selló los propios) y se hizo atar al mástil para evitar tentaciones. Así superó el obstáculo.

"Sin embargo (escribió el Señor K) las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio".

"En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción".

La tesis kafkiana es que Ulises no oyó el silencio. "Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas".

"Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises".

En pocos de los innumerables menesteres en los que se apasiona la condición humana, puede esta metáfora kafkiana tornarse más vívida y tangible que en los liderazgos políticos de impronta intensamente personalista.

El dueño del poder, aquel que ha arribado a esos umbrales olímpicos creyéndose un instrumento de los dioses, ya no tiene interés en las sirenas. Se ha dejado seducir por la épica voraz de su odisea, por el mito de su propio ingenio ilimitado, por la narración autocentrada de los obstáculos que sorteó con progresivo éxito desde el momento fundacional de sus inicios y por la melodía más extática de todas: el irresistible relato de sí mismo.

Ocurre, sin embargo, que no por esa ebriedad, la sirenas han dejado de existir. A su modo (es lo que nos dice Kafka) pueden estar tramando una venganza. Son anónimas, es cierto. Observa el hombrecito en Praga que si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día.

"Pero ellas permanecieron y Ulises escapó". Se llevó la fama -cabría agregar- pero no el poder.

Así puede permanecer el héroe pequeñito, cantándose a sí mismo, con fruición, con bronca, con soledad y desatino. Tomando prestado del ebrio el más indigno y procaz de los insultos para que los simiescos monstruos se retuerzan de odio en los abismos.

Pero no está calculando los rostros del silencio. No está considerando la otra estratagema: aquella que carece de nombres, pero no por eso padece irrealidad.

Es en ese punto irreversible donde el Señor K podría rescatar oficialismos.

Porque al final de su cuento, da otra vuelta de tuerca:  "Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo".

El generoso Señor K, ayer cumplió 130 años. Merecería una estatua en el Paseo Azurduy.