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Ese día después que aún no llega

Las dramáticas horas que vivimos los cordobeses esta semana no terminan de abrir heridas, revelar fracturas profundas. 

08 de diciembre de 2013 a las 03:54 p. m.
Carolina Scotto (Diputada de la Nación)
Ese día después que aún no llega

Las dramáticas horas que vivimos los cordobeses en esta semana que concluye no terminan de abrir heridas, revelar fracturas profundas, horadar las certezas más elementales de la convivencia.

A pesar del impacto de los episodios violentos que arrasaron intempestivamente con los bienes y los derechos de cientos de ciudadanos indefensos en una ciudad abandonada a sí misma, nada de lo que ocurrió encubre misterios inexplicables y nada de lo que nos espera puede confiar en los milagros: simplemente se pusieron en evidencia malestares acumulados, grietas sociales y demandas inconfesables, irresponsabilidades crónicas y una descarnada impotencia institucional para proteger todos los esfuerzos y los logros de estos arduos procesos democráticos.

No hay misterios: 30 años de autogobierno policial, 30 años de una democracia precarizada, 30 años de ejercicio del poder, de todos los poderes, en un olímpico distanciamiento de la realidad, han diseminado sus efectos disgregadores en una sociedad como la nuestra, plagada de injusticias y escepticismo, enferma de complicidades e hipocresías, resignada a un orgullo desviado que no se asienta en la esperanza y el esfuerzo para construir una convivencia más justa, sino en esa extraña vocación de querer irrumpir como el rostro anticipado de alguna desgracia que tarde o temprano sólo sirve para devolvernos nuestras propias incapacidades. No sólo hemos visto irresponsabilidad política, corrupción policial, auto-acuartelamientos exitosos, saqueos de comercios, vandalismo orquestado, justicieros con manos y leyes propias.

Ese es uno de los rostros de la imagen que a diario nos devuelve un poder insensible a sus obligaciones básicas: fortalecer un Estado de derechos y garantías y promover la construcción de una sociedad capaz de convivir y mejorar.

Demasiadas ejemplaridades negativas se proyectan impunemente, hace demasiado tiempo.

No hay milagros: las instituciones tienen que llenarse de contenido para ser capaces de proponer soluciones y sumar esfuerzos y no solamente tirar del carro de los intereses de quienes las conducen; los dirigentes, en especial los políticos, tienen que asumir más y mejor sus responsabilidades delegadas; el Estado debe encarar seriamente su papel de promotor de derechos, garantías e instrumentos para el desarrollo de todos; los ciudadanos deben asumir responsabilidades que trasciendan sus proyectos personales, y todos debemos dejar de alimentar a todos los poderes que a diario promueven, encubren y perpetúan la impotencia para encontrar soluciones concertadas y que nos invitan a ocuparnos de nosotros mismos porque nadie está demasiado dispuesto a ocuparse del bien común. No es pronto ni es fácil.

Sólo es imposible para quienes no creen o no quieren hacer otra cosa que ocuparse de sus propios intereses, algunos decididamente antisociales y con demasiado poder para causar un daño colectivo mayúsculo, como el que estamos padeciendo.