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El voto anti-K, atrapado en la ratonera

Es difícil encontrar el carozo exacto de las críticas contra los dos gobiernos kirchneristas. Adrián Simioni.

23 de junio de 2011 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
El voto anti-K, atrapado en la ratonera

Es difícil encontrar el carozo exacto de las críticas contra los dos gobiernos kirchneristas. Pero uno podría aventurar un factor común: tanto la gestión de Néstor como la de Cristina utilizaron buena parte de su talento y tiempo para elaborar un "relato" indigeriblemente distorsionado sobre sus propias gestiones.Para eso, fue fundamental el monólogo del poder. Tal vez por esa razón abusaron del atril y la cadena nacional y se cuidaron de dialogar con alguien. Pruebe: ponga en Google "Cristina entrevista periodistas". Recién a la tercera página encontrará un reportaje que ella concedió... cuando era senadora. Si pone "Cristina conferencia de prensa", saltan las únicas dos que dio en su gestión: una en agosto de 2008 y otra luego de la derrota electoral de 2009. Intente recordar algún diálogo público en serio que ella haya mantenido alguna vez con alguien que no recitara la catequesis K. No lo logrará.Desde esa unilateralidad –y en el plano de la economía– el kirchnerismo logró un triunfo ante una amplia franja social: presentar a los ciclos económicos como si estuvieran desconectados entre sí y escindir las decisiones de política económica de sus efectos de mediano y largo plazo. Con eso, elaboró un discurso que le permitió: Atribuirse el rebote económico post 2001, como si se hubiera debido sólo a su política económica. Esto indigna al conglomerado anti-K, que considera que, en verdad, Néstor Kirchner recibió una población dispuesta a trabajar por 200 dólares al mes; un dólar hipercompetitivo para la recuperación industrial; un Estado que se había sacado la soga del cuello con el default de la deuda; una infraestructura de energía y de servicios públicos moderna e intacta gracias a las inversiones privadas de la década de 1990; una economía que se autoabastecía de energía e incluso la exportaba; provincias que ya habían desarmado el desastre en que habían terminado sus bancos públicos, y una recaudación lista para pegar un gigantesco salto. A todos los costos políticos que esas cosas habían insumido los habían pagado, con caídas y ostracismos, gobiernos anteriores, en particular el de Eduardo Duhalde. Atribuir también el crecimiento a sus exclusivos méritos. Esto infla las venas de los anti-K, para quienes la verdad es que, en la década en que les tocó gobernar a los Kirchner, Argentina encontró a sus nuevas Gran Bretaña: China e India, superpoderes que, a diferencia de la era hegemonizada por Estados Unidos, necesitan alimentos. También se toparon con una de las tasas de interés internacionales más baratas de la historia y con un dólar desvalorizado en relación con las monedas de los países a los que exportamos. Utilizar una cantidad de dinero jamás soñada –la recaudación se multiplicó casi por seis entre 2003 y 2010 y la de 2010 fue, en dólares, más del doble que la del año 2000– para financiar su capitalización política con subsidios, empleos, estatizaciones y proteccionismos varios. Para colmo, desde la óptica anti-K, todo eso fue presentado, de modo invariable, como si la concesión de esos derechos fuera pura y exclusivamente el resultado de la voluntad presidencial. Hasta birlaron ideas de otros –la asignación universal– y las ejecutaron con un mensaje tan elemental como subliminal: "Si los otros no lo hicieron antes, fue sólo porque eran sádicos que gozaban con la pobreza y el desempleo ajenos". Ese dinero se gastó, en su abrumadora mayoría, en los distritos donde se elige a los presidentes, alterando por goleada –y por muchos años– los criterios de equidad regional. A esta altura, hierve la sangre de los anti-K del interior. Sin discutir, cualquiera. Los Kirchner se limitaron a autopalmearse el hombro y jamás se sometieron a discutir estas complejidades. Si lo hubieran hecho, tal vez el kirchnerismo tendría menos capital político. Pero el país tendría alguna política de Estado. El reconocimiento de los méritos ajenos y de la complejidad que siempre hilvana las coyunturas socioeconómicas entre sí les hubiera impedido pintar el país de blanco y negro con la brocha de lo que, para los anti-K más sensibles, es deshonestidad intelectual pura y dura. Otra vez arroz. Hoy, todos los colchones heredados (fiscales, cambiarios, energéticos, previsionales, financieros) se han achicado. La inflación es el síntoma. En los próximos cuatro años, habrá que gobernar sin esos colchones. Y, si usted es un anti-K, imagine al futuro presidente ante la coyuntura que viene. Hoy no es esperable otro salto estructural en la cotización de los granos; no quedan demasiados stocks de capital de los cuales apropiarse (ahorros previsionales, reservas); es difícil seguir subiendo impuestos; se complica seguir decretando jubileos salariales; la energía falsamente barata ya no sobra; no es fácil que las tasas de interés internacionales bajen aún más, hasta el cero absoluto.Encima, si Argentina elige a un presidente de la actual oposición, éste estará forzado a pararse en ese escenario –poco favorable a los aplausos– frente a una sociedad a la que le han hecho creer que todo depende de la "bondad" o la "maldad", de la vocación "nacional y popular" o "apátrida y elitista" del gobernante de turno. Lo peor sería que, frente a un Ricardo Alfonsín o a un Hermes Binner, se sentaría Cristina Fernández a esperar el paso del cadáver del enemigo. En tal caso, en 2015 todos pensaríamos: "Esto con Cristina no pasaba".Sería otra vez arroz. Así como los K presentaron la bonanza de estos años desconectada de las políticas de gobiernos anteriores, presentarían el fracaso de un gobierno de otro signo como desconectado de las varias políticas erróneas aplicadas hasta hoy por el kirchnerismo. Un presidente no K pagaría los platos rotos para que los K regresaran, triunfales, a convertir los ajustes forzados ajenos en votos propios. Administrar la escasez. En cambio, si la Presidenta es reelegida, el "relato" simplón de cierto progresismo debería confrontar un nuevo panorama. Después de tanta abundancia, por primera vez tendría que administrar la escasez. Si hace agua, el kirchnerismo fanático podría sacar algunas conclusiones. Si no, debería hacerlo el antikirchnerismo fanático. Una cosa es segura: todos aprenderíamos algo sobre la complejidad de las coyunturas socioeconómicas, los roles del Estado y el sector privado, las políticas públicas y la convivencia republicana y democrática.