El último federal
La Presidenta encabezó ayer el acto conmemorativo en el que ascendió a general (post mórtem) al caudillo Felipe Varela. Edgardo Moreno.
La Presidenta encabezó ayer el acto conmemorativo en el que ascendió a general (post mórtem) al caudillo Felipe Varela. Refieren sobre la muerte de Varela que en junio de 1870, en un cementerio chileno cercano a Copiapó, unas pocas personas despidieron sus restos. Horas antes, el cónsul argentino comunicaba: "Este caudillo de triste memoria ha muerto en la última miseria".En noviembre pasado, al evocar la batalla de la Vuelta de Obligado, la Presidenta se enorgulleció de portar la insignia federal con la figura de Juan Manuel de Rosas.El coronel Varela no se hubiese congratulado con esa cucarda mazorquera. Combatió tanto a Rosas que debió exiliarse en Chile hasta la caída del bonaerense y gritó con ganas el triunfo de Caseros. Para él, federalismo era el de Urquiza.A diferencia de los elogios al Restaurador, no hay alusiones tan enfáticas de Cristina sobre Urquiza; pero la Presidenta conoce el Palacio San José. Allí se juró el texto de la Constitución Nacional reformada por una convención en la que tuvo protagonismo, el 4 de agosto de 1994, cuando se debatió la cuestión federal.En esa sesión, la convencional Fernández de Kirchner sostenía: "Cuando recibimos el gobierno en 1989, éramos un país fragmentado, al borde de la disolución social, sin moneda y con un Estado sobredimensionado que, como un dios griego, se comía a sus propios hijos. Hubo que abordar una tarea muy difícil: reformular el Estado, reformarlo; reconstruir la economía; retornar a la credibilidad de los agentes económicos en cuanto a que era posible una Argentina diferente". Pese a tanto beneplácito con el modelo de la década de 1990, Cristina reconocía que el desarrollo no se agotaba en esos logros y había deudas pendientes. Entre ellas, el retroceso de las provincias en la distribución de los recursos federales: "Se nos presentaron emergencias tales como el conurbano bonaerense; luego, la transferencia educativa, la detracción para el funcionamiento de la DGI, para el sistema previsional, y así sine die". Recordó, además, que cuando la Nación tenía a su cargo hospitales y escuelas, se quedaba con el 46 por ciento de coparticipación. Luego de la transferencia de esos servicios a las provincias, se apropió del 54 por ciento. "¿Cómo no va a haber provincias inviables si nos están federalizando los gastos y centralizando los recursos?", preguntó indignada.El ahora general Varela, antes que militar, era estanciero y contribuyente. Podría haber coincidido con esa proclama federal. Después de todo, la demanda de Cristina en 1994 favorecía a los estados provinciales, al superar con amplitud el umbral coparticipable del 34 por ciento, establecido por ley.Es un misterio, en cambio, lo que hubiese sentido el caudillo hoy, cuando la Nación conducida por la misma oradora ajusta provincias y gira mendrugos, varios puntos por debajo de ese piso.Porque cuando el último Urquiza se resignó frente al fortalecimiento del puerto, Varela resolvió amotinarse por cuenta propia. Ubicado en el glosario del poder actual, hubiese sido un auténtico destituyente: mientras Mitre, el presidente, comandaba las tropas del ejército argentino en el Paraguay, el coronel rebelde lideraba una montonera a sus espaldas para oponerse a las levas y tributos de una guerra incomprensible.Fue derrotado y perseguido y de nuevo se exilió en Chile. La historia liberal le propinó anatemas y los revisionistas jamás perdonaron su oposición a Rosas. Una zamba lo maldijo: "matando llega y se va". Ninguna de estas paradojas argentinas asumió ayer la Presidenta, resuelta otra vez a malversar un recuerdo al mero efecto de ocultar sus propias contradicciones.

