El estigma de los sobrevivientes
Al hablar de la soledad de los sobrevivientes, Trotta citó un fragmento de una de estas columnas, la publicada el 4 de abril último.
El subsuelo de la condición humana, allí donde se torturaba, violaba y mataba en nombre de una escabrosa patria, era una segunda dimensión de la realidad en aquellos días del Estado como tiniebla clandestina. Sólo las víctimas y sus victimarios sabían de qué se trataba; alrededor, había un mundo sordo. Ni siquiera la posibilidad de emerger de las catacumbas y habitar en la superficie de la claridad alcanzaba para dejarlas atrás: para el puñado de sobrevivientes que alcanzó la condición de una parodia de libertad vigilada, el manotazo de los represores siempre estaba acechando en la sombra, aun de los modos más absurdos. "'Liberación' es una palabra bastante absurda y que confunde, porque no había liberación sino una mudanza de La Perla a una habitación afuera o una casa afuera del control de La Perla; pero el control de ellos seguía ocurriendo casi de manera cotidiana", había dicho en el juicio Carlos Pusetto. Una noche de 1978, los represores salieron a reunir a un grupo de sobrevivientes para una tarea especial: una misión de la Cruz Roja Internacional vendría a inspeccionar centros de detención y estaban obligados a actuar en la puesta en escena de una farsa. "Nos llevan al Campo de La Ribera; ahí nos visten de secuestrados –nosotros veníamos con ropa de calle–, nos ponen unos harapos". Liliana Callizo, una de las reunidas, dormiría esa noche en el suelo de una pequeñísima celda, a la espera de los visitantes.Mientras tanto, vería pasar las bandejas con pescados, frutas, verduras con las que se les mostraría a los inspectores cuál era la "alimentación habitual" del centro.Al día siguiente, la pasaron a un lugar donde los visitantes hablarían con ellos detrás de una reja. Entonces, apareció "un señor mayor francés; hablaba muy poco castellano. Y al lado estaba (el coronel César) Anadón, con toda ropa de gala".En esas condiciones, bajo la mirada de Anadón o del mayor Ernesto Barreiro, debieron contar que apenas llevaban detenidos tres días y que eran muy bien tratados.Sí, la dimensión del espanto parecía no tener salida. Y después de haber gritado, llorado, padecido los más indecibles dolores del cuerpo y del alma, la soledad no tenía fin. Acaso ya no lo tendría. El episodio regresó la semana que pasó a las audiencias, en la declaración de Facundo Trotta, para cerrar el alegato en la causa Acosta. El fiscal general quiso dejar sentado su reconocimiento "al compromiso, la valentía y la entereza de los sobrevivientes y la importancia de sus testimonios para la reconstrucción de los hechos de esta megacausa"."Las víctimas no sólo tuvieron que padecer el campo de concentración, sino que además, cuando recuperaron su libertad sufrieron la soledad, en algunos casos producto del exilio y en otros, de la actitud de gran parte de la sociedad civil que, lejos de comprender el daño que padecieron, en muchos casos lo ignoraron, dejando a las víctimas sumidas en la más absoluta indiferencia", dijo.Con el peso de lo profundo de una experiencia intransferible, acudieron inevitables las palabras que Gustavo Contepomi dejó en la sala en los comienzos del juicio."Los sobrevivientes, efectivamente, somos incómodos porque revivimos las culpas de otros. Por eso es fácil estigmatizarnos. Siempre somos culpables. Fuimos culpables de que nos secuestraran porque militábamos: 'Por algo será', se decía (...) lo cual significa que tácitamente se aceptaba la represión. Y luego también fuimos culpables de que nos liberaran, por sobrevivir: 'Por algo será; si los liberan, algo habrán hecho, seguramente por no haber sido suficientemente heroicos como para morir', lo cual significa que tácitamente se acepta que el asesinato de los héroes era correcto".Al hablar de la soledad de los sobrevivientes, Trotta citó un fragmento de una de estas columnas, la publicada el 4 de abril último, que concluía: "(Los sobrevivientes) siempre estarán solos frente a lo vivido; acaso el alivio posible es que no lo estén frente al presente". Entonces, el fiscal fue a la sustancia de su mensaje: "Hemos escuchado que brindar testimonio frente a un tribunal fue reparador para los sobrevivientes, la sentencia que se dicte en este juicio contribuirá seguramente a esa reparación; sólo resta que como sociedad comprendamos y abracemos a las víctimas, para que de una vez por todas no sientan más esa soledad".

