El día que nos apagaron la luz
Lo que viene hasta el final del mandato de la Presidenta será una sucesión de decisiones difíciles, con negociación y sin ella. Una economía en retroceso y exhausta deberá generar los recursos para afrontar cada compromiso.
Ningún dato de la realidad doméstica, ni aun la derrota del kirchnerismo en octubre del año pasado, puso blanco sobre negro el final de un período político como el fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos y sus consecuencias para la economía nacional.
Desde entonces, el contador de los días restantes hasta la renovación presidencial del año que viene está no sólo activo sino más visible. Faltan hoy 535 días para que la Presidenta abandone la Casa Rosada. El 26 de agosto de 2013, le habló a la ciudadanía en un tono entre jurídico y místico. Explicó que en la decisión de nueve jueces norteamericanos residía el destino del país. Rezó en cadena nacional: Que Dios ilumine a la Corte norteamericana.Menos de un año después, volvió a sentarse ante las cámaras para comentar que el fallo encomendado a la piedad divina había concluido en desaire. Calificó de extorsión la acreencia confirmada por los jueces e insinuó una reacción nacionalista que implicaba una nueva cesación de pagos. Cuatro días después, en la recordación patria en homenaje a la Bandera Nacional, y tras conocerse el desagrado del juez neoyorquino Thomas Griesa con aquellas grandilocuencias, retrocedió y reconoció la obligación de cancelar las deudas con el ciento por ciento de los acreedores. Totalidad ornitológica que, por cierto, comprende desde pacíficas palomas hasta aves de carroña.Ni de ida ni de vuelta hubo ningún reconocimiento de algún posible error, de resultas del cual el país esté –más de una década después de la crisis de principios de siglo y luego de años de crecimiento a tasas chinas y relato de desendeudamiento– ante el abismo de un nuevo default. No es que los argentinos hayamos hecho algo mal. Dios nos apagó la luz.El comisariado estratégico para el pensamiento nacional enmudeció y sólo ayer –en su tribuna de doctrina– alguno de sus colaboradores inorgánicos sugirió con tono de hallazgo encuadrar el litigio con los "fondos buitre" en el mismo contexto jurídico que rige para los delitos de lesa humanidad.Buena parte de la oposición política, que transitó en su momento la construcción de la deuda y la transversalidad de su supuesta deconstrucción, quedó del mismo modo aterida con el panorama que se avecina.No hay una recesión, hay una crisis. La economía que venía a los tumbos por la dilapidación de sus recursos en ensueños de eternización política se enfrenta ahora con una nueva iteración de ese clásico de la singularidad argentina: la teoría y praxis de la emergencia perpetua. Crisis, dijo hace cinco años en Córdoba el expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso, en política debe traducirse así: gente sufriendo.Lo que viene hasta el final del mandato de la Presidenta será una sucesión de decisiones difíciles, con negociación y sin ella. Una economía en retroceso y exhausta deberá generar los recursos para afrontar cada compromiso. El flujo de fondos que el Gobierno estimaba para llegar a las elecciones se ha visto alterado en los cimientos. Esas decisiones complicadas las tendrá que asumir en primer término el Poder Ejecutivo y, por mandato constitucional, también el Congreso de la Nación. El Poder Judicial, hostigado por la jefa del Estado por la prescripción de causas del megacanje, tendrá mientras tanto que observar con cuidado también los manejos de hoy. Axel Kicillof viene cerrando canjes y emisiones onerosas de empréstitos por montos superiores a las comisiones que se le objetaron a David Mulford.Ahora que para la esperanza de un nuevo gobierno sólo restan algo así como 19 días y 500 noches, la verdad sea dicha. ¿O acaso la tasa de rentabilidad superior al mil por ciento que se le objeta a los buitres no se asemeja al índice de crecimiento patrimonial de la abogada exitosa que acaba de perder el litigio más importante que aquejaba al país? Y pese a la expertise de su estudio jurídico en la prosecución de hipotecas caídas. Quienes aspiran a sucederla, en cambio, tienen un desafío mayor. Hasta ahora, coqueteaban con la representación de un populismo similar, con mejores modales.

